Por @Alvy — 17 de Octubre de 2020

IMDb

Este archivo inmenso, detallado y precioso sobre películas de cine y series de televisión que conocemos como IMDb, la sempiterna Internet Movie Database, nació tal y día como hoy hace 30 años. Su creador Col Needham arrancó el proyecto en el grupo rec.arts.movies de Usenet (la Web no existía todavía) y años después pasaría a cambiar a su nombre definitivo y su ubicación en la web. Miles de voluntarios ayudaron a rellenar sus contenidos por amor al arte.

Aquel archivo que originalmente sólo listaba películas se amplió para incluir series de televisión, datos de producción e incluso ha llegado a tener una versión de pago (IMDbPro) con el paso de los tiempos, muy apreciada por los profesionales del cine. Es poco conocido que Amazon adquirió el proyecto en 1998 por unos 55 millones de dólares, manteniéndola independiente.
A día de hoy sus datos son arrolladores:

  • 6,5 millones de títulos (incluyendo episodios)
  • 10,4 millones de personalidades
  • 83 millones de usuarios registrados

De sus secciones como Trivia (curiosidades) y Goofs (fallos) se han extraído contenidos para publicar innumerables hilos de Twitter. Prácticamente cualquier detalle relacionado con una película, su producción, efectos especiales, orígenes y anécdotas acaba figurando ahí.

¡Y que cumpla muchos más!

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Por @Wicho — 12 de Octubre de 2020

Álvaro de Meatball Studios ha actualizado su vídeo en el que muestra los tamaños de distintas naves de ciencia ficción a la misma escala para que podamos comparar. Es una actualización de uno que publicó a finales de 2015. Inlcuye naves de libros, películas, series y videojuegos.

Al principio incluye también algunas naves espaciales reales como un Falcon 9 con la Crew Dragon o la Estación Espacial Internacional (EEI) para poder comparar; luego… es que no hemos hecho nada más grande que la EEI. Aunque usa Nueva York como fondo para poder seguir comprando. Y en un momento dado también la Tierra y el Sol. Porque hay algunos artilugios realmente descomunales en la ciencia ficción.

Me ha servido para ver que estoy un tanto desactualizado porque hay algunas naves que ni me suenan remotamente. Pero me ha encantado que haya incluido a la Roci y la Donnager de The Expanse. Aunque echo de menos el Canterbury.

Remember the Cant!

(Gracias, Susana).

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Por @Wicho — 5 de Octubre de 2020

Otra vida, disponible en Netflix, es otra de esas series que mejor olvidar. O que ver por las risas pero sabiendo a lo que vas. Ojo que esta reseña contiene algunos espoileres.

La premisa es que en un futuro no muy lejano un día cualquiera un aparato alienígena sobrevuela los Estados Unidos antes de aterrizar y convertirse en una especie de torre compuesta por miles o millones de facetas cristalinas.

Como los esfuerzos por establecer comunicación con ella fracasan los Estados Unidos (Naciones Unidas para qué, vive la vida) deciden enviar la Salvare a Pi Canis Majoris, la estrella hacia la que la torre envía una señal de forma continua. Menos mal que la Salvare es capaz de viajar más rápido que la luz porque son 96 años luz. Al mando irá Niko Brekenridge, que sustituye a última hora a Ian Yerxa, quien iba a ser el comandante de la misión.

Mientras, de forma más bien poco sorprendente, el marido de Niko seguirá intentando comunicarse con la torre o lo que sea al tiempo que se encarga de Janna, la hija de ambos.

La premisa no es exactamente original, cierto. Pero aún así podía haberles salido una serie entretenida. De no ser porque da la impresión de que quienes escribieron los guiones se empeñaron en meter en ellos todos, absolutamente todos los temas recurrentes de las historias de ciencia ficción:

  • Motín a bordo (en la primera media hora o así de la serie).
  •  ¡Oh, dios mío, vamos a morir porque nos hemos perdido en el espacio! (tras haber «escoñao» la nave de forma estúpida)
  • ¡Oh, dios mío, vamos a morir porque la nave (por algún motivo) no tiene suministros suficientes para todos!
  • Descenso a la desesperada en un planeta desconocido en la que algunos miembros de la tripulación abren sus escafandras a lo loco porque, sabes, hay oxígeno. Pero eso es para despistar porque no les pasa nada mientras otro mete a bordo un virus altamente infeccioso y cabrón que, por supuesto, se adapta inmediatamente a la fisiología humana.
  • Miembro de la tripulación que muere porque algo le arranca parte de sus vísceras. Al menos es por la espalda y no por el estómago.
  • Miembro(s) de la tripulación que mueren heróicamente para salvar la nave y sus compañeros… porque en realidad la nave es un poco de Ali Express.
  • Alienígena que se hace con el control de un miembro de la tripulación. No, otro alienígena, no es el virus de hace un rato.
  • Periodista entrometida a la que básicamente odias pero que sirve para hacer avanzar la trama. Porque el marido de Niko y su equipo pues como que no avanzan.
  • Político extra-ambicioso que la lía parda.
  • Niña en peligro por culpa de los malvados alienígenas. Bueno, y del antedicho político.
  • Inteligencia artificial con mal de amores. Que es que encima de explotarla laboralmente la explotan sexualmente.

Etc, etc. Y para ello no tienen ningún empacho en crear agujeros del guión del tamaño de la distancia de la Tierra a Pi Canis Majoris (o más) o diálogos sin pies ni cabeza. Y del ¿desarrollo y profundidad? de los personajes, que por lo general se limita a poner cara de estreñimiento, o de su capacidad de tomar decisiones absolutamente absurdas mejor ni hablamos.

Ahora que habría dado algo por estar presente en el momento sujétame el cubata en el que alguien propuso la idea de que la tripulación de la Salvare en un momento dado estuviera drogada hasta las cejas y que para limpiar sus organismos de las toxinas… ¡qué mejor que convertir el comedor de la nave en una discoteca!

Soy muy fan también del momento en el que Niko y Cas se encuentran con una inteligencia artificial alienígena (no, no es la que tiene mal de amores) y tras haber vivido en sus propias carnes como un Achaia –que son los malos– intenta precipitar la Salvare dentro de un agujero negro aún le pregunta si los Achaia son mala gente. Eh, ¡que, por si no te habías dado cuenta, acaban de intentar enviar tu nave a un puto agujero negro!

En fin, que soy muy fan de la ciencia ficción de serie B –muchas grandes ideas surgieron de ahí– pero Otra vida es de serie Z y gracias. Es a la ciencia ficción lo que las películas alemanas de después de comer de los fines de semana al cine en general. Lo malo es que sé que veré la segunda temporada cuando salga por el morbo de ver cuanto más pueden cagarla.

¡Para lo que ha quedado la teniente «Starbuck»!

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Por @Wicho — 28 de Septiembre de 2020

...ya sean el incendio del Apollo, la pérdida del Challenger, la pérdida del Columbia, o durante los cien años de vuelo que llevamos, las lecciones que hemos aprendido los que volamos ahora están escritas con la sangre de otras personas.

- Mike Griffin,
director de la NASA de 2005 a 2009

Me he visto la docuserie El último vuelo del Challenger de Netflix. Como cuenta hechos reales se deja ver. Pero creo que la NASA sale demasiado de rositas.

El 28 de enero de 1986 el transbordador espacial Challenger despegaba de la plataforma 39B del Centro Espacial Kennedy en la misión STS-51L. Era la misión número 25 de la flota de transbordadores espaciales. Así que habría pasado bastante desapercibida de no ser porque a bordo iba Christa McAuliffe, la que iba a convertirse en la primera profesora en el espacio. Y de no ser porque a los 73 segundos de vuelo el Challenger se desintegró tras el fallo de uno de sus propulsores de combustible sólido. Murieron sus siete tripulantes; fue la primera vez que la NASA perdió a alguien durante una misión.

El Challenger desintegrándose – NASA
El Challenger desintegrándose – NASA

Esta serie de cuatro capítulos cuenta la historia de esa misión y habla tanto de las siete personas que componían la tripulación –aunque con especial énfasis en Christa McAuliffe– como del proceso que llevó a tomar la decisión de lanzar. Aún a pesar de que algunos ingenieros de Morton Thiokol, la empresa que fabricaba los propulsores de combustible sólido, habían recomendado posponer el lanzamiento.

Para ello recurre a entrevistas con familiares de la tripulación y diversos empleados de la NASA y Morton Thiokol, así como algunos periodistas que en la época cubrieron el asunto. También participa el entonces general Donald J. Kutyna, miembro de la comisión que investigó el accidente.

Pero para mí se centran demasiado en la parte de quienes formaban la tripulación. Y muy poco en la causa del desastre y en cómo los responsables de la NASA, presionados a su vez por el gobierno, decidieron hacer la vista gorda una y otra vez con los problemas de los propulsores de combustible sólido con la idea de mantener una cadencia de lanzamientos imposible. Apenas 30 minutos del último capítulo se centran en eso y en la investigación posterior al accidente.

Y es que hacía años que algunos ingenieros de Morton Thiokol tenían el convencimiento de que el frío afectaba seriamente el funcionamiento de las juntas tóricas que sellaban las uniones entre secciones de los propulsores. Y de que sólo era una cuestión de tiempo que se produjera un accidente catastrófico. Pero ni tuvieron fácil hacer las pruebas necesarias ni cuando, la noche anterior al lanzamiento, se plantaron diciendo que no recomendaban el lanzamiento, les hicieron caso.

Aún así es una serie interesante para cualquiera con un mínimo de espaciotrastorno, aunque sólo sea porque incluye material inédito en algunos casos y muy poco visto en otros.

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