Por @Alvy — 10 de Septiembre de 2019

Este curioso proyecto de Katja Trinkwalder y Pia-Marie Stute se llama accesoires for the Paranoid y es un proyecto medio artístico, medio tecnológico, medio irónico acerca de la seguridad de nuestros datos y la privacidad en el siglo XXI. Son pequeños gadgets que se instalan junto a ordenadores y dispositivos para generar señales falsas sobre nuestra presencia y costumbres:

La Internet de las cosas nos ha traído un nuevo tipo de objetos cuya funcionalidad depende de recolectar información personal (…) Nos hemos acostumbrado a la fórmula de intercambio de «servicios gratis a cambio de nuestros datos personales» (…) Pero si los intentos por restringir nuestro flujo de datos personales nos llevan a limitar el uso de esos servicios y productos ¿acaso no tendremos más opción que obedecer y compartirlos?

Entre estos objetos para paranoicos hay una pequeña pantalla que muestra imágenes aleatorias a las webcams, grabaciones de sonido ambiente con voces para engañar a Alexa (a quien además se dirige por su nombre, para que cuente chistes y haga algunas otras cosas triviales) o un software que genera datos falsos de navegación de forma aleatoria visitando Google, Facebook, YouTube, Twitter, Amazon e incluso simulando procesos de compra, clics en los favoritos y similares

Los gadgets en cuestión además de curiosos son elegantes, como salidos de una impresora 3D directamente de un programa de diseño.

(Vía Core77.)

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Por @Alvy — 1 de Septiembre de 2019

Cuando surgieron los captchas mucha gente se preguntó si eran realmente necesarios; hoy con la invasión de spam en todas las formas y variantes son algo casi obligatorio para que muchos sistemas funcionen: sistemas de comentarios, formularios de compra, páginas de registro. En este vídeo el divulgador Tom Scott explica cómo ha sido su evolución y algunos detalles curiosos, como es habitual en él.

  • El invento del captcha surgió en AltaVista, el mítico buscador de Digital de la era pre-Google, que intentaba con un sistema de letras distorsionadas evitar el spam en el formulario para registar páginas en su motor de búsqueda.
  • La primera versión de un captcha con utilidad colateral fue el popular ReCaptcha, bajo el lema «Stop spam, read books». Mostraba dos palabras al azar: una ya había sido identificada y era la que había que acertar y la otra «usaba» a la persona para leerla, de modo que también era una forma de «OCR humano». Cuando muchas personas daban la misma respuesta a la misma palabra se consideraba significativa estadísticamente y podía cambiar de grupo -- algo que servía para escanear libros de verdad poquito a poquito.
  • El software ReCaptcha fue adquirido por Google, quien a las palabras añadió en 2012 imágenes de Google Street: semáforos, letreros, pasos de cebra, etcétera. Su utilidad iba aumentando.
  • La segunda versión de Google era el recaptcha invisible (2014) que tan solo utilizaba la famosa casilla «no soy un robot» y un solo clic, además de cookies. Nadie sabe muy bien cómo funciona exactamente, pero sí que utilizaba datos como los movimientos del ratón, el tiempo entre clics, etcétera. Si no se tienen las cookies activadas o alguna prueba no se supera entonces se recurre a los captchas tradicionales.
  • La tercera versión (2017) es el recaptcha invisible, que reemplaza el clic del ratón en la casilla por el análisis de otros datos (tiempos en realizar acciones, movimientos del móvil, scroll, precisión, datos sobre el navegador y el ordenador antes de interactuar, etcétera).

Como decíamos hace años en el análisis del recaptcha invisible, el hecho de que el algoritmo sea tan secreto produce una situación un tanto inquietante:

Esto abre un nuevo mundo de extraños escenarios en los que tu ordenador puede decidir si eres digno o no de la humanidad suficiente como para utilizar alguna de sus funciones (…)

Irónicamente todo esto se ha vuelto tan complicado que entre un 10 y un 20 por ciento de los humanos «de verdad» no superan esas pruebas (!) En este sentido el robot que «no es un robot» es meritorio, porque supera la prueba, aunque no está muy claro cómo ni cuántas veces lo hace.

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Por @Alvy — 30 de Agosto de 2019

TOSDR: «No, no me he leído las condiciones del servicio porque nadie se las lee»

A raíz de un interesante hilo que publicó Borja Adsuara, Luis nos recomendó ToSDR (Terms of Service, Didn’t Read), una web que gestionan expertos que se leen los interminables textos legales de los diferentes servicios de internet para luego hacer un resumen breve de esas condiciones sobre las que todo el mundo pulsa «OK, acepto». Pero ese resumen está explicado como para niños de cuatro años: fácil, directo y en lenguaje comprensible. La idea surgió en 2011 en una reunión del Chaos Computer Club; el nombre proviene de la clásica abreviatura internetera TL;DR.

Class A to EDe este modo en la página de ToSDR pueden verse resumidos en cinco puntos –los más relevantes– las condiciones de servicios como Google, Amazon, Twitter y similares, acompañados de pulgares arriba (verdes) o abajo (marrones) o incluso aspas rojas que indican ¡peligro! Todo ello convenientemente resumido (clases «A» a «E») y coloreado de verde a rojo para saber rápidamente quiénes están del lado del usuario o del lado oscuro. También está disponible como extensión de Chrome.

Aunque todavía hay muchos servicios en gris (sin evaluar, curiosamente Facebook incluido) en el lado oscuro tenemos –un poco sorprendentemente– a Stack Overflow (que te hace seguimiento de todas las formas posibles, te obliga a indemnizar si hay problemas y a aceptar un arbitraje en caso de disputas) seguido de YouTube, Twitter y 500px. En el lado de los seres de luz está el buscador DuckDuckGo que no sólo no hace seguimiento de los usuarios sino que te avisa si cambian las condiciones legales (indicando la fecha), sus cookies ni siquiera te identifican y el pato es muy guapo. +1 para el pato.

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Por @Alvy — 29 de Agosto de 2019

El enemigo conoce el sistema / Marta Peirano / Debate

En esta economía de la atención y escándalos relacionados con la privacidad, la manipulación y las fake news en la que vivimos, un libro como El enemigo conoce el sistema (Debate, 2019) era sin duda necesario. En él Marta Peirano hace un repaso a la importante deriva tecnológica y social en las últimas décadas, remontándose a los inicios de la propia Internet y de la Web, repartiendo estopa a diestro y siniestro entre quienes la hay utilizado para fines truculentos, de manipulación y comercialización de lo más íntimo.

Naturalmente es difícil abarcar tanto en 300 páginas, pero el libro incluye bastantes notas para quien quiera investigar los diversos datos, noticias y afirmaciones de sus páginas. Muchos de los temas son ampliamente conocidos, otros no tanto, así que resulta tremendamente curioso verlos referenciados.

El libro comienza explicando las técnicas empleadas para crear adicción a los móviles y las apps, incluyendo el dark design y cómo han evolucionado los reclamos, premios y técnicas psicológicas al respecto. Te hace sentirte como un ratón de laboratorio, como cuando descubres los «trucos de los supermercados para que compres más». Luego está el repaso a las infraestructuras de Internet: cómo pudo surgir un proyecto casi idílico que derivó en estructuras propietarias tendientes al aislamiento, tanto a nivel de comunicaciones como de servicios. Estas estructuras facilitan la vigilancia a quienes las operan. Aquí se incluyen temas como Snowden, Assange y WikiLeaks.

Luego llegan los algoritmos y la influencia que tienen en la vida cotidiana: básicamente liberan de la «responsabilidad de decidir» a quienes los operan (por ejemplo, a quién se aprueba para un crédito y a quién no, quién recibe un transplante y quién no) y encierran a la gente en círculos sin fin, como los de los algoritmos de recomendaciones, quizá el más significativo el de YouTube. Las fórmulas más modernas de inteligencia artificial entran en este apartado, así como todo lo que está sucediendo en China con el llamado «crédito social».

También hay una sección dedicada a la revolución del software libre y el código abierto, a las luchas del copyright, el P2P (y las historias de Napster, The Pirate Bay y otros) e incluso los weblogs, las charlas TED y los nuevos ecosistemas mediáticos. Aparecen todas las figuras conocidas, desde Stallman a Linus, Jobs y Gates… y se le pega duro especialmente a Tim O’Reilly.

Finalmente se trata el negocio de la compraventa de datos personales, donde Facebook se lleva la palma por su forma de trabajar y sus desastres y donde Zuckerberg aparece como el auténtico Thanos de la red moderna. Aprovechando el escándalo de Cambridge Analytica se enlaza con los temas políticos más actuales, y aparecen Trump, Rusia, el Brexit y todo lo demás.

§

Como decía al principio el libro está muy bien porque es un repaso bastante completo –aunque necesariamente breve– de temas muy significativos. Se puede estar de acuerdo o no con algunos de los puntos de vista –en temas como el P2P, el consentimiento para usar o revender datos personales o si Cambridge Analytica era capaz de hacer todo lo que decía– pero las múltiples referencias ayudan a formarse una mejor opinión. A mí la política no me gusta ni interesa demasiado, pero me ha refrescado algunos temas que conocía sólo de pasada. La sensación que deja es la de una serie de escándalos interminables, algunos de los cuales serán más relevantes y otros menos. Tras leerlo puedes creerte que entidades oscuras y algoritmos «deciden quien gobierna» en varios países del mundo… o no: que al final de todo la gente va físicamente a votar y que aunque se haya engañado a algunos –y todos los políticos van a intentar hacerlo– la decisión que triunfa es la de la mayoría.

La sensación que deja es la de un relato completo de cómo «el enemigo» nos trata como conejillos manipulables mediante «el sistema». Personalmente, creo que no tanto como pueda parecer, pero esa es una opinión personal. A veces se trata de técnicas tan viejas como la humanidad misma: mentir, adquirir información por métodos cuestionables o hacer negocios sucios. Desde luego el libro es un excelente manual para reconocer todas esas técnicas. Está bien conocer en qué se basa ese «sistema» y qué parece estar resultado efectivo para estar prevenidos y evitarlo: desde las fake news a las apps que absorben la atención o a quién confirmar los datos personales y a quién no.

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