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Tunguska, cien años de misterio

Hoy se cumplen cien años de la explosión de origen desconocido que arrasó una zona de 50 kilómetros de diámetro en Tunguska, una remota zona de Siberia, explosión que se conoce con el nombre de evento de Tunguska.

Árboles caídos en la zona
Árboles caídos en la zona afectada por el evento fotografiados por la segunda expedición de Leonid Kulik en 1927

Esta explosión fue tan potente que fue detectada por sismógafos en toda Asia y Europa e incluso llegaron a medirse en Londres las variaciones de presión atmosférica que causó.

El polvo arrojado a la atmósfera por este evento hizo que durante varios días las noches fueran tan brillantes en parte de Rusia y Europa que se podía leer sin luz artificial.

No fue hasta 1921 cuando se realizó la primera expedición a la zona para investigar el fenómeno in situ y ni esta ni ninguna de las expediciones posteriores fueron capaces de encontrar un cráter, por lo que la teoría más aceptada en la actualidad es que un cometa pequeño o a lo mejor solo un fragmento de uno penetró aquel día en la atmósfera terrestre y explotó en el aire con una potencia equivalente a la de 12 megatones a 8 km de altura.

La destrucción en la superficie habría sido causada por la ondas de choque y térmica subsiguientes a la explosión del cometa o fragmento.

Por supuesto hay teorías bastante más peregrinas sobre el origen de este evento como las que recoge Luis Alfonso Gámez en El misterio de Tunguska, donde recoge también la afirmación de Agustín Sánchez Lavega, director del grupo de Ciencias Planetarias de la Universidad del País Vasco, quien dice que

San Petersburgo escapó de la destrucción hace cien años por cuatro horas y 3.790 kilómetros.

Y es que en efecto de haberse producido la explosión sobre una zona habitada las consecuencias podrían haber sido catastróficas, tal y como las imaginaba Arthur C. Clarke en Cita con Rama:

A las 9.46 (meridiano Greenwich) de la mañana del 11 de septiembre, en el verano excepcionalmente hermoso del año 2077, la mayor parte de los habitantes de Europa vieron aparecer en el cielo oriental una deslumbrante bola ígnea. En cuestión de segundos se tornó más brillante que el Sol y al desplazarse en el cielo -al principio en completo silencio– iba dejando detrás una ondulante columna de polvo y humo.

En algún punto sobre Austria comenzó a desintegrarse produciendo una serie de explosiones, tan violentas que más de un millón de personas quedaron con los oídos dañados para siempre. Fueron las afortunadas.

Desplazándose a cincuenta kilómetros por segundo, un millón de toneladas de roca y metal cayó sobre las llanuras del norte de Italia y destruyó con una llamarada de segundos la labor de siglos. Las ciudades de Padua y Verona fueron barridas de la faz de la Tierra; y las últimas glorias de Venecia se hundieron para siempre en el mar cuando las aguas del Adriático avanzaron atronadoras hacia tierra después de aquel golpe fulminante venido del cielo.

Seiscientas mil personas murieron, y el daño material se calculó en más de un trillón de dólares.

El evento de Tunguska no ha sido único en la historia y se conocen al menos otros dos similares, el evento del Mediterráneo Oriental del 6 de junio de 2002 y el evento de Vitim del 22 de septiembre de 2002, evento este último en el que a posteriori se detectaron importantes cantidades de radiación residual.

Así que no parece nada descabellada la proposición de colocar un transpondedor en Apophis para seguir su órbita con más precisión tal y como cuenta Phil Plait en The House wants to save us from asteroid impacts, quien también habla del evento de Tunguska en 100 years ago today: KABLAM!!!!!