He estado viendo estos días Bomba en el Pan Am 103 (2005), una miniserie de 6 episodios (ahora en Netflix) que relata el Atentado terrorista del vuelo 103 de Pan AM sucedido en los cielos de Lockerbie, Escocia, en 1988. Fue una especie de 11-S de la época y sigue siendo el mayor atentado de la historia del Reino Unido.
Los más viejos del lugar recordarán el caso, que además se desarrolló durante décadas. Un Boeing 747 de Pan American World Airways, que volaba de Londres al JFK de Nueva York estalló en pleno vuelo desintegrándose a 9.400 metros de altitud sobre Lockerbie. Sus restos quedaron esparcidos en 2.200 km² sobre la localidad, destruyendo también viviendas y llevándose 270 vidas: los 243 pasajeros, 16 tripulantes y 11 habitantes del pueblo que estaba bajo su ruta.
La serie narra toda la investigación de la policía Escocesa, la competente en el caso, para confirmar la causas del accidente y todo lo que sucedió después. Lo primero era saber si había sido un accidente o un atentado con explosivos. Esto último se confirmó tan pronto se pudo acceder a la caja negra del avión: las comunicaciones se cortaron sin previo aviso ni mayday, y los sonidos grabados indicaban que se había producido una súbita explosión.
La recreación de todas las técnicas usadas, que hay que recordar eran de hace 40 años, es por lo general bastante acertada, aunque lógicamente todo transcurre «muy rápido» y no con tanto detalle como fue en la realidad. También lo es la difícil coordinación entre todas las agencias y departamentos, porque aquí hubo cientos por no decir miles de policías y agentes implicados de un buen número de países, ¿por qué?
En el Pan Am 103 había pasajeros de muchas nacionalidades, incluyendo 158 estadounidenses, 31 británicos y más de 60 de otras nacionalidades; la compañía propietaria del avión también era americana. El FBI insistió en tomar una participación muy activa, junto con otras agencias (especialmente la CIA, la NSA y otros servicios de inteligencia internacionales). En este aspecto la serie tiene bastante de «película de espías» y el enfoque detectivesco, humano y de relaciones internacionales entre agencias es muy revelador.
Yendo a los tecnicismos, la serie no escatima en medios para mostrar algunos de los grandes avances forenses que se usaron, aunque nuevamente algunos de ellos se muestran simplificados. Se explica cómo se recogieron más de 4 millones de fragmentos para reconstruir el avión a partir de los restos en un hangar (lo cual duró años, aunque en la serie es menos). También cómo se clasificaron las maletas y equipajes y la difícil identificación de las víctimas. Era uno de los rompecabezas más complejos imaginables, para lo cual se usaban PCs con MS-DOS de la época (1988) y donde los registros de aerolíneas, gestión de los equipajes, tiendas y hoteles solían estar… en papel.
Para dar una idea de lo enrevesado del caso y su resolución baste decir que se descubrió que el explosivo iba en un contenedor de carga concreto de la bodega de equipajes por la deformación y restos de uno de los palés encontrados; por los restos químicos se supo qué maletas había allí y se dió con restos de la Samsonite marrón que llevaba la bomba. Ésta estaba oculta dentro de un radiocasete Toshiba Bombeat RT-SF16, que se identificó por unos restos de circuito impreso y por los trozos de hojas del manual y la caja. También se supo que era una bomba con activación barométrica (por altitud).
Pero surgió un problema que complicó más el asunto: esa maleta provenía de la escala anterior del avión, en Frankfurt, así que debería haberse activado automáticamente en el trayecto Frankfurt-Londres. ¿Por qué no lo hizo? Sencillamente, llevaba un temporizador que la activaba pasadas unas horas, tras salir de Londres si no había retrasos. De hecho la bomba había viajado desde Malta como «equipaje perdido» porque los terroristas pudieron colarla con una etiqueta falsa en los mostradores de facturación para que fuera despachada hasta el Pan Am 103 al llegar a Frankfurt. Así nadie tendría que viajar en el avión con la maleta, algo que las aerolíneas evitan a toda cosa.
Imaginar la complejidad sobre los sospechosos de esta investigación hace palidecer a cualquiera: localizar quién pudo preparar la bomba, llevarla a facturar al aeropuerto… sobre todo cuando aparecen tantos países implicados, de Alemania a Malta y hasta llegar a Libia, de donde procedían los terroristas. Esa historia se salda con la detención de los responsables, aunque sólo uno acabó condenado (20 años). El estado Libio de Gadaffi, cuyo servicio de inteligencia fue considerado responsable de orquestar el atentado (no sin controversia), acabó pagando 2.700 millones de dólares en compensación tras años de sanciones, prohibiciones de vuelos y embargos.
Pan Am se declaró en bancarrota en aquella época, sin compensar suficientemente a las víctimas por su negligencia. Tras Lockerbie, las aerolíneas y aeropuertos se vieron obligadas a mejorar los sistemas de seguridad, que es por lo que hoy todos los equipajes (tanto de bodega como de mano) pasan por rayos x y detectores de explosivos (EDS), no hay equipaje que viaje sin pasajero y se mejoraron los controles de facturación, equipajes en conexión, identificación mediante códigos de barras, identificación de pasaportes, entrevistas de seguridad y hasta los accesos restringidos a ciertas zonas de los aeropuertos. Luego el 11-S añadiría más y más controles todavía.
Dejando aparte que la investigación y la reconstrucción del avión son mucho más rápidas en la ficción de lo que fueron en la realidad, y que en general parece que muchas cosas se descubren «enseguida» y sin cuestionarse demasiado, me ha parecido una gran serie. Combina muy bien los tecnicismos de los procedimientos forenses de investigación con los meramente policíacos, en una tragedia con un lado humano muy bien interpretado por todo los actores y que le dota de credibilidad, haciéndola apta para todos los públicos.



