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Señores de la industria de contenidos: déjenme pagar, por favor

A obra audiovisualHe sido amablemente invitado por AGAPI, la Asociación Gallega de Productoras Independentes, a participar en un taller-debate sobre el tema de las descargas no autorizadas dentro de la jornada A obra Audovisual, propiedade intelectual e contexto dixital que se celebra hoy en Santiago de Compostela.

Estaré en este taller junto con Chelo Loureiro, la directora de Abano Producións, Manuel Cristóbal, el productor de Perro Verde Films, Fernando Regueira, abogado de Zenit Televisión, y José Manuel Sande, el responsable de programación del Centro Galego das Artes da Imaxe (CGAI).

La idea es que cada uno de nosotros comience con una breve introducción sobre su posición en el tema, así que aquí va la mía; luego veremos cómo se desarrolla el resto del taller.

Me encanta la música, en mi casa hay unos 600 CDs.

Me encantan los libros, en mi casa hay unos 1.500.

Pero en los últimos años, y como predijo Nicholas Negroponte, el mundo se está volviendo digital, así que hace mucho que por razones de espacio y conveniencia mi música es digital; de hecho no tengo montado equipo de música y esta vive en mi ordenador, mi iPhone, mi iPad, o ahora en iTunes Match.

Y con los libros está pasando lo mismo desde que en enero de 2011 le regalé un Kindle a mi mujer, aunque desde principios de este año hay dos Kindle en casa, claro, en los que hay los 60 libros que hemos adquirido en algo menos de un año.

Pero a pesar de todo lo que se dice de que si «el todo gratis» creo firmemente que los autores, si así lo deciden, tienen derecho a cobrar por sus obras, que no es lo mismo que vivir de ellas, ojo.

Así que siempre intento pagar por el contenido que consumo, y por eso tengo una cuenta premium de Spotify, y sigo comprando libros en Amazon aún a pesar de los sistemas DRM que por ejemplo me impiden prestarle un libro comprado en la plataforma Kindle a mi mujer o a mis hijos.

Pero muchas veces no hay oferta, y si tras buscar en iTunes o en Amazon no encuentro la música o los libros que busco, se perfectamente donde encontrarlos.

Y si hablamos de series de televisión o cine la cosa ya es lamentable, como ilustraba hace poco The Oatmeal, y eso que en EEUU tienen además de iTunes a Amazon, Hulu, Netflix, etc…

Intenté ver Juego de tronos…
Intenté ver Juego de tronos… y esto es lo que pasó

Por no hablar del problema de los spoilers si tengo que esperar seis meses a que alguna cadena decida estrenar en España la serie que me interesa.

Así que no se trata del todo gratis, ni mucho menos, aunque siempre habrá quien no quiera pagar por fácil que se lo pongas.

Pero también creo que deberíamos poder seguir compartiendo entre particulares, tal y como toda la vida nos llevamos prestando discos y libros, lo que enriquece nuestra cultura.

Porque no hay que olvidar que la cultura existía antes que existieran el copyright y la industria audiovisual, y tengo claro que va a seguir existiendo aunque estos dos desaparecieran, en especial ahora que tenemos las herramientas para que cualquiera cree y divulgue su obra por todo el mundo.

Se trata, en cambio, de que nos dejen comprar, y asumir que en un mundo perfectamente copiable, como decía Javier Candeira hace unos años, ya no se le van a poder poner puertas al campo.

Se trata de no molestar –diría putear pero igual suena mal– al que quiere comprar con sistemas DRM que limitan la utilidad del producto y que el que lo va a piratear se va a saltar, ya que nunca ningún sistema DRM ha sobrevivido sin ser roto, a pesar del dinero invertido en ellos.

Se trata de que si compro una película en DVD no tenga que comerme sí o sí veinte minutos de trailers y de anuncios anti piratería y de que no me tomen el pelo diciéndome que un DVD en el que puedo saltarme esto incorpora una nueva tecnología llamada FastPlay que si escojo esa opción es cuando me como los trailers, y os juro que algunos discos de Disney dicen eso.

Se trata de aceptar que a lo mejor la decisión de en qué soportes y cuando va a salir una obra ya no es sólo decisión del autor y del editorial o la productora, como por ejemplo me ha pasado con 1Q84 de Murakami, que quería comprar en formato electrónico y no he podido, aunque eso no quiere decir que no disponga de él en este formato.

A fin de cuentas, siempre es mejor cobrar, aunque sea menos, por un producto en formato digital, que impedir que podamos hacerlo. Un poco de algo es siempre mejor que un mucho de nada.