Por @Alvy — 19 de Septiembre de 2017

Terms and Conditions

«Sí, acepto.»

Terms and conditions: the graphic novel no es para nada tan profunda como Guerra y paz, tan romántica como Orgullo y prejuicio ni tan apasionante como Crimen y castigo. Pero tiene su aquel.

Se trata de un curioso experimento de R. Sikoryak consistente en convertir las condiciones legales de iTunes de Apple en un comic – sí, ese texto tan aburrido como incomprensible e infinito que aparece al empezar a usar cada servicio o producto. Los términos y condiciones abogadiles originales son tan largos que incluso con letra menuda la transcripción ha requerido 94 páginas completas – y supongo que no se habrá dejado nada, aunque dudo que alguien se lo lea al cien por cien.

Terms and Conditions

En cada página Sikoryak ha utilizado un estilo gráfico distinto, dando buena muestra de sus habilidades. A lo largo del cómic homenajea a sus grandes favoritos como Will Eisner, Bill Watterson y Robert Crumb, entre otros. Un plus que hace que la obra resulte algo llamativa.

Como bonus parece ser que Steve Jobs aparece en todas y cada una de las páginas, reemplazando a los famosos protagonistas de cómics, viñetas y tiras cómicas de todo tipo. ¿Le hubiera gustado esta parodia en ese formato? Con el carácter que dicen que gastaba el buen hombre… probablemente no mucho.

(Vía Boing Boing.)

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Por @Wicho — 19 de Septiembre de 2017

Siempre he dicho que, con el permiso de los astronautas, los pilotos de avión tienen la oficina con mejores vistas del mundo.

Y Everyday Airline Pilot 4K no hace sino confirmarlo con esos espectaculares cielos nocturnos, esos cruces con otros tráficos, ese momento de programación del dispensador de chemtrails, lo del billete de 20 euros…

No sé si la música me encanta, pero desde luego es para verlo a pantalla completa.

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Por @Wicho — 19 de Septiembre de 2017

Un día, hace algo más de un un año, un hombre entró en la tienda de material para grafiteros que Ibo Omari tiene en Berlín para comprar unos botes de pintura para tapar una enorme bandera nazi que había visto en el parque en el que había llevado a su hijo a jugar.

Ibo le dijo que no le iba a vender nada, que ya se encargaba él. Y en efecto en unos minutos él y un amigo habían convertido esa bandera en una especie de caricatura de un mosquito. Poco tiempo después otro amigo le dijo a Omari que había visto otra esvástica en otro parque, y le aplicaron el mismo tratamiento.

Mosquito ex esvástica

Ese fue el germen del movimiento #paintback.

Desde entonces Omari y otros once miembros de su colectivo de grafiteros han transformado decenas esvásticas en conejos, búhos e incluso cubos de Rubik, y el movimiento se ha extendido desde Berlín a otras ciudades de Alemania.

Para no ser ellos los únicos que se encargan de eliminar los símbolos nazi Omari y sus colegas dan talleres en los que explican a gente con poca o ninguna experiencia como hacer las transformaciones necesarias.

***

Quizás con menos talento artístico pero no con menos determinación Irmela Schramm lleva 30 años haciendo lo mismo con pintura roja en spray, quitaesmaltes y una cuchilla para raspar lo que sea menester.

(No recuerdo por dónde vi pasar lo del movimiento Paintback, pero encontré una buena explicación en The Verge).

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Por @Alvy — 19 de Septiembre de 2017

STAR NASA

Buscando algo sobre los sistemas autorreparables de las sondas Voyager me encontré con From Sequencers to Computers de la NASA, que es el capítulo 5 del no menos interesante documento Computers in Spaceflight: The NASA Experience que hay en su web.

Según parece con la llegada de los años 70 la NASA estaba usando cada vez más las computadoras de la época y planeaba incorporarlas en las sondas espaciales y en todo tipo de misiones. Pero los circuitos integrados –que por cierto no había inventado la NASA– eran poco fiables todavía. De modo que se encargó a los laboratorios del JPL trabajar en lo que serían los ordenadores tolerantes a fallos. Para ello contaron la ayuda de Algirdas Avizienis, un informático de origen lituano e investigador de la UCLA que llevaba años trabajando en esas ideas.

La línea de investigación de Avizienis era la llamada redundancia selectiva del hardware. Hoy en día todo tipo de equipamientos utilizan sistemas completamente redundantes – desde los centros de proceso de datos a los aviones o la ya extinta Lanzadera Espacial. En primera instancia eran sistemas completos que podían funcionar de forma independiente, básicamente como enviar dos o tres ordenadores en vez de uno. Pero en aquella época había que recurrir a otro tipo de soluciones más económicas, especialmente por tamaño, peso y consumo de energía.

La línea en la que se trabajó (a la que llamaron STAR, de Self Testing And Repair) fue la del ordenador como una sola entidad pero con diversos componentes replicados. Los componentes que no se necesitan permanecen apagados mientras no se usan y de ese modo no consumen. Cuando uno falla, el siguiente se activa (y el primero se desactiva) de modo que el consumo sigue siendo el mismo.

Otra ventaja de esta idea es que si la «vida media» (o más bien el MTBF, tiempo promedio entre fallos) de un componente son digamos 1.000 horas, si el equipo tiene dos unidades de recambio su vida media se triplica – dado que el segundo y tercer componente no empiezan a «gastarse»– hasta que ha fallado el primero. Al menos en teoría y bajo suposiciones razonables.

Voyager, esquema / NASAEn una nave podría haber un STAR y muchos componentes replicados, según fueran las características de la misión. Si alguno fallaba bastaría repetir el segmento del programa en el que se detectó el fallo. Si esto sucedía de nuevo, se activaría una unidad de repuesto (apagándose la anterior) y se probaría el mismo código. Lo interesante es que la detección de fallos se hacía por hardware y el software podía corregir los errores. Era un sistema capaz de autorrepararse; de hecho podría en un momento dado autorreparar toda la nave, siempre que hubiera repuestos suficientes.

Los detalles técnicos y la arquitectura de este sistema parecen bastante interesantes, incluyendo situaciones en las que hay guardar los puntos de programa, reiniciar, hacer que los tres componentes replicados «voten» (mediante un procesador llamado TARP, Testing and Repair Processor) y tomar decisiones en caso de votos 2-contra-1 y similares. Uno de los trucos era reponer un componente fallido pasado un tiempo si el de repuesto también fallaba –con la esperanza de que el fallo hubiera sido temporal, por ejemplo un sobrecalentamiento. Eso era mejor que nada.

El software para hacer todo esto se empezó a desarrollar en un UNIVAC 1108 en 1967 (en ensamblador y sin coma flotante) y existió una versión básica antes de que el Apolo 11 llegara a la Luna.

Pero eso sí, siempre estaba presente en las partes débil del proceso: precisamente los circuitos que apagaban y encendían los «repuestos», el TARP y su sistema de chequeo y votación. Y la eterna cuestión: ¿Quién chequea a los chequeadores?, preguntaban los ingenieros.

Aunque la teoría era interesante y llegó a haber versiones más avanzadas todavía, el STAR nunca llegó a volar en ninguna nave o sonda espacial. Era demasiado grande (más de 20 kg) y necesitaba demasiada energía (más de los 40 vatios especificados) según los requerimientos de aquellas sondas espaciales, como las Voyager. También llegó una época de recortes en la NASA. Para la época de las Mariner y las Viking se probaron otras ideas – porque para entonces se consideraba que el STAR demasiado complejo.

Eso sí: aquel trabajo no fue en vano. El ensamblador, el enlazador y el cargador del software del STAR, obra de John Rohr, perduró con el paso del tiempo. Ese código todavía se usa actualmente –convenientemente adaptado a cada proyecto– pero sus conceptos fundamentales han permanecido. Así que podría decirse que ese software de los años 70 vuela hoy en día por todo el Sistema Solar.

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