Logo Lainformacion.com
< Fotógrafos posando con sus imágenes más conocidas
Soundmachines recupera la «interfaz» del tocadiscos para producir músi >

Tecnología para conservar los recuerdos (y algo más)

Blue (CC) Melvin Schulbman @ Flickr}

Este artículo se publicó originalmente en Cooking Ideas, un blog de Vodafone donde colaboramos semanalmente con el objetivo de crear historias que «alimenten la mente de ideas».

El verano pasado murió el padre de la criónica a los 92 años y lo criopreservaron. Más concretamente, a 196°C bajo cero. Haciendo bueno aquello de «probar de su propia medicina» al buen hombre lo congelaron –y no como a Walt Disney– después de que un médico certificara su muerte cerebral. Si tienes 140.000 euros y vives en Estados Unidos, todo es posible – en España es un poco más complicado.

Tras extraerle la sangre y otros líquidos innecesarios e inyectarle un poco de anticongelante lo guardaron en una gran nevera en algún almacén rodeado de geeks –al parecer, grandes clientes de este tipo de servicios– a la espera de que dentro de décadas o siglos exista un método seguro de a) descongelarlo b) curar su enfermedad y c) hacer todo lo anterior conservando sus recuerdos y demás funciones vitales.

Quienes están a favor de la criónica cuentan con una ventaja en su planteamiento: apuestan a que en algún momento del futuro todo esto se pueda hacer. Razonan que, aunque ese futuro esté muy lejos, realmente da igual: si algún día se inventa la tecnología necesaria, será entonces cuando se descongele a la gente, no antes. Igual te despiertas en el 2050 que en el 5020 o en el 50020, a saber. Puedes haber estado en un «estado de letargo» durante unas pocas décadas o varios siglos, estilo El Dormilón. ¡Ah, qué de sorpresas puede haber a la vuelta!

Entre otras cuestiones divertidas sobre las que pensar está el hecho de que probablemente despiertes más solo que la una, dado que toda tu familia habrá fallecido décadas atrás, y seguramente no queden ni hijos ni nietos… ¿O sí? Tal vez todos ellos también se congelen, y la familia al completo se reúna como quien se va de vacaciones a Disneylandia, solo para ver cómo es el futuro – aunque sin billete de vuelta.

Si se quiere rizar el rizo, se le pueden dar más vueltas filosóficas al asunto. Es lo que me pasó al leer sobre esto, porque recordé el juego Staying Alive que publicó hace tiempo The Philosophers’ Magazine. Se puede probar online y aunque está en inglés es fácil de seguir; de hecho se puede completar el test en unos pocos minutos – aunque si se dedica más tiempo a «darle al coco» mucho mejor.

En el juego se plantean algunas preguntas de escenarios casi imposibles sobre los que hay que tomar decisiones. El objetivo es permanecer vivo a toda costa y eso incluye sobrevivir a una teletransportación, a un transplante de cuerpo, a diversas criopreservaciones, a que te copien el cerebro a un ordenador… como puede verse, todo vale. Es un interesante ejercicio filosófico y racional sobre las creencias personales respecto a qué es la mente, la conciencia, el alma y lo que nos hace humanos – junto con el papel que puede jugar la tecnología en todo esto. Curiosamente, algunos escenarios del juego se parecen a lo que sucede con la gente «criopreservada».

Se puede jugar a imaginar, por ejemplo, que no existe cura para alguien congelado excepto un transplante de órganos. Pero a lo mejor el resto del cuerpo está ya muy deteriorado, o las técnicas de criopreservación son muy toscas actualmente y la mayor parte de los órganos no sirven para nada en el futuro. Probablemente dentro de algunos siglos sea fácil transplantarle cualquier órgano, tal vez incluso perfectamente clonados y «criados en laboratorio», o reemplazarlos por soluciones artificiales. ¿Seguiría el hombre congelado siendo la misma persona si le transplantan la mayor parte de su cuerpo?

Muchos dirán que la clave está en el cerebro: que todo lo demás da igual mientras se conserven el cerebro, las neuronas y sus conexiones. ¿Se perderán los recuerdos durante la fase de congelación? Sería una decepción despertar sin recordar nada, siendo simplemente un cuerpo vacío o un «bebé grande». Pero, si no se pudieran preservar, ¿se podría copiar el cerebro al completo junto con las estructuras y señales que conforman los recuerdos a algún otro tipo de soporte físico?

La mayor parte de los científicos cree que aunque recibimos cantidades ingentes de información durante nuestra vida las procesamos bastante lentamente y las almacenamos de forma bastante tosca aunque eficiente, usando algoritmos sencillos y repetitivos. Carl Sagan calculaba en su día que las 100.000 millones de neuronas de nuestro cerebro pueden almacenar entre uno y 1.000 terabytes de información más o menos. Algunos creen que tal vez el doble o diez veces más; otros que es necesario mucho menos. Un terabyte es más o menos lo que hay hoy en día en los PC de muchas casas.

El caso es que esas magnitudes están ya al alcance de los ordenadores actuales: el Fujitsu K japonés almacena mucho más que eso y tiene cien veces más transistores que nuestra cabeza neuronas ¿Podríamos leer con un escáner de muy, muy, muy alta resolución el cerebro del hombre congelado y transferirlo al superordenador? No es tan fácil: siendo realistas no tenemos ni idea de cómo funcionan el cerebro, la conciencia y la mente en general, por lo que la comparación puede ser tan fútil como comparar Hamlet con 40.000 piezas de Scrabble… todas vocales, tal vez.

Eso sí –y aquí hay que dar un gran salto con la imaginación– si se pudiera replicar el cerebro en un ordenador, y ya no fuera necesario el componente «corpóreo», daría lugar a todo tipo de situaciones curiosas e interesantes: ¿Podría haber más de una copia funcionando? ¿Sabría o debería saber la réplica que no es un ente físico sino que es un programa de ordenador? ¿Qué pasaría si hubiera más copias e interactuaran entre ellas?

Mi versión favorita del asunto es esa en la que los científicos del futuro recuperan al hombre congelado por este sistema pero para hacerle más fácil la vida lo rodean de un mundo virtual adaptado a su propia época para evitarle el disgusto del salto generacional – tal vez en el futuro ya no hay árboles, ni playas, y viven bajo tierra, vete a saber. Dado que probablemente se podrían añadir o borrar detalles a los recuerdos fácilmente, eliminan de su cerebro esa sensación de artificialidad manteniéndole en la ignorancia. El hombre en realidad no sabe que está clínicamente muerto, ni que han pasado miles de años y que tan solo es un software corriendo en «la nube» de la época.

Lo más inquietante del asunto es que hay quien sostiene que ese argumento es el más simple y que menos contradicciones produce en base a lo que conocemos y que podría ser incluso el más plausible si uno rebobina todo lo que sabe sobre la realidad y comienza por el famoso Pienso, luego existo de Descartes. Su conclusión lógica sigue algo así como: «existo… y lo más probable es que existo dentro de una simulación y no existe nadie más en el universo».

Tal vez ahora mismo la mente reconstruida de ese personaje congelado esté aburrida creyendo que navega por la Internet de su era y leyendo artículos en un blog sobre ideas locas acerca de gente congelada que fue reconstruida como software muy avanzado en un futuro muy lejano… ¡Quién sabe!

{Foto: Blue (CC) Melvin Schulbman @ Flickr}