Por Nacho Palou — 12 de Junio de 2015

Se denomina el «efecto viaje de vuelta» y nos pasa un poco a todos: percibimos que un viaje o un recorrido de vuelta —a casa, por ejemplo— se hace más corto que el viaje o el recorrido inicial hecho hacia otro lugar, aunque la distancia e incluso el tiempo necesario para cubrirla sea la misma.

En LA Times, The trip back home often seems to go by faster — but why?,

En los últimos años los investigadores han sugerido que tiene que ver con la forma en que experimentamos y medimos el tiempo a medida que transcurre o que se debe a la forma en que recordamos los viajes una vez terminados. O que es debido, tal vez, a un poco por ambas cosas. Un equipo de investigadores japoneses ha dado a conocer los resultados del último estudio realizado al respecto. Su conclusión es que el efecto viaje de vuelta se produce al comparar el viaje de regreso con los recuerdos del viaje de ida.

De modo que básicamente en realidad no está claro el motivo, aunque los investigadores creen que el viaje de regreso puede parecer más corto porque la duración del viaje de ida no se mide por su duración real sino en base a los recuerdos que se tiene de aquel viaje, lo cual «depende de la percepción del tiempo que se tenga en la memoria», que puede diferir de la percepción del tiempo para el momento presente — algo parecido al efecto «recuerdos a cámara lenta» cuando uno sufre un percance, se cae o tiene un accidente de tráfico, por ejemplo.

Otra teoría al respecto se basa en la «violación de las expectaciones»,

Al iniciar un viaje a menudo las personas son excesivamente optimistas respecto a éste, lo cual produce que luego se haga más largo de lo esperado. En el viaje de regreso sucede lo contrario: recuerdan el viaje de ida y piensan en que todavía les queda un largo viaje de vuelta, lo cual produce que luego éste no parezca tan largo.

Como puedo ser cualquier cosa menos optimista esta teoría no es para mí, aunque en mi opinión encaja bastante.

(Viajes aparte, a pequeña escala, en recorridos dentro de una misma ciudad, por ejemplo, en ocasiones sí resulta que realmente —cronómetro en mano— un recorrido de ida es más rápido que el recorrido equivalente de vuelta, o viceversa, por ejemplo en la entrada y salida de ciudades que cuentan con túneles o desvíos para un sentido —de salida o de entrada a la ciudad— pero no para el otro. De froma parecida también hay vuelos comerciales que duran más o menos en un sentido que en otro.)

Probablemente cualquiera que haya experimentado el efecto viaje de vuelta tendrá su propia teoría al respecto. En mi caso siempre he considerado que tenía algo que ver con la diferencia que supone moverse desde un lugar que resulta conocido o familiar hacia otro que resulta menos familiar e incluso desconocido: si tengo que ir a un sitio que desconozco o que me resulta menos conocido no puedo prever qué viene a continuación y cuánto queda para llegar — además de que tengo que dedicar más recursos, más atención, a fijarme por dónde voy. Y desde luego no conozco ni los trucos ni los atajos.

En el camino de regreso, en cambio, una vez que uno está cerca de una zona que le resulta familiar la memoria involuntariamente anticipa el recorrido que viene a continuación —el famoso «ah, sí, por aquí ya salimos a la rotonda de la fuente y llegamos en un periquete»— y el recorrido pasa a hacerse en modo piloto automático, resultando más fácil y por tanto —creía yo— pareciendo más rápido.

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