Por @Wicho — 22 de Mayo de 2019

Portada de Ada Lovelace

Nuestra admirada Ada Lovelace, la primera programadora de la historia, aunque mucho más allá de eso fue la primera persona en darse cuenta de los enormes cambios sociales que podían traer los ordenadores, busca hacerse un hueco en la Colección Científicos.

La Máquina Analítica podría actuar sobre otras cosas más allá de los números si encontráramos objetos cuyas propiedades pudieran ser expresadas mediante la abstracta ciencia de las operaciones [la programación de la máquina], cosas que también deberían ser susceptibles a ser adaptadas a la acción de la notación de operaciones y el mecanismo de la máquina… Suponiendo, por ejemplo, que las relaciones fundamentales en la ciencia de la armonía y de las composiciones musicales fueran susceptibles a estas expresiones y adaptaciones, la máquina podría componer elaboradas y científicas piezas de música de cualquier grado de complejidad o extensión.

Si consigue reunir los 5.500 euros necesarios el suyo será el noveno volumen de la colección. Como todo los demás correrá a cargo de Jordi Bayarri, autor y editor de cómics, con los colores de Dani Seijas, y la documentación y supervisión de Tayra Lanuza.

Los volúmenes anteriores están dedicados a Charles Darwin, Galileo, Hipatia de Alejandría, Isaac Newton, Marie Curie, Santiago Ramón y Cajal, Ariostóteles y Albert Einstein.

Se trata de un cómic en formato apaisado con un tamaño de 24×17 cm. y una extensión de 48 páginas a todo color, impreso en papel de alta calidad y encuadernado en cartoné (tapa dura).

Como es habitual en estos casos hay varias recompensas disponibles en función de la cantidad aportada, aunque a mí me parece súper interesante el minicómic Tarjetas Perforadas sobre la creación de las tarjetas perforadas y su uso en la industria textil y posteriormente en el trabajo con ordenadores.

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Por @Wicho — 20 de Mayo de 2019

Imagen por ordenador que recrea el Gran K
Imagen por ordenador que recrea el Gran K – Greg L

No recuerdo exactamente la definición de kilogramo que estudié en el colegio. Pero era parecida a esta, sacada de la Wikipedia: «su patrón se define como la masa que tiene el patrón internacional, compuesto de una aleación de platino e iridio, que se guarda en la Oficina Internacional de Pesas y Medidas en Sèvres, cerca de París (Francia)».

Pero ese patrón y otras copias que hay repartidas por el mundo han ido cambiando de masa muy ligeramente debido a las manipulaciones a las que ha sido sometido en los 130 años que lleva en servicio. La variación es superior a 50 microgramos, lo que en nuestra vida diaria es irrelevante. Pero para «acer la cencia» con la precisión que se necesita esto es inaceptable

Así que tras años de darle vueltas para encontrar una definición que no dependiera de un objeto físico y por tanto sujeto a cambios en 2011 la Conferencia General de Pesas y Medidas decidió que el kilogramo pasaría a basarse en la definición de la constante de Planck.

Esta constante relaciona la energía de un fotón –una partícula de luz– con su frecuencia. Y dado que energía y masa están íntimamente relacionadas según la famosa ecuación E=mc2 de Einstein los científicos pensaron que la constante de Planck podía servir para definir un kilo.

Pero tuvieron que esperar a la 26ª Conferencia General de Pesos y Medidas, celebrada en noviembre de 2018, para poder anunciar que se habían conseguido hacer mediciones lo suficientemente precisas –gracias a las balanzas de Kibble– como para poder acordar esa nueva definición del kilo basada en las constante de Planck.

Imagen por ordenador que recrea el Gran K
Balanza de Kibble NIST-4

Con las mediciones facilitadas por la NIST–4, que empezó a funcionar en 2015, y otras similares que permitieron medir la constante de Planck con la suficiente precisión –13 partes por billón en 2017 en el caso de la NIST–4– los científicos acordaron definir la contante como 6.62607015×10−34 kg⋅m2⋅s−1.

Suena raro pero así el kilogramo queda definido en función del metro y del segundo, que a su vez están definidos en función de constantes físicas. Y por tanto el kilo pasa a quedar definido también por completo en función de constantes físicas que nunca cambiarán.

Y ese cambio entra en vigor hoy, 20 de mayo de 2019.

Adiós, «platino lidiado», hola nuevas barbaridades que saldrán en los exámenes a partir de ahora. Porque por ejemplo ahora podemos decir que un kilogramo es la masa de 1,4755214×1040 fotones emitidos los átomos de cesio utilizados en los relojes atómicos.

(El dato de los porrocientos fotones vía National Geographic).

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Por @Wicho — 20 de Mayo de 2019

El físico por la Universidad de Zaragoza Iñaki Echeverría, que actualmente se está doctorando en la Universidad de Navarra, ha ganado Famelab España 2019 con Déjame salir. Es un monólogo en el que nos intenta convencer, como dice la sabiduría popular, de que las prisas a menudo son malas. Sobre todo si tienes prisa para evacuar un recinto en una situación de emergencia. E incluso de que la presencia de obstáculos por medio puede acelerar la evacuación. O no.

Iñaki participará ahora en la final internacional que se celebrará en el Festival de Cheltenham de Ciencia en junio de 2019.

En segundo puesto fue para Mariola Penadés Fon con su monólogo El silencio de mis neuronas en el que explica el mecanismo neuronal por el cual inhibimos la percepción de nuestros propios estímulos sensoriales. Que por qué nos quedamos empanados, vaya.

El tercero fue para Kevin Fernández-Cosials, quien en su monólogo Risky Bussines explicó cómo influye en el diseño de los sistemas de seguridad la percepción del riesgo que tenemos de los accidentes.

Famelab España es una iniciativa de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT) y el British Council, con la colaboración de la Obra Social «la Caixa».

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Por @Alvy — 11 de Mayo de 2019

ESA Operations / Planetary Defense

Hace unas semanas las agencias espaciales NASA y ESA, junto con la FEMA (emergencias) y quien se quisiera apuntar participaron en una simulación estilo «juegos de guerra» en la que el protagonista era un asteroide que iba a impactar contra la Tierra, más concretamente haciendo blanco en la mismísima ciudad de Nueva York, como en las películas.

La idea era ver cómo se coordinaban las agencias desde el momento en que se detectaba (concretamente el 29 de abril de 2027) y trataban de salvar al mayor número posible de personas. Con unos pocos cientos de metros de tamaño no estamos hablando de un destructor total, sino de un asteroide de tipo «megabólido» relativamente pequeño pero que al entrar en la atmósfera e impactar a unos 70.000 km/h contra la superficie deja entre 5 y 20 megatones de energía a su paso.

La simulación involucró a unos 200 astrónomos, ingenieros y personal de emergencias. Debió tener su emoción porque iban aumentando cada día los cálculos sobre la «probabilidad de impacto» del 1 al 10% hasta llegar a la certeza del 100%, afinando posteriormente con la ubicación.

Se supone que el asteroide había sido detectado por una sonda lanzada en 2021 y que Estados Unidos, Europa, Rusia y China habían construido seis «proyectiles cinéticos» para cambiar su trayectoria. Los acabaron en 2024 y los lanzaron contra el asteroide, pero sólo tres acertaron y algunos fragmentos, más pequeños, se desviaron un poco pero siguieron con su camino – incluyendo el megabólido de 60 metros. Muy a lo Armageddon, todo sea dicho; pero parece que aquí nadie se mira las películas.

Eso sí, surgieron cuestiones: con el impacto salvaron la ciudad de Denver pero Nueva York iba a ser arrasada. ¿Quién se responsabiliza de eso? También se vio que iba a ser complicado evacuar 10 millones de personas si el asteroide impactaba sobre Central Park como se preveía (¡oh, casualidad!) pero al menos tenían dos meses. Y luego están las cuestiones prácticas ¿Dónde reubicas a tanta gente? ¿Quién lo paga? ¿Quién se encarga de salvar lo más importante de la destrucción? ¿Cómo se comportaría la gente?

Finalmente, usando una calculadora de destrucción atómica se vio cómo básicamente todo Manhattan y muchos otros barrios de Nueva York quedaron completamente arrasados en el momento del impacto. El radio de destrucción total era de 15 km, aunque hasta 70 km se notaban los efectos. Ahí no se salvaba ni el tato.

Dado que la cuestión no es si algún día va a impactar algún asteroide de este estilo, sino cuándo –aunque raro sería que cayera sobre una zona densamente poblada– las autoridades de la llamada Defensa Planetaria siguen trabajando en ello. El próximo ejercicio se hará en Viena (Austria) en 2021.

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