Por Nacho Palou — 16 de Septiembre de 2009

Encontré este artículo de Los Ángeles Times de hace un par de años, que hacía referencia a un estudio publicado entonces, acerca de cómo la especie humana continúa evolucionando y de cómo se ha detectado que lo hace a ritmos superiores a los del pasado, desde la generalización del uso de la agricultura y gracias al mayor crecimiento de la población en los últimos siglos (la población mundial se ha multiplicado por veinte en los últimos mil años) ya que esto “genera más oportunidades para que surjan mutaciones genéticas beneficiosas.”

En el estudio, para analizar la evolución actual se examinaron más de tres millones de variantes de ADN en unas 300 personas, en los que se detectaron 1.800 genes ampliamente extendidos en tiempos relativamente recientes porque son beneficiosos desde el punto de vista evolutivo.

Uno de los ejemplos más famosos de esta evolución es la adopción del gen que permite a los humanos digerir la leche.

Aunque los niños pueden beber leche, normalmente al crecer desarrollan intolerancia a la lactosa. Pero tras la domesticación de distintos tipos de ganado en Europa y Asia los adultos con la mutación adecuada para digerir la leche contaron con una ventaja nutricional sobre aquellos que no la tenían.

Es curioso que, aunque genéticamente hablando es erróneo usar el término “raza” para distinguir individuos de la especie humana, la clasificación actual de “razas humanas” no existía hace menos de 20.000 años, que es cuando los genes comenzaron o aclarar la pigmentación de la piel para que los habitantes de las latitudes más al norte fueran capaces de compensar la menor cantidad de luz solar que recibían, imprescindible para que el cuerpo produzca vitamina D. “Hace 10.000 años nadie tenía lo ojos azules.”

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