Por @Wicho — 6 de Julio de 2015

Picnic extraterrestre por Arkady y Boris Strugatsky

5 estrellas: corto, entretenido, y para pensar Picnic extraterrestre. Arkady y Boris Strugatsky. Ediciones Gigamesh, 192 páginas.

Un buen día unos extraterrestres llegan a la Tierra.

Pero, lejos de intentar comunicarse con la humanidad o de tan siquiera invadir el planeta a las pocas horas se van como han venido.

Sólo que las seis Zonas de nuestro planeta en las que estuvieron nunca volverán a ser las mismas.

Algunas personas en las zonas afectadas sufren de una especie de ceguera nocturna por culpa de un ruido que se oyó durante la Visita; otras fallecen víctimas de una plaga; otras más, aunque aparentemente sanas, se llevan con ellas todo tipo de calamidades si se mudan a otras zonas, provocando aumentos en las tasas de accidentes y de desastres naturales.

Las zonas en sí quedan llenas de fenómenos inexplicables como por ejemplo lugares en los que la gravedad es intensísima y otros en los que el tiempo parece no pasar, por citar un par de ejemplos.

Además, los Visitantes dejan detrás multitud de objetos y sustancias. Algunos tienen propiedades desconocidas; otros resultan ser directamente mortales; unos pocos parecen ser útiles...

Redrick «Red» Schuhart trabaja como explorador en la sede de Harmont del Instituto Internacional de Culturas Extraterrestres, que investiga las Zonas.

Su misión es llevar a los científicos del Instituto en expediciones a la Zona en búsqueda de artefactos o para estudiar los fenómenos que allí suceden.

Pero Red es un merodeador, un stalker, y algunas noches entra en la Zona de forma ilegal, jugándose la vida tanto por lo que se puede encontrar allí como porque las patrullas que vigilan el límite de la Zona están autorizadas a disparar primero y preguntar después.

Su objetivo es sacar objetos de contrabando de la Zona y venderlos al mejor postor.

La novela sigue su vida a lo largo de ocho años mientras vemos como su actitud respecto a la Zona va cambiando.

Al principio, aunque usa sus incursiones nocturnas para hacer dinero, tiene interés en ayudar a desentrañar los misterios de las Zonas por el bien que ello pueda suponer.

Pero con el tiempo, afectado por la muerte de un compañero del Instituto, y por la evolución de su propia hija, una mutante a causa de los efectos de la Zona en Red, que va cambiando hasta, quizás, dejar de ser humana, Red se va volviendo cada vez más cínico y se va alcoholizando...

Hasta que emprende una última expedición a la Zona que puede volverlo inmensamente rico o cambiarlo para siempre.

Esta es probablemente la más popular de las novelas de los hermanos Strugatsky, y por fin está disponible en una traducción directa del ruso al español en su versión íntegra, lo que es una magnífica excusa para leer esta joya de la ciencia ficción soviética.

Que como siempre pasa con la buena ciencia ficción hace pensar además de pasar un buen rato, pues no trata sólo de las aventuras de Red, sino que los autores la usan para preguntarse cómo reaccionaría la humanidad ante un hecho como la visita, ante un primer contacto, en especial mediante un interesante diálogo entre dos de los personajes acerca de las intenciones de los Visitantes, si es que tenían alguna de cara a nosotros.

¿Somos lo suficientemente inteligentes como para poder comunicarnos con una inteligencia alienígena? ¿O somos más bien unas criaturas irrelevantes para ellos, como lo podrían ser los insectos y animales que viven al borde de una carretera para los ocupantes de un autobús que parara un rato a hacer un picnic, dejando detrás sólo los restos de esa parada? ¿Es el que los Visitantes dejaran detrás todos esos artefactos, sustancias y fenómenos una forma de invasión?

Un picnic. Imagine un bosque, una carretera secundiaria, un prado. Unos coches abandonan la carrtera y aparcan en el prado, un grupo de jóvenes salen con botellas, cestas con comida, radios de transistores, y cámaras. Hacen hogueras, montan tiendas, ponen música. Por la mañana se van. Los animales, pájaros e insectos que observaban horrorizados durante la larga noche salen poco a poco de los sitios en los que se ocultaban. ¿Y qué ven? Bujías y filtros viejos tirados por doquier... Trapos, bombillas fundidas, una llave ajustable olvidados... Y por supuesto el desorden habitual - restos de manzanas, envoltorios de caramelos, los restos calcinados de la hoguera, latas, botellas, el pañuelo de alguien, la navaja de bolsillo de alguien, periódicos rotos, monedas, flores marchitas traídas de otro prado...
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