Por @Alvy — 15 de Agosto de 2019

Este montaje es ingenioso: se trata de un pequeño coche a radiocontrol equipado con una minicámara, que envía la imagen «subjetiva» en tiempo real a un ordenador con el que se puede proyectar a lo grande en una pantalla. Los controles son un volante y asiento «estilo Fórmula 1» y la pantalla es cónica y envolvente. El resultado: una especie de sistema de conducción a distancia en el que parece que el mundo haya aumentado de tamaño y el coche y el conductor se hayan reducido. Da un poco la sensación de estar dentro de Cariño, he encogido a los niños.

Según cuenta la gente de Voysys, que son quienes lo han estado afinando, lo de la pantalla cónica gigante supera en sensaciones a otros tipos de pantallas planas e incluso gafas de realidad virtual de varios tipos.

El otro punto clave es la latencia: la transmisión de imágenes ha de ser prácticamente instantánea, al igual que la respuesta a los movimientos del volante y los pedales. Aquí los tiempos se miden en milisegundos y cualquier punto del que «rascar» unas milésimas es relevante para que la sensación sea realmente como «estar ahí». Y parece bastante manejable.

En la empresa trabajan en un motor 3D para renderizar en tiempo real imágenes virtuales con bajísima latencia; esto tiene un coste computacional alto, especialmente cuando se habla de calidad de imágenes en 4K o incluso 8K. La idea es que en el futuro pueda servir para teleoperar coches –no sólo de radiocontrol– camiones, o incluso experimentar retransmisiones en vivo. Otra forma más que divertida de jugar a las carreras.

Relacionado:

Compartir en Flipboard Compartir en Facebook Tuitear
Por @Alvy — 29 de Julio de 2019

En esta demo que realizó Microsoft hace poco se combinan muchas tecnologías, a cual más espectacular. (Los ansiavivas pueden saltar a 02:00] La protagonista es Julia White, de Microsoft, cuyo holograma está creado a partir de un estudio de captura de objetos y movimientos de «realidad mezclada», combinando imágenes reales con objetos virtuales mediante las gafas HoloLens de la compañía.

Si el asunto resulta más espectacular de lo normal es porque la demo se hizo en vivo frente a un auditorio. Además utilizaba la tecnología de traducción para convertir el texto de la presentación de inglés a japonés para luego reproducirlo con gran realismo en su mismo tono de voz mediante tecnologías de texto-a-voz con la inteligencia artificial de la compañía (Azure AI). Lo de que la demo fuera «en vivo» es doblemente curioso: en realidad la imagen del vídeo es la que ve la protagonista con las gafas, un «montaje» que la audiencia ve proyectado en pantallas gigantes (a falta de unas gafas para cada persona, claro).

La demo es definitivamente muy molona, pero de momento no para el común de los mortales: hace falta un estudio completo de captura, iluminación profesional, cámaras de alta resolución y dedicar tiempo al modelado del «holograma», además de asegurarse que los textos y voces sean adecuados y todo funcione. (Como decía mi abuelo: «eso está mu’ ensayao»). No obstante, también nos parecía hace años imposible disfrutar de juegos masivos multijugador o de imágenes de realidad aumentada y ahí los tenemos, en el bolsillo. Así que todo llegará.

(Vía The Verge.)

Relacionado:

Compartir en Flipboard Compartir en Facebook Tuitear
Por @Alvy — 29 de Julio de 2019

Las primeras películas de cine que todavía se conservan, que se remontan a finales del siglo XIX y principios del XX, eran pequeñas piezas de unos pocos minutos, rodadas con gran esfuerzo e increíbles limitaciones técnicas. Estamos acostumbrados a verlas a bajísima resolución, normalmente deterioradas por el paso del tiempo, con mucho grano y a una velocidad escasa y muchas veces incorrecta (normalmente unos 14 fotogramas por segundo). Pero no siempre fue así.

En este vídeo del MoMA, que encontré a través de un reportaje de Aeon se explica por qué nuestras ideas acerca de cómo eran esas películas están completamente equivocadas. O más exactamente cabría decir, algunas de esas películas. En concreto se habla de la película en formato de 68mm filmada a 30 fotogramas por segundo, que competía con la tecnología desarrollada por Edison –más limitada por entonces– y de la que el MoMA recuperó 36 rollos para su conservación.

En esas películas, que incluyen un par de piezas en las que se ve a la mismísima Reina Victoria (1819-1901) se pueden disfrutar escenas cotidianas de gran calidad de imagen, con una nitidez que casi compite con la actual, con un ritmo fluido y natural. Este formato era un invento de la Biograph Company, fundada en 1895 y que se dedicaba a rodar documentales por todo el mundo. En total grabaron cerca de 2.000 cortometrajes y 12 películas.

Oceanic / MoMA

Es importante mirar esas películas con otros ojos: para la mayoría de la gente era la única forma de ver mundo, conocer otras culturas y ver a personajes famosos, porque no había otra forma de imágenes en movimiento (excepto algunos formatos tipo mutoscopio o flipbook, con fotografías en papel que se pasaban mecánicamente para crear el efecto de movimiento. Tal y como cuentan en el reportaje, para mucha gente ver unas cataratas, el mar o un tren llegando a una estación resultaba una experiencia sobrecogedora.

La famosa leyenda de que la gente «huía despavorida de las salas porque pensaba que el tren les iba a arrollar» está sin duda más en el terreno de la leyenda urbana que de la historia, pero es una pequeña muestra de lo que debía suponer entonces poder acceder a esta tecnología. Hoy en día todo son imágenes en movimiento a nuestro alrededor; nacemos rodeados de ellas y nos resultan tan naturales como las caras de la gente. Pero hubo un tiempo, no hace tanto, en que era algo impresionante.

Relacionado:

Compartir en Flipboard Compartir en Facebook Tuitear
Por @Wicho — 8 de Julio de 2019

El archivo hace unas décadas

Con 52 metros de ancho, siete metros de fondo y ocho metros de alto que albergan 18 bloques de 500 cajones –para un total de 9.000 cajones– con expedientes individuales este archivo de la seguridad social checa parece un híbrido de la imaginación de Simon Stälenhag, el Brazil de Terry Gilliam y Dune de David Lynch.

Contiene los expedientes, convenientemente ordenados por número, de unos 800.000 ciudadanos nacidos hasta 1937 que en algún momento cotizaron a la seguridad social y estuvo en uso hasta casi finales del siglo XX. Para acceder a los cajones la persona que buscaba un expediente se subía a la góndola correspondiente, que manejada con una especie de joystick se movía de izquierda a derecha y arriba y abajo hasta llegar a la posición adecuada. Un pedal hacía que se abriera el cajón y ya sólo quedaba coger el sobre buscado.

El archivo en acción

Hoy en día toda esa información está digitalizada, así que ahora el archivo sólo es una especie de copia de seguridad… pero ojalá se pudiera visitar.

No sé si Paul Otlet llegaría a conocer su existencia antes de morir, pero seguro que una instalación así le habría encantado como base de su Mundaneum.

(Vía Brian Roemmele y Lukas Biba).

Relacionado,

Compartir en Flipboard Compartir en Facebook Tuitear