Por @Wicho — 6 de Agosto de 2022

Póster que celebra los diez años de Curiosity en Marte – NASA/JPL-Caltech
Póster que celebra los diez años de Curiosity en Marte – NASA/JPL-Caltech

Recuerdo perfectamente seguir en directo la retransmisión de la llegada de Curiosity a Marte. Por supuesto no partían de cero sino que la maniobra se basaba en la de otros rovers que habían llegado antes a Marte. Pero Curiosity era demasiado pesado para usar el método de frenado con airbags que habían usado Spirit y Opportunity… así que iba a utilizar un método nuevo para la fase final en la que una grúa aérea –una especia de mochila cohete– lo iba a hacer descender suavemente los últimos metros. Estaba todo pensado y repensado, pero todo tenía que funcionar en el MundoReal™. Y vaya si lo hizo. Aún me emociona ver el vídeo grabado en el control de la misión. Lo que no me emociona tanto es que ya hayan pasado diez años.

Sí, el vídeo pone 5 de agosto, pero es que Curiosity aterrizó a las 7:32, hora peninsular española (UTC +2) del día 6; que eran la 1:32 en la costa este de los Estados Unidos, también del día 6, o las 22:32 del día 5 en California, dónde está el JPL.

En este tiempo el rover, que tiene el tamaño aproximado de un todoterreno ligero, ha recorrido 29 kilómetros sobre la superficie de Marte, recorrido durante el que ha ascendido unos 625 metros. Ha tomado casi 500.000 imágenes y entre ellas y los datos tomados por sus instrumentos ha enviado a la Tierra 3.102 gigabytes de datos. Con ellos se han publicado 883 artículos científicos, cifra que sigue aumentando.

La conclusión más importante es que con esos datos ha quedado claro que hubo agua líquida y los componentes químicos y nutrientes necesarios necesarios para la vida tal y como la conocemos. Lo que no quiere decir que haya habido vida en Marte, ojo. Aparte del valor lo que estamos aprendiendo per se, Curiosity nos recuerda que en el pasado Marte se pareció bastante a la Tierra. Y que debemos cuidarla por la cuenta que nos tiene; por ahora no tenemos un Planeta B.

Por otra parte los datos recogidos por su sensores atmosféricos y de radiación son una base para saber cómo proteger mejor a las personas que –quizás– lleguen a estar una temporada en el planeta en el futuro.

Todos sus instrumentos siguen funcionando. Y dado que el generador termoeléctrico de radioisótopos que le da energía aún tiene cuerda para muchos años, en principio a Curiosity aún le queda mucho tiempo rodando por Marte. Aunque lo de rodando quizás esté por ver porque sus ruedas han demostrado ser menos resistentes de lo previsto –de hecho las de Opprtunity fueron rediseñadas a ver si sufren menos daños– así que a lo mejor en un momento dado deja de poder moverse. Pero aún así podría funcionar como una estación científica fija.

Está en Twitter como @MarsCuriosity.

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Por @Wicho — 5 de Agosto de 2022

Blue Origin hizo ayer el sexto lanzamiento tripulado de la cápsula RSS First Steps. A bordo de ella iban seis personas que durante unos minutos experimentaron lo que supone estar en caída libre. Y que, también durante unos minutos, estuvieron por encima de los 100 kilómetros de altitud en los que tradicionalmente se colocaba el límite del espacio. Pero la gran novedad del vuelo de ayer es que por fin tenemos una cifra de lo que cuesta volar unos minutos al espacio: el precio de cada plaza –si no te invita Jeff Bezos– anda por los 1,25 millones de dólares. En Microsiervos hay semanas que no los ganamos.

El dato viene de que, al menos según Quartz, la plaza del Youtuber Coby Cotton costó ese dinero. Fue sufragada por la comunidad de MoonDAO, que de hecho compró dos por 2,5 millones de dólares. Es la primera vez que asoma una cifra real sobre el precio de darse una vuelta al espacio con Blue Origin. Y es que todavía no se pueden buscar en Skyscanner los mejores precios.

La cápsula alcanzó una altitud máxima de 106 kilómetros sobre el suelo; 107 sobre el nivel del mar. La duración de vuelo fue de 10 minutos y 20 segundos. Así que la cosa sale a unos 2.000 dólares por segundo. O unos 11.800 dólares por kilómetro de altitud.

Otro dato curioso es que en el vuelo de ayer fueron la primera mujer egipcia (y africana) y el primer portugués en viajar al espacio. Se trata de Sara Sabry, una ingeniera mecánica y biomédica y directora general y fundadora de Deep Space Initiative, una organización sin ánimo de lucro centrada en aumentar la accesibilidad de la investigación espacial, cuyo asiento está patrocinado por Space for Humanity; y de Mario Ferreira, empresario e inversor.

Con el lanzamiento de ayer un total de 31 personas han viajado con Blue Origin al espacio desde su primer lanzamiento tripulado del 20 de julio de 2021. Su principal –por ahora en realidad única– competidora, Virgin Orbit, no ha vuelto a volar desde que Richard Branson le ganara por unos días a Jeff Bezos.

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Por @Wicho — 4 de Agosto de 2022

Impresión artística de un Sentinel-1 en órbita con la Tierra al fondo – Unión Europea / Programa Copérnico
Impresión artística de un Sentinel-1 en órbita – Unión Europea / Programa Copérnico

El pasado mes de diciembre de 2021 el radar del satélite medioambiental Sentinel-1B dejaba de funcionar. Todos los esfuerzos por volver a activarlo desde entonces han resultado infructuosos. Así que a la Agencia Espacial Europea (ESA) no le ha quedado más remedio que darlo por perdido.

El grupo de trabajo que ha estado intentando recuperar el satélite cree que origen del fallo está en un par de condensadores de la fuente de alimentación del radar que hubo que sustituir durante el proceso de pruebas. Son redundantes, así que basta con que funcione sólo uno de ellos. Pero creen que la forma en la que fueron soldados los puede haber dañado y que por eso fallaron antes de lo previsto: lanzado en abril de 2016, el Sentinel-1B está diseñado para una vida útil de siete años pero no ha llegado a los seis. Hace no muchos años diríamos que no está mal, pero ahora lo normal es que los satélites duren mucho más de lo previsto. La (otra) mala noticia es que al Sentinel-1A se le hizo la misma reparación, así que desde el control de la misión se andan con pies de plomo por si acaso.

Los Sentinel-1 usan un radar de apertura sintética de banda C para obtener imágenes de las superficies terrestre y oceánica de Europa, Canadá y las regiones polares casi en tiempo real, en cualquier momento del día o la noche. Y en todas las condiciones meteorológicas, pues el radar permite observar a través de nubes y en la oscuridad. Esas imágenes permiten detectar y vigilar vertidos de crudo y su evolución, estudiar las banquisas de hielo, detectar los desplazamientos de la superficie de la tierra, analizar los usos del terreno, e incluso contribuir a la navegación marítima con su capacidad de detectar embarcaciones.

Glaciar Austfonna
El Glaciar Austfonna es el protagonista de la primera imagen obtenida por el Sentinel-1B tras su lanzamiento – Contains modified Copernicus Sentinel data [2016], processed by ESA

Así que sin radar el Sentinel-1B pues como que ya no sirve de nada.

La buena noticia es que el resto de los sistemas de a bordo siguen funcionando, así que la ESA planea llevar a cabo una reentrada controlada del satélite para que, al menos, no ocupe espacio.

Ahora la prioridad pasa a lanzar cuanto antes el Sentinel-1C. Estaba programado para despegar en un Soyuz ST desde el espaciopuerto europeo de Kourou. Pero la espantada de Roscosmos a causa de las sanciones contra Rusia por la invasión de Ucrania ha obligado a pasar su lanzamiento al recién estrenado Vega-C. En principio, el la primera mitad de 2023. Así que la ESA va a ver si consigue hacerle un hueco antes, incluso antes de que termine 2022.

Está también contratada la construcción y lanzamiento del Sentinel-1D. La idea era tener cuatro satélites operando al tiempo en la misma órbita pero en posiciones separadas 90 grados, lo que divide por cuatro la frecuencia con la que se puede observar un punto concreto de nuestro planeta respecto a lo que es posible con uno solo. Así que habrá que ver si se contrata la construcción del 1E para sustituir al satélite perdido.

Los datos que obtienen las distintas misiones Sentinel son públicos y son usados tanto por el programa Copérnico, una red de vigilancia medioambiental que mantiene bajo observación la superficie de la Tierra, los océanos, y la atmósfera con el objetivo de poder contribuir a la toma de decisiones ambientales y de seguridad y que da acceso público a toda la información que recoge, como por otros usuarios. Hay unos 30.000 usuarios de todo el mundo que ya se han descargado productos Copérnico.

(Vía Space News).

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Por @Wicho — 1 de Agosto de 2022

Portada de «Escaping Gravity» por Lori GarverEscaping Gravity: My Quest to Transform NASA and Launch a New Space Age. Por Lori Garver. Diversion Books (21 de junio de 2022). 412 páginas. Inglés.

Lori Garver fue subdirectora de la NASA de 2009 a 2013. Mientras ocupó ese puesto fue una de las personas encargadas de poner en marcha el Programa de Tripulaciones Comerciales, gracias al que la NASA hoy en día puede enviar tripulaciones a la Estación Espacial Internacional (EEI) a bordo de las Crew Dragon de SpaceX. Y, esperemos que en un futuro no muy lejano, a bordo de la Starliner de Boeing. Pero aunque hoy se muestre encantada con ello y haya mucha gente colgándose medallas, su director actual incluido, la agencia no quería esto. Ni con mucho. Hubo, al menos según lo que se puede leer en este libro, poco menos que arrastrarla a ello.

Modernizar la NASA era uno de los objetivos del presidente Obama. Lori Garver, quien fue asesora del candidato Obama en temas relacionados con el espacio, fue en quien recayó la tarea como sudbirectora de la agencia durante el primer mandato del presidente Obama. Tendría que haber recaído sobre Charlie Bolden, el director de la agencia nombrado por Obama.

Pero, y este es uno de los grandes temas del libro, Bolden no estaba realmente por la labor; le interesaba mucho más mantener el statu quo que beneficiaba a la industria aeroespacial tradicional, a políticas y políticos en cuyos distritos la NASA se dejaba montones de dinero en contratos, y a muchos colegas suyos en el cuerpo de astronautas o en los lobbies de la industria. Aunque no sólo era Bolden el que se mostraba reacio; la inmensa mayoría de las personas –fundamentalmente señores blancos– que ocupaban los más altos cargos de la burocracia de la agencia tampoco estaban por la labor. A menudo se refiere al conjunto que forman como a un cono de helado que se come a sí mismo.

Un ejemplo rampante de esto es, cuando ya estaba cancelado el cohete Ares 1 del programa Constelación, el Congreso obligó a terminar de construir una plataforma de pruebas para sus motores con un coste de 500 millones de dólares. Plataforma que nunca llegó a ser utilizada.

Otro es el empeño de seguir adelante con la construcción del cohete SLS, carísimo y difícilmente justificable. En especial cuando hay proyectos de empresas privadas como SpaceX o Blue Origin que pueden ofrecer prestaciones similares a una fracción del coste.

De hecho el congreso intentó varias veces cargarse el Programa de Tripulaciones Comerciales. Y si en última instancia no lo consiguió fue porque Garver y su equipo fueron consiguiendo esquivar todas las trampas y palos en las ruedas que les fueron poniendo. También ayudó, y mucho, el éxito de SpaceX con las Dragon de carga: demostró que una empresa privada –y además una recién llegada– era capaz de ser mucho más ágil y barata que las de toda la vida. Los dinosaurios, como les llama Garver.

El libro no es para nada un libro técnico; ella misma es la primera en reconocer que no tiene formación técnica. Pero tiene una visión –que en realidad coincide con la ley que supuestamente rige el funcionamiento de la NASA desde hace años– de tener un sector espacial pujante en los Estados Unidos en el que la NASA no compita con la iniciativa privada sino que innove. Pero con sentido. Otra de las críticas que hace es que la agencia no planifica las cosas en función de lo que tiene interés científico o técnico sino en función de lo que le permite mantener su estructura.

No hay que olvidar tampoco que el libro presenta la historia desde un sólo punto de vista. Pero desde luego es un testimonio revelador de cómo están las cosas. Hace que parezca poco menos que un milagro que, de vez en cuando, alguna cosa salga bien en la NASA.

La parte final del libro, escrito ya después de que SpaceX lanzara sus primeras misiones tripuladas hacia la EEI, incluye también duras críticas sobre la falta de inclusión en la agencia y en la industria –y ahí también les da a Elon Musk y Jeff Besos, por ejemplo– tanto en lo que respecta a género como raza.

Pero, en resumen, es una reveladora perspectiva de cómo funcionan la agencia y la parte más tradicional del complejo industrial aeroespacial y armamentístico estadounidenses.

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Se suponía que esto era el futuro | un libro de Microsiervos, por Alvy y Wicho

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