Por @Alvy — 16 de Agosto de 2018

En este vídeo de Jon Masters, ingeniero de Red Hat, se explica de forma técnica pero accesible –para quien tenga los conocimientos mínimos necesarios, claro– el problema que supone la nueva vulnerabilidad de seguridad llamada L1 Terminal Fault (L1TF) que permite el acceso no autorizado a cierta información en los procesadores Intel Core i3/i5/i7/M, Xeon D/E3/E5/E7 v1-v4 y otros modelos. (Según parece, los AMD se han librado en esta ocasión).

El asunto va en línea con las vulnerabilidades Meltdown y Spectre detectadas a principios de año. La explicación técnica comienza por el clásico y divulgativo «cómo hemos podido llegar hasta aquí» y explica el funcionamiento de las memorias cachés de los procesadores, cómo funciona la memoria física y la virtual y cómo actúa la ejecución especulativa y fuera-de-orden. Al final se explica que la vulnerabilidad se deba a que se puede acceder a memoria que se supone «protegida» provocando ciertos fallos al solicitar acceso a la información, aprovechando las cachés y usando las técnicas que ya explotaban Meltdown y Spectre.

Ya existen algunos parches triviales para el problema prinipial, pero esta vulnerabilidad afecta también a las Software Guard Extensions (SGX) del enclave seguro que dicen «podrían llegar a ver completamente destruido su ecosistema» y a los entornos virtualizados (máquinas virtuales, hipervisores y diferentes zonas protegidas de la memoria).

Por suerte el L1TF se conoce desde enero –aunque se ha dado de conocer ahora– y a fecha de hoy no se ha detectado todavía software malicioso que lo explote abiertamente. El problema será más relevante para los proveedores de virtualización y cloud computing que para los individuos (entre otras cosas porque algunas soluciones ralentizan un poco las máquinas), así que dentro de lo que cabe el problema al menos está ya en manos de los mejores profesionales posibles.

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Por @Alvy — 16 de Agosto de 2018

La comunicación es algo importante, vital se diría si estás desactivando una bomba paso-a-paso. Nadie quiere que aquello explote porque cortaste el cable de la derecha ¡la otra derecha! o porque alguien confunde la letra «d» con «p» o cosas así. Como demostración, a esta pareja de expertos desactivadores de bombas se les plantea enfrentarse a varias fases del juego Keep Talking and Nobody Explodes (Sigue hablando y nadie explotará) que consiste precisamente en eso.

El juego funciona con una bomba virtual que se ve a través de las gafas y en la que uno de los jugadores puede pulsar botones, cortar cables y demás. Mientras tanto, el otro lee las «instrucciones» de desactivación, que pueden variar en complejidad. Pero se supone que está en otro sitio y no puede ver la bomba: sólo cuenta con la información que le vaya explicando el compañero.

Entre los trucos están utilizar el alfabeto fonético, aclarar todas las orientaciones y posibilidades («seis cables, de arriba a abajo: negro, azul, rojo, azul, rojo, negro»), buscar símiles «una letra que parece una “b” con una “t” superpuesta, un tridente, una letra M con una sonrisita encima» y dar las instrucciones precisas «hay seis cables de arriba a abajo… corta el cuarto cable»; «mantén pulsado el botón».

La primera bomba tiene tres módulos y hay 5 minutos de tiempo; para la segunda de cuatro módulos tienen 4 minutos y para la definitiva hay tres módulos y sólo 3 minutos. Es un juego, pero la tensión se masca en el ambiente (el juego debe enganchar bastante).

Es una buena demostración de por qué y cómo los equipos de piloto-copiloto en coches y aviones han de comunicarse y funcionar como una maquinaria bien engrasada, por no hablar de situaciones más complejas como las de controlador-piloto en la que las dos personas no están viendo exactamente lo mismo.

Bonus: Cómo desactivar un bomba atómica. Viene bien saberlo porque nunca sabes cuándo lo vas a poder necesitar (que le pregunten a Jack Bauer).

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Por @Wicho — 16 de Agosto de 2018

Prueba del sistema de escape de la cápsula tripulada

El primer ministro indio, en su discurso del día de la independencia de 2018, ha anunciado que el país lanzará su primera misión tripulada en 2022 o incluso antes:

Cuando la India celebre sus 75 años de independencia en 2022, y si es posible incluso antes, un hijo o una hija de la India participará en una misión espacial tripulada a bordo de Gaganyaan llevando la bandera nacional.

Con esto la India se convertiría en el cuarto país en tener un programa espacial tripulado propio tras la Unión Soviética (ahora Rusia, claro), los Estados Unidos y China.

Pero hasta la fecha sólo ha habido tres pruebas reales de cara a la puesta en marcha del programa tripulado. Una la del Space Recovery Experiment, una cápsula que estuvo en órbita 12 días a principios de 2007 y que sirvió para probar el escudo térmico y los paracaídas, aunque se trataba de una cápsula de 1,6 metros de longitud y 2 metros de diámetro en su base. Otra la de un lanzamiento suborbital de pruebas del GSLV Mk. III el 13 de febrero de 2014 en el que una cápsula simulada pero ya de un tamaño más real hizo un simulacro de reentrada de cara a obtener datos sobre el funcionamiento del escudo térmico y de los paracaídas. Y la última hasta ahora el 6 de julio de 2018 en la que se probó el sistema de escape de la cápsula.

Así que el anuncio del primer ministro deja apenas cuatro años a la Agencia India de Investigación Espacial, ISRO por sus siglas en inglés, para terminar de definir qué tipo de nave será en la que viaje esa persona, construirla, y certificarla para el vuelo tripulado. Y tres cuartos de lo mismo a la hora de decidir qué cohete utilizarán para su lanzamiento, aunque en este caso bastaría con certificar el GSLV Mk. III para misiones tripuladas, lo que en cualquier caso tampoco es trivial.

Mi impresión es que por mucho dinero que el gobierno indio pueda dedicar a partir de ahora al programa espacial tripulado –que iba sobreviviendo arañando fondos de otras partidas– va a ser imposible que se cumpla su promesa porque el tiempo va a ser insuficiente. Aunque puedo estar equivocado: no hay que olvidar que la India es, por ahora, el único país que ha conseguido enviar con éxito una misión a Marte al primer intento y que además o hizo con un presupuesto menor que el de la película El marciano.

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Por @Alvy — 15 de Agosto de 2018

En Laughing Squid encontraron este vídeo de James Rolfe de Cinemassacre que permite solidarizarse con la a veces agobiante, interminable e insufrible tarea de seleccionar «algo para ver» en Netflix. Algo que a todo el mundo le ha pasado y que se incrementa y envenena si además la selección hay que hacerla en pareja/familia. (Como ir a Ikea pero peor).

Tanto para ver y tener que elegir sólo una opción. El caso es que le ocurre igual a Netflix, Prime Video, HBO o cualquier otro servicio de series y película similar – por no hablar de otros órdenes de la vida. Al problema de base se añade que el formato de presentación de la app suele no ser el más adecuado para todo el mundo, el buscador es malo tirando a muy malo, el sistema de recomendaciones un tanto pobre (y nos negamos a creer que funciona) y además muchas películas y series «dejan de estar» al cabo de algún tiempo en cada plataforma – y aunque estaban allí ya no es así.

Pero el verdadero problema es la llamada paradoja de la elección. La analizó profusamente el psicólogo Barry Schwartz en el libro del mismo título (The Paradox of Choice, 2009) y su charla TED de hace una década que precisamente revisé el otro día bien merece un repaso por lo apropiada. Son 20 minutos pero que te hacen comprender mejor la sociedad de consumo actual, los llamados «problemas del Primer Mundo» y por qué a veces menos es más.

Todo el mundo cree que tener más opciones te da más libertad y es mejor, de modo que «por lógica» cuantas más opciones, más libertad todavía y mejor para todos. Pero esto no es así – al menos a partir de cierto punto. Tener más de una o unas pocas opciones está bien, pero a partir de cierto número de opciones alternativas (que no se sabe cuál es, pero sin duda la sociedad moderna lo sobrepasó hace tiempo) todo se desmadra.

El hecho de que en el supermercado haya 150 variedades de galletas o puedas comprar 27 modelos de teléfono móvil de la misma marca (entre cientos de marcas) no hace del mundo un lugar mejor. Tener que elegir supone un esfuerzo fútil: supone frustrarse porque si lo que eliges no te satisface la culpa es tuya por no haber sabido elegir; supone tener grandes expectativas porque después de haber dedicado tiempo a valorar opciones el resultado debe ser espectacular (y no suele serlo) y supone retrasar la elección por meditarla demasiado (no sólo en Netflix, también en otros órdenes de la vida).

Quizá por eso y aunque el vídeo a la carta sea técnicamente superior a la televisión (poder elegir cuándo ver algo, y además sin anuncios molestos) a mucha gente le sigue gustando ver «lo que ponen en televisión», aunque sea por no tener que perder el tiempo eligiendo qué ver. Nuestras mentes no dan para más, nos quedamos bloqueados, frustrados y enfadados. Es paradójico, porque ser más libres nos hace más esclavos – de ahí la paradoja.

Opciones Netflix / Atehrani17

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