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Repasando las formas (tecnológicas) de que se acabe el mundo

Foto: ChemGlass (CC) NCImedia @ Flickr

Este artículo se publicó originalmente en Cooking Ideas, un blog de Vodafone donde colaboramos semanalmente con el objetivo de crear historias que «alimenten la mente de ideas».

Si el mundo se fuera a acabar la semana que viene, anda que iba a estar yo aquí currando para pagar la hipoteca.

Repasemos de entre las 20 formas oficiales de que se acabe el mundo planteadas por Discover hace ya algún tiempo, aquellas que tienen una componente tecnológica significativa:

  • Desastre biotecnológico. Esta es sorprendentemente una de las más plausibles de la lista, aunque también de las más difícil que más difícil causaría un Fin del mundo absolutamente completo y devastador – siquiera de la propia raza humana. Plagas desatadas, virus potencialmente letales y toda una diversa fauna de peligros causados por las manipulaciones genéticas suenan como algo dentro de lo posible. Lo complicado es que todo esto acabe con la gran variedad genética actual entre seres humanos: probablemente sobrevivirían muchos grupos aislados en diversas zonas, simplemente porque serían inmunes – igual que han sucedido con otras plagas de la historia. Más que el fin del mundo se trataría más bien de una especie de vuelta a la Edad Oscura.
  • Reacción en cadena en un acelerador de partículas. Mmm… ¡Alguien ha visto muchas películas de ciencia ficción! Curiosamente, el arranque del Gran Colisionador de Hadrones hace unos años causó un pánico e incluso alguna muerte por suicidio en algunos lugares remotos entre gente muy influenciable; la realidad es que los físicos coinciden en que los experimentos que allí se realizan no encierran un peligro potencial – desde luego no más que el de otros escenarios similares de la vida moderna que actualmente nos rodean, como una hipotética explosión en una central nuclear o un superpetrolero que vertiera su crudo en las aguas del océano.
  • Desastre nanotecnológico. Este Armagedón digital también suena muy de película e implica la creación de nanorobots o mecanismos microscópicos –probablemente autorreplicantes– que de alguna forma se descontrolan, pasando de unas personas a otras. Pero veamos: si un virus convencional con millones de años de evolución natural ya lo tiene complicado, qué decir de esos nano-robots que todavía deben estar en versión beta. El mayor miedo que podemos tener a las máquinas hoy en día es que se caigan Whatsapp o Gmail durante un par de horas – o que hundan la bolsa, la economía y las redes eléctricas. Visto así, incluso quizá volviéramos a tiempos mejores.
  • Los robots se adueñan del planeta. Reconozcámoslo: la lista de robots inquietantes es ciertamente extensa, y cada vez son más fuertes, más precisos y dan más repelús. Pero por otro lado, en algún momento los fabricaremos con las Leyes de la robótica de Asimov incorporadas y no supondrán un peligro. O sí. Porque hecha la Ley, hecha la trampa, y si tenemos robots militares, drones y todo tipo de artilugios para causar muerte y destrucción hasta el punto de que existe un libro titulado La gobernanza del comportamiento letal en los robots autónomos, es porque algo chungo puede suceder. Así que un futuro a lo Skynet no sería como para descartarlo – de hecho de haberlo para mi sería seguramente el más probable, aunque ciertamente no es algo que sucederá la semana que viene sino más bien hacia el siglo o el milenio que viene, si acaso.
  • Alguien se despierta... Y se da cuenta que todo es un sueño. ¡Eh, esto ya lo he vivido yo en Matrix! Veamos: como opción de fin de existencia, no es cien por cien descartable. Si bien no goza del beneplácito de la comunidad científica sino más bien del de los frikis de la ciencia ficción, hay quien defiende que teóricamente el universo entero podría ser una simulación y nosotros meros sims vagando por ella. Simplificándolo un poco: las matemáticas nos dicen que Windows no puede saber si está corriendo sobre un emulador en vez de sobre un PC real, y que sistemas y máquinas virtuales operativos pueden «engullirse» de forma indetectable los unos a los otros. Si el universo fuera una gran computadora, los átomos sus bits y todo estuviera encerrado en una gran simulación, la situación podría ser algo parecido. Habría píldoras rojas y píldoras azules y, quizá, dioses dormidos que como Alicia despiertan para darse cuenta de que todo había sido un sueño.

{Foto: ChemGlass (CC) NCImedia @ Flickr}