Por @Alvy — 18 de Septiembre de 2019

Un equipo de ingenieros del MIT han desarrollado lo que llaman «el material más negro existente hasta la fecha», más negro que el Pantone Black, más negro que el alma de un spammer, más negro que la negrura misma y que la sangre del Yibb-Tstll de Lovecraft.

Lo curioso es que este material es más negro incluso que el famoso Vantablack®, que absorbe el 99,96% de la radiación lumínica, que a su vez era más negro que el crearon en la Universidad de Rice (99,9%) e incluso más que la muestra de carbono que se utiliza en los centros de certificación para medir la «negrura». De esta nueva creación dicen que absorbe el 99,995 por ciento de la luz, por lo que es diez veces más negra todavía.

La demo de este material, compuesto por microfilamentos en forma de nanotubos de carbono, puede verse en el vídeo de Amaze Lab y en vivo en el edificio de la Bolsa de Nueva York en forma de montaje artístico, y se llama The Redemption of Vanity: un diamante pintado de este negro negrísimo.

Compartir en Flipboard Compartir en Facebook Tuitear
Por @Alvy — 17 de Septiembre de 2019

Este robot que parece entrenado para repartir naipes en una mesa de casino ha sido desarrollado en los laboratorios Ishikawa Sanoo de la Universidad de Tokio. El vídeo está a velocidad normal, lo que quiere decir que la mano robótica es extremadamente rápida y es capaz de coger naipes o tarjetas de visita uno a uno. Como dicen sus creadores «hace cosas que aunque son triviales para las personas no son tarea fácil para un robot.»

El sistema, llamado MagLinkage se aplica tanto en los movimientos del brazo como al par motor y a los dedos, que son flexibles y delicados a la vez, para poder «sentir» los objetos que recoge. Los dedos son capaces incluso de «absorber impactos» como cuando en una de las demostraciones le meten un golpe con una llave inglesa. (¡Ouch!)

Como explican en el vídeo el mecanismo tiene un tiempo de respuesta (feedback) de 1 ms, lo que quiere decir que si se mueven las diferentes piezas manualmente el equipo registra los giros en los diferentes ejes de forma precisa y, sobre todo, rápida, pudiendo actuar en consecuencia. Lo interesante es que es un equipo robótico por lo demás bastante convencional y que aunque hay otras «manos mecánicas» que pueden hacer tareas igual de delicadas este no es «un robot blandito», que es la fórmula que se suele usar cuando hay que trabajar con objetos frágiles. Lo que sí hace es ser el rápido del Oeste (o del casino, en este caso).

Relacionado:

Compartir en Flipboard Compartir en Facebook Tuitear
Por @Alvy — 14 de Septiembre de 2019

Este vídeo permite conocer un lugar mágico, el sitio en el que se miden las cosas de medir, al menos de medir distancias. Es un túnel de 60 metros en el que se realiza la calibración de los flexómetros o cintas métricas. Es una instalación del Instituto Nacional de Estándares y Tecnología de Estados Unidos.

En las mediciones utilizan marcas láser, sujetando las cintas con la tensión apropiada para garantizar que miden las distancias correctamente. Pueden calibrar una cinta de 60 metros de longitud con un error de tan solo 0,1 mm.

Entre los clientes dicen que están las asociaciones de atletismo, las compañías petrolíferas y los investigadores del CSI, entre otros. Es un poco paradójico porque hoy en día la mayor parte de esas mediciones se realizan ya con láser, pero también es cierto que casi siempre tienen una cinta metálica, de plástico o tela a mano «por si la tecnología falla».

Irónicamente aunque quienes trabajan allí se llaman metrólogos y lo que miden son cintas métricas en el vídeo sólo se ven cintas flexibles que marcan pies y pulgadadas, porque utilizan el sistema anglosajón de unidades que sólo se emplea oficialmente en Estados Unidos – excepto en Louisiana donde convive con el métrico y en las misiones de la NASA, donde decidieron pasarse también a metros. ¡Metrificación al poder!

Relacionado:

Compartir en Flipboard Compartir en Facebook Tuitear
Por @Alvy — 14 de Septiembre de 2019

Estos veinte minutos de entrevista con el profesor de informática y experto en computación cuántica Scott Aaronson son muy densos y dan para muchos temas. Lanza muchas preguntas –que es lo interesante– especialmente sobre el tema de la consciencia en las máquinas, uno de mis favoritos. Está en el canal de Science, Tech and the Future –que es un poco fringe y marginal, todo sea dicho– y hasta podría entrar en la calificación de pajamentalero. Pero está entretenido para desconectar y pasar un rato.

El título proviene de un trabajó que publicó hace unos años el mismo Aaronson con el título The Ghost in the Quantum Turing Machine hablando de física, libre albedrío, azar y muchas cosas más. Por el camino se habla de la paradoja de Newcomb (y en cierto modo del experimento mental del Basilisco de Roko), de la entropía y la flecha del tiempo y del teorema de no clonación.

Entre otras cosas viene a plantearse la cuestión de si el cerebro humano es «clonable» o no, probablemente lo segundo. Si fuera copiable de forma obvia alguien podría copiar un cerebro en una especie de simulación, hacerla funcionar más rápido (o revertirla) y «adivinar qué iba a hacer» o «qué hizo» alguien, incluso demostrándole incluso a ese ser copiado que no tiene libre albedrío. ¿Qué sucedería si se matara a la copia o copias? ¿Podría hacérsela sufrir amenazándola con eliminar a otras copias iguales? Razonando como en el argumento de Nick Bostrom en «¿Vivimos en una simulación?» nosotros ya seríamos esas copias. ¡Chungo! Sin embargo el teorema de no clonación no permitiría hacer una copia cuántica de nuestro cerebro, de modo que en cierto modo tendríamos una «privacidad» especial. Aunque no estaría muy clara la relación de eso con la consciencia como tal.

Otra cuestión interesante –definiciones aparte, claro– es si se puede poner un límite físico a la «cantidad de consciencia» de un sistema físico. Explicado en plan rápido:: sabemos que una persona tiene algo que llamamos consciencia, pero, ¿lo tiene una piedra? ¿una célula? ¿un ordenador avanzado? ¿una molécula? ¿un átomo?

Curiosamente conocemos los límites a la cantidad de computación y almacenamiento que puede haber en un sistema físico, que dependen básicamente de su tamaño. Por ejemplo, en una esfera es de unos 1069 qubits por metro cuadrado de superficie; el número de pasos computacionales que puede ejecutar en toda su existencia tiene un límite similar. ¿Cuál sería el mínimo para afirmar que en esa computación cuántica hay consciencia? En el Universo desde luego lo hay (¿o no?), también en un ser humano… ¿Somos diez o cien veces más «conscientes» que una rana simplemente porque somos más grandes? ¿Se podría llegar a razonar que incluso un electrón tiene algún tipo de consciencia?

Todo esto es la parte que me pareció más interesante de la entrevista, pero el resto contiene muchas más preguntas todavía, y algunos datos y conceptos llamativos, desde el solipsismo a los códigos de corrección de errores en computación cuántica o la necesaria aplicación de la navaja de Occam para zanjar algunas cuestiones. Tan entretenido como apasionante.

_____
Nota: Aunque a veces los términos consciencia y conciencia son según el diccionario sinónimos prácticamente intercambiables, en el contexto de la inteligencia, la neurología y la filosofía son bastante diferentes. Consciencia suele aplicarse para el «autoconocimiento de la propia existencia» (ej. «recuperar la consciencia tras haber estado anestesiado») y conciencia cuando además de eso hay ciertas implicaciones morales (ej. «ser consciente de que golpear con un palo en la cabeza a alguien está mal»).

Relacionado:

Compartir en Flipboard Compartir en Facebook Tuitear
Desarrolla más rápido con Xojo