Por @Wicho — 3 de Agosto de 2022

Mark Scout trabaja para la megacorporación tecnológica Lumon Industries. En concreto lo hace en el departamento de Refinamiento de macrodatos (MDR). Es un departamento que está situado en una planta especial de las instalaciones de la empresa. En concreto aquella en la que trabajan las personas que han aceptado someterse al proceso de separación que da título a la serie, que está disponible en Apple TV+.

Las personas que se han sometido a él no pueden recordar nada de su vida fuera de las instalaciones de Lumon cuando bajan a la planta en la que trabajan. Ni nada de su trabajo en Lumon cuando salen de allí. Son, a todos los efectos, dos personas que viven en el mismo cuerpo. Y es imposible, o eso se supone, que se lleven el trabajo a casa y viceversa.

Para las personas que son fuera del trabajo hay un hueco de ocho horas en su vida que se corresponden con la jornada laboral. Y para Mark son ocho horas terapéuticas porque le ayudan a eliminar un doloroso recuerdo durante dos tercios de su día. Por eso aceptó la separación. Para sus versiones internas, las que están al mando mientras están en Lumon, su vida se reduce al rato en el que son conscientes entre que bajan en el ascensor y vuelven a subir en él. Sus vidas son una sucesión continua de jornadas laborales en las que no son conscientes de dedicarse a otra cosa; no tienen hobbies, ni familias, y ni tan siquiera duermen.

Mark está más o menos satisfecho con su vida y con las horas de paz que le suponen la separación. Le da igual las estrictas normas y código de conducta que tienen que seguir –pronto queda claro que Lumon es poco menos que una secta–; le da igual el sistema de recompensas ridículas que les ofrecen según van cubriendo cuotas en su trabajo asignado; le da igual no saber, en realidad, qué hacen con su trabajo. Hasta que su amigo Petey se va del departamento y es sustituido por Helly R.

El señor Milchick haciendo una foto del equipo de Refinamiento de macrodatos en la oficina – Apple TV+
El estomagante señor Milchick hace una foto del equipo de Refinamiento de macrodatos tras la incorporación de Helly R. – Apple TV+

A partir de ahí, sin querer meterme en spoilers las cosas empiezan a liarse y el perfecto mundo separado de Mark –o su perfecto mundo separado y su doloroso mundo fuera de la separación– empiezan a colisionar con unas consecuencias… que no conoceremos hasta la segunda temporada. Al menos.

Reconozco que me costó un poco engancharme con la serie porque al principio las cosas parece como que no avanzan. Aunque lo cierto es que la historia va dejando una serie de miguitas que llevan al clímax de la temporada y que al llegar a él te hacen darte cuenta de cómo te han ido llevando ahí casi sin que te enterasas. Porque en realidad es una serie muy currada tanto desde el punto de vista del guión como de todos esos detalles visuales que van dejando y que van haciendo clic poco a poco en tu cabeza.

Tanto que, una vez terminada, son como para volver a verla a la caza de las cosas mencionadas en el vídeo 81 Hidden Clues & Details You Missed In Severance Season 1.

Una ventaja de estar separado sería que me parecería que la temporada dos, ya a aprobada, tardará menos en llegar.

Compartir en Flipboard Tuitear

PUBLICIDAD



Por @Wicho — 3 de Agosto de 2022

Me encontré con pocas horas de diferencia el vídeo Nobody Shares Anymore de Mike Rugnetta y la anotación Las redes sociales y el fin de una era de Enrique Dans. Ambos hablan de cosas a las que llevo un tiempo dándole vueltas.

En el vídeo, Mike habla de cómo hace diez años, cuando abrió su cuenta de Instagram, el énfasis estaba en compartir. Fuera lo que fuera lo que entendíamos como compartir. Habla también de cómo el propio Mark Zuckerberg –Facebook compró Instagram una semana después de que Mike abriera su cuenta– insistía mucho en el concepto de compartir. Lo vendía como una oportunidad para que todas aquellas personas que participábamos en las redes mejoráramos compartiendo nuestros contenidos y lo que sabíamos, a la vez que hacíamos lo propio con lo compartido por otras personas.

Pero, dice, ahora la palabra compartir está completamente ausente –o casi– de las descripciones de las apps y de las de los servicios más populares. Él atribuye el cambio a dos cosas: por un lado, a las empresas ya les importa un pimiento lo que compartes; les da absolutamente que sean contenidos originales o de calidad. Su única métrica –y con los algoritmos qué deciden qué vemos hemos topado una vez más– es que generen tráfico y por ende dineritos. Así que se dedican a promocionar lo polémico o escabroso o escandaloso, o una combinación de todo lo peor siempre que genere tráfico. Algo que sólo beneficia a quienes buscan cierto tipo de fama y a las empresas que promueven eso.

Por otro, dice que quienes estamos en las redes sociales –o al menos la mayoría medianamente razonable– estamos cada vez un poco más hartos del ambiente de crispación y de los zascas a diestro y siniestro sólo por respirar. De hecho él mismo ha publicado el vídeo tras haber tomado la decisión de darse un tiempo alejado de Twitter.

Enrique habla también de ese cambio:

Básicamente, cuando las redes sociales pasaron de ser eso, el sitio al que ibas para saber qué habían hecho tus amigos y conocidos, a convertirse en una supuesta plataforma para una especie de «salto a la fama», para tratar de convertirse en «influencer», una carrera sin sentido en la que, por supuesto, muchos fueron los llamados, pero pocos los elegidos. En muy poco tiempo, y alentados por las propias redes sociales, las personas dejaron de compartir su vida, su actividad o los contenidos que creaban, y pasaron a compartir otras cosas: memes copiados de cualquier sitio, noticias, comentarios con aspiraciones virales, zascas, GIFs animados o cosas similares. De compartir nuestro día a día, a convertirse en un absurdo y constante concurso de popularidad.

De ahí su tesis sobre que estamos ante el fin de las redes sociales:

En un mundo cada vez más algorítmico, lo que gana es el contenido que todo el mundo quiere ver, no lo que ha hecho tu amigo o conocido. El algoritmo mató a la red social, y su sucesor es otra cosa diferente, una plataforma china para hacer el payaso y convertir, a modo de «arma secreta», a toda una generación y a una sociedad en caricaturas de sí mismas.

Por la parte que me toca, hace mucho que dejé de usar Facebook; básicamente lo usaba para compartir contenidos de Microsiervos hasta que decidimos que ya no más. Y ya no más.

Sigo en Instagram, aunque nunca he sido un usuario muy activo. Pero me repatea que últimamente se hayan volcado en los vídeos y que parece que no me enseña una foto ni por casualidad. Y aún dentro de los vídeos, por mucho que intento decirle que las cosas que me interesan son, sin ningún orden en particular, los aviones, el modelismo, los relojes automáticos, las cámaras de fotos analógicas, el arte urbano, o los minerales, «el algoritmo» se empeña en proponerme reels de chicas o señoras estupendas que creo que deben rozar el límite del pacato concepto de decencia de esa red. Que ya sé la edad que tengo y que soy un señor hetero blanco y tal… Pero ya vale. Lo de que en medio de todas esas recomendaciones espurias me enseñe contenidos de las personas a las que sigo a estas alturas ya me parece poco menos que un milagro. Y me da igual la moto que nos quiere vender Adam Mosseri sobre los cambios en Instagram.

En Twitter, menos mal que tengo unas listas que uso casi todo el tiempo en las que por ahora –y toco madera– sólo salen las cuentas que yo he añadido y en orden cronológico inverso como manda(ba)n los cánones. Cuando me paso por el timeline la cosa no es tan terrorífica como podría ser porque lo tengo despiojado. Pero vivo con el temor de que en cualquier momento cambien el funcionamiento de las listas y la liemos.

De Snapchat y TikTok ya no sé. Que tengo una edad. Pero…

¿Quién se acuerda ya de los alegres tiempos de la Web 2.0 en los que creíamos que todo era posible?

Afortunadamente nos queda el blog, aunque cada vez nos sintamos más como si viviéramos en la aldea de Astérix y Obelix. Y aunque dependamos también en cierta medida de los algoritmos que ordenan los resultados de los motores de búsqueda. Que hasta ahora no nos tratan mal, afortunadamente.

Claro que hablando de los blogs, los han matado «cienes y cienes» de veces y ahí siguen. Así que no sé si estamos ante el fin de las redes sociales o no. Pero sí tengo muy claro que se parecen cada vez menos a lo que eran.

(El vídeo vía Pedro Jorge).

Compartir en Flipboard Tuitear

PUBLICIDAD



Por @Wicho — 1 de Agosto de 2022

Recepción con arco de agua de los C-101 que protagonizaron el último vuelo del modelo como entrenador – Ejército del Aire y del Espacio
Recepción con arco de agua de los C-101 que protagonizaron el último vuelo del modelo como entrenador – Ejército del Aire y del Espacio

El pasado viernes 29 de julio de 2022 el CASA C-101 Aviojet, cuya denominación oficial es E.25, aunque es mucho más conocido como «Culopollo» en lugar de por su apodo oficial, «Mirlo», realizaba su último vuelo como avión de entrenamiento para el Ejército del Aire y del Espacio (EA).

Fueron tres unidades las que participaron en este histórico vuelo, que despegó a las 11:20 de la Base Aérea de San Javier y duró una hora y 20 minutos. En total, el C-101 acumula más de 285.000 horas de vuelo desde que el 17 de enero de 1980 fueran entregados a la Escuela Básica de la Academia General del Aire los primeros cuatro ejemplares. Serán sustituidos por el Pilatus PC-21 (E.27) ya en septiembre, cuando empiece el próximo curso en la Academia.

Foto de los tres C-101 en el aire – Ejército del Aire y del Espacio
Los tres C-101 en vuelo – Ejército del Aire y del Espacio

Pero sin embargo la Patrulla Águila, el equipo de vuelo acrobático del EA, seguirá volando con el «Culopollo», como lleva haciendo desde el 4 de junio de 1985. Así que aún podremos verlo durante unos cuantos años más en festivales aéreos.

Relacionado,

Compartir en Flipboard Tuitear

PUBLICIDAD



Por @Wicho — 1 de Agosto de 2022

Portada de «Escaping Gravity» por Lori GarverEscaping Gravity: My Quest to Transform NASA and Launch a New Space Age. Por Lori Garver. Diversion Books (21 de junio de 2022). 412 páginas. Inglés.

Lori Garver fue subdirectora de la NASA de 2009 a 2013. Mientras ocupó ese puesto fue una de las personas encargadas de poner en marcha el Programa de Tripulaciones Comerciales, gracias al que la NASA hoy en día puede enviar tripulaciones a la Estación Espacial Internacional (EEI) a bordo de las Crew Dragon de SpaceX. Y, esperemos que en un futuro no muy lejano, a bordo de la Starliner de Boeing. Pero aunque hoy se muestre encantada con ello y haya mucha gente colgándose medallas, su director actual incluido, la agencia no quería esto. Ni con mucho. Hubo, al menos según lo que se puede leer en este libro, poco menos que arrastrarla a ello.

Modernizar la NASA era uno de los objetivos del presidente Obama. Lori Garver, quien fue asesora del candidato Obama en temas relacionados con el espacio, fue en quien recayó la tarea como sudbirectora de la agencia durante el primer mandato del presidente Obama. Tendría que haber recaído sobre Charlie Bolden, el director de la agencia nombrado por Obama.

Pero, y este es uno de los grandes temas del libro, Bolden no estaba realmente por la labor; le interesaba mucho más mantener el statu quo que beneficiaba a la industria aeroespacial tradicional, a políticas y políticos en cuyos distritos la NASA se dejaba montones de dinero en contratos, y a muchos colegas suyos en el cuerpo de astronautas o en los lobbies de la industria. Aunque no sólo era Bolden el que se mostraba reacio; la inmensa mayoría de las personas –fundamentalmente señores blancos– que ocupaban los más altos cargos de la burocracia de la agencia tampoco estaban por la labor. A menudo se refiere al conjunto que forman como a un cono de helado que se come a sí mismo.

Un ejemplo rampante de esto es, cuando ya estaba cancelado el cohete Ares 1 del programa Constelación, el Congreso obligó a terminar de construir una plataforma de pruebas para sus motores con un coste de 500 millones de dólares. Plataforma que nunca llegó a ser utilizada.

Otro es el empeño de seguir adelante con la construcción del cohete SLS, carísimo y difícilmente justificable. En especial cuando hay proyectos de empresas privadas como SpaceX o Blue Origin que pueden ofrecer prestaciones similares a una fracción del coste.

De hecho el congreso intentó varias veces cargarse el Programa de Tripulaciones Comerciales. Y si en última instancia no lo consiguió fue porque Garver y su equipo fueron consiguiendo esquivar todas las trampas y palos en las ruedas que les fueron poniendo. También ayudó, y mucho, el éxito de SpaceX con las Dragon de carga: demostró que una empresa privada –y además una recién llegada– era capaz de ser mucho más ágil y barata que las de toda la vida. Los dinosaurios, como les llama Garver.

El libro no es para nada un libro técnico; ella misma es la primera en reconocer que no tiene formación técnica. Pero tiene una visión –que en realidad coincide con la ley que supuestamente rige el funcionamiento de la NASA desde hace años– de tener un sector espacial pujante en los Estados Unidos en el que la NASA no compita con la iniciativa privada sino que innove. Pero con sentido. Otra de las críticas que hace es que la agencia no planifica las cosas en función de lo que tiene interés científico o técnico sino en función de lo que le permite mantener su estructura.

No hay que olvidar tampoco que el libro presenta la historia desde un sólo punto de vista. Pero desde luego es un testimonio revelador de cómo están las cosas. Hace que parezca poco menos que un milagro que, de vez en cuando, alguna cosa salga bien en la NASA.

La parte final del libro, escrito ya después de que SpaceX lanzara sus primeras misiones tripuladas hacia la EEI, incluye también duras críticas sobre la falta de inclusión en la agencia y en la industria –y ahí también les da a Elon Musk y Jeff Besos, por ejemplo– tanto en lo que respecta a género como raza.

Pero, en resumen, es una reveladora perspectiva de cómo funcionan la agencia y la parte más tradicional del complejo industrial aeroespacial y armamentístico estadounidenses.

Compartir en Flipboard Tuitear

PUBLICIDAD




PUBLICIDAD





Un libro de @Alvy y @Wicho

Se suponía que esto era el futuro | un libro de Microsiervos, por Alvy y Wicho

Se suponía que esto era el futuro
Ciencia, tecnología y mucho más
www.microsiervos.com/libro