Por @Wicho — 8 de Agosto de 2020

Memorial de la Paz de Hiroshima – U.S. Air Force/Airman 1st Class Elizabeth Baker
Memorial de la Paz de Hiroshima – U.S. Air Force/Airman 1st Class Elizabeth Baker

El 6 y el 9 de agosto de 1945 las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki se convertían en las primeras –y, afortunadamente, las últimas– ciudades en sufrir los efectos de un bombardeo nuclear.

Se calcula que Little Boy destruyó un 70% de los edificios de Hiroshima y causó entre 90.000 y 140.000 muertes de forma directa. Fat Man, por su parte, destruyó aproximadamente un 40% de los edificios de Nagasaki y causó la muerte directa de entre 39.000 y 80.000 personas.

El presidente Truman decidió usar las bombas atómicas para romper el espíritu de resistencia de Japón, que aunque tenía la guerra perdida previsiblemente iba a resistir con uñas y dientes la invasión terrestre que preparaban los Aliados. En ese sentido se salió con la suya. Pero también se puede leer su decisión como una demostración de fuerza porque en aquel momento sólo los Estados Unidos contaban con armas nucleares.

En cualquier caso desde entonces hemos hecho más de 2.000 detonaciones de armas nucleares en nuestro planeta, ya sea sobre la superficie, bajo ella, o incluso en el espacio. Y los Estados Unidos, junto con Rusia –y no son los únicos países que las tienen– acumulan armas nucleares más que suficientes como para acabar con nuestra civilización. Varias veces.

Con motivo del 75º aniversario de los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki la Universidad de Texas ha editado Flash of Light, Wall of Fire, un libro que contiene imágenes tomadas a ras de suelo en ambas ciudades en los días posteriores a las explosiones.

La idea es recordarnos lo que significaron –lo que se ve en ese libro dista mucho de los hongos nucleares que normalmente asociamos con esas explosiones– para que no volvamos a cometer nunca una estupidez como aquella.

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Por @Wicho — 15 de Julio de 2020

Kobo Nia – RakutenDesde hace unas horas está a la venta el Kobo Nia, el nuevo lector de ebooks de Rakuten que se sitúa como modelo de entrada en la gama. Esta es nuestra reseña tras haberlo probado durante unas semanas gracias a una unidad que nos prestaron para analizar.

Empezando por la parte física mide 112,4×159,3×9,2 milímetros y pesa 172 gramos. Está disponible en cualquier color que quieras siempre que sea negro. Aunque hay disponible una funda de 19,99 € que sí está en tres colores: aguamarina, limón y negro. El Nia se introduce en ella por una abertura que hay en la parte interior del lomo. La tapa de la funda sirve para activarlo y ponerlo en reposo.

No tiene ningún tipo de proteción IPX, así que hay que ser precavido a la hora de llevarlo a la playa, a la piscina, o a sitios en los que se pueda salpicar o mancharse.

Pantalla

Tiene una pantalla táctil E Ink Carta de 6 pulgadas en escala de gris con una resolución de 1024×758 pixeles, lo que equivale a 212 puntos por pulgada. Si lo miras muy de cerca quizás puedas apreciar la diferencia de resolución con otros lectores que andan por los 300. Pero a la distancia a la que en realidad lo vas a manejar esta diferencia es inapreciable. La pantalla queda como un par de milímetros por debajo del frontal del Nia.

La pantalla, además, tiene luz. La proporcionan cinco ledes en la parte inferior. Y aunque se nota un poco dónde están –se nota más o menos según el nivel de brillo de la pantalla– tampoco resulta molesto. Eso sí, el brillo hay que ajustarlo a mano; recuerda que estamos hablando de un modelo de entrada. Pero se puede hace deslizando un dedo hacia arriba o hacia abajo por la parte izquierda de la pantalla para subir lo o bajarlo, un gesto muy cómodo y que hace no echar de menos el sensor de luz ambiente. De hecho yo suelo tenerlo desactivado cuando uso un lector que lo tiene para evitar que cambien el brillo inopinadamente.

La luz es de un tono blanco–azulado estándar en este tipo de pantallas y no se puede ajustar la calidez, que personalmente es una cosa a la que estoy ya muy acostumbrado con los lectores de libros electrónicos. Pero, de nuevo, hablamos de un modelo de entrada.

El contenido de la pantalla se puede girar de 90 en 90 grados. Pero, de nuevo, hay que hacerlo a mano.

Al pasar página o, sobre todo, al resaltar un texto para ver el significado de una palabra, marcar un subrayado o escribir una nota se nota la imagen fantasma que deja el texto anterior. En lo que se refiere al paso de página se puede ajustar la frecuencia con la que el Nia refresca la pantalla, así que puedes trastearlo un poco a tu gusto; en lo de abrir los menús contextuales ya no se puede hacer nada. Es justo decir, en cualquier caso, que esto no es específico del Nia sino que es algo que pasa en mayor o menor medida con todas las pantallas de tinta electrónica.

Manejo

Como ya es de rigor en cualquier lector de libros electrónico actual la pantalla es el interfaz de manejo del Nia. De hecho sólo tiene un botón en la parte inferior, el que sirve para encender y apagar o poner en reposo y despertar el dispositivo.

Se pasa página tocando la pantalla en el lado derecho o arrastrando hacia la izquierda; se retrocede tocando el lado izquierdo de la pantalla o arrastrando hacia la derecha. Son gestos a los que estamos acostumbrados y que funcionan pero personalmente echo de menos unos botones físicos para pasar y retroceder página.

Durante la lectura se accede a los menús tocando el centro de la pantalla. Eso hace aparecer una barra de menús con accesos directos a los más frecuentes desde la que también se puede volver al menú principal. Están organizados de una manera lo suficientemente sencilla como para no necesitar leer el manual.

Eso sí, he notado una pronunciada falta de precisión en la pantalla cuando la usas con una sola mano. Me explico. Soy diestro, y a veces, mientras sujetaba el Nia con la mano izquierda, tecleaba cosas o intentaba pulsar botones sólo con el índice de la mano derecha. Pero cuando estos botones –o letras del teclado– están muy cerca del borde izquierdo de la pantalla el Nia detectaba la pulsación más a la derecha de dónde estaba tocando.

Así, por ejemplo, el Nia interpretaba que quería escribir una ese cuando acababa de pulsar la a en el teclado virtual. También me resultaba prácticamente imposible que subiera o bajara el brillo si deslizaba el índice derecho hacia arriba o hacia a bajo. Puestos a ver qué pasaba hice las pruebas oportunas usando el índice izquierdo y pasa lo mismo, aunque en este caso el desplazamiento es a la izquierda.

No encontré este problema al usar los dedos de las dos manos para tocar el lado correspondiente con cada uno de ellas.

Otra cosa que he notado es una cierta lentitud en ciertas operaciones, en especial a la hora de teclear, ya fueran notas en los libros o nombres de usuario y contraseñas al configurar el dispositivo. Está claro que el procesador va un poco justo. Pero afortunadamente pasar o retroceder páginas al leer es prácticamente instantáneo.

Llenándolo

Hablando de leer, el Nia tiene 8 GB de almacenamiento, lo que según Rakuten permite almacenar unos 6.000 libros. Aunque creo que nadie que no tenga una especie de Diógenes digital va a llenarlo nunca.

En cualquier caso se puede conectar a un ordenador mediante el conector USB micro para gestionar el contenido simplemente arrastrando al Nia los arvhicos o mandándolos a la papelera. Soporta EPUB, EPUB3, FlePub, PDF, MOBI, JPEG, GIF, PNG, BMP, TIFF, TXT, HTML, RTF, CBZ y CBR. Se pueden organizar en carpetas dentro del directorio raíz del dispositivo, carpetas que el Nia ignorará alegremente para mostrarlos ordenados por título, autor, serie o colección.

Las series las detecta si el libro incluye información de que pertenece a una y la posición que ocupa en ella. Las colecciones las puede definir el usuario pero –y es un gran pero– sólo sirven para meter en ellas libros adquiridos a través de una cuenta Kobo. Estas series se sincronizan entre dispositivos y aplicaciones de lectura, que están disponibles para Android, iOS, mac OS y Windows. Pare ello el Nia soporta Wi-Fi 802.11 b/g/n.

Igual que no se pueden añadir a las colecciones los libros introducidos en local en el dispositivo no se sincronizan con la cuenta en la nube.

Kobo Nia en la funda limón – Rakuten
Kobo Nia en la funda limón – Rakuten

El Nia soporta 12 tipos de letra distintos de los que se puede ajustar el tamaño y el grosor y nitidez. También se puede ajustar el espacio entre líneas, el margen que queda a cada lado, y escoger entre alineación a la izquierda o texto justificado.

Igual que sucede con otros lectores Kobo que he probado es posibl asociar un Nia a una cuenta de Pocket, con lo que puedes tener todas tus lecturas «guardadas para luego» en é, lo cual es un puntazo a su favor.

También se puede asociar a una cuenta de Adobe Digital Editions.

Así que por falta de material de lectura no va a ser. Siempre que lo mantengas cargado. Que aunque la versión oficial es que una carga de la batería dura semanas en realidad más bien lo tendrás que cargar una vez a la semana dependiendo de cuánto leas cada día y del nivel de brillo de la pantalla y de lo que tires de la Wi-Fi.

La pregunta del millón (o de los 30 euros)

El Kobo Nia cuesta 99,99 €. El Clara HD 129,99. Esos 30 euros extra proporcionan, entre otras cosas, una luz de pantalla con color de temperatura ajustable y una pantalla de 300 puntos por pulgada de resolución.

Personalmente, creo que la diferencia de precio es demasiado pequeña y me iría a por el Clara HD. Aún a pesar de el Nia me parece un lector más que utilizable si no estás atado al ecosistema de Amazon, que, para qué engañarnos, es el grandullón de este mercado.

Creo que tendría que costar diez euros menos para poder recomendarlo sin duda y para que hubiera una diferenciación más clara entre ambos.

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Por @Alvy — 26 de Junio de 2020

Art of Atari

Me topé con Art of Atari, que es uno de esos libros con pintaza, tapa dura, tamaño grande (~A4) y nada menos que 352 páginas llenas de fantásticas ilustraciones sobre los legendarios juegos de la mítica compañía. Ha ido directo a la Lista de deseos, como manda el frikismo por estas cosas retro.

El libro tiene un poco de todo, tanto fotos e ilustraciones de las máquinas recreativas y videoconsolas de Atari como especialmente de los diseños artísticos que acompañaban a los juegos en cajas, manuales y cartuchos. Si además tiene un olorcillo a Ready Player One es porque tiene un prólogo de Ernest Cline, el autor de la novela luego convertida en taquillera película de Spielberg.

Art of Atari


Recordemos que los 70 y los 80 eran una era de primitivos microordenadores familiares y consolas que más bien eran tartanas, en las que el poder lo tenía el pixel gordo y la falta de paletas de colores. De modo que había que estudiar las cajas y manuales minuciosamente porque los gráficos del juego en sí podían resultar un tanto decepcionantes.

A modo de ejemplo, véanse las «ilustraciones artísticas» de arriba frente a la dura realidad de Asteroides en la Atari 2600:

Art of Atari

Si amiguitos, esto era así, sin paños calientes… ¡Imaginación al poder!

(Vía Dynamite, donde pueden verse más páginas del interior.)

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Por @Wicho — 22 de Junio de 2020

El mapa fantasma por Steven JohnsonEl mapa fantasma. Por Steven Johnson. Traducción de Cristina Mbarichi Lumu. Editorial Capitán Swing 2020. 15,57€ (papel). 8,54€ (mobi). 270 páginas.

A principios de septiembre de 1854 un brote de cólera empezó a matar a decenas y decenas de personas en Londres. Las autoridades no tenían ni idea de cómo frenar la enfermedad porque no sabían qué la producía. Y lo que creían que la producía no tenía nada que ver. Sin embargo un médico llamado John Snow –no, en serio– en este caso sí estaba convencido de saber algo: que el cólera se transmitía a través del agua, aunque no sabía cómo. Las autoridades, desesperadas, terminaron por hacerle caso aunque no estaban muy convencidas de lo que estaban haciendo. Sería la colaboración del párroco Henry Whitehead, quien en principio se oponía a la teoría de Snow, la que al final permitiera demostrar que tenía razón. El mapa que elaboró Snow para fundamentar su teoría y el trabajo que hicieron ambos para recopilar los datos que muestra cambiarían nuestras ciudades y la ciencia. Su historia queda recogida en este libro.

Hoy sabemos que el cólera lo produce una bacteria llamada Vibrio cholerae (Pacini, 1854). Cuando es ingerida se instala en el intestino delgado y en algunos casos produce una fortísima diarrea. Si no es tratada esta diarrea puede llevar a la muerte de la persona infectada por deshidratación. Pero afortunadamente el tratamiento es sencillo: consiste en mantener hidratada a la persona infectada hasta que por fin expulsa la bacteria y se van los síntomas.

Sin embargo en el Londres victoriano nadie sabía qué causaba la enfermedad. Ni cómo tratarla. Y eso a pesar de que en 1854, justo el año en el que se produjo el brote del que habla este libro, el médico italiano Filippo Pacini aisló el bacilo; de ahí su nombre actual. Pero su descubrimiento pasó desapercibido porque el «conocimiento científico» de la época achacaba el cólera a los miasmas.

La teoría miasmática de la enfermedad defiende que los miasmas, el conjunto de emanaciones fétidas de suelos y aguas impuras, eran la causa de enfermedad. Y en el Londres victoriano era fácil creer eso porque la ciudad, especialmente en verano, hedía. Millones de personas, vacas, caballos y otros animales hacinadas en una superficie reducida y sin un sistema de alcantarillado hacían inevitable que así fuera.

Sin embargo John Snow, que había conseguido hacer de la anestesia un procedimiento fiable en lugar de la especie de ruleta rusa que era al principio de su utilización, no creía que los miasmas fueran causantes del cólera.

Años y años de estudio de brotes anteriores le habían llevado al convencimiento de que se transmitía por el agua, aunque no sabía de qué forma. Sus análisis le habían permitido incluso ver que no todas las aguas eran iguales y que muchas veces la enfermedad atacaba duramente un edificio y pasaba de largo por el de al lado dependiendo de la compañía que les suministrara agua o de la fuente en la que la cogieran las personas que vivían en el edificio.

Esto chocaba directamente con la teoría de los miasmas, que debían afectar por igual a todas las personas de edificios colindantes al estar expuestos a los mismos malos olores. Claro que los defensores de que los miasmas causaban el cólera –prácticamente todo el mundo– decían que eso tenía además que ver con una cierta predisposición interna de las personas a sufrir enfermedades. Afirmación que tampoco tenía mucho sentido porque el cólera afectaba por igual a personas de todas las clases sociales.

La fuente de Broad Street en una ilustración de la épocaSin embargo cuando se dio el brote de 1854 Snow estuvo visitando la zona infectada –haciendo trabajo de campo, que diríamos ahora– y fue capaz de determinar que las personas contagiadas bebían del agua de la fuente de Broad Street.

A pesar de sus datos y observaciones tampoco es que le hicieran mucho caso. Pero la junta local, desesperada por intentar atajar el brote, finalmente accedió a retirar la manivela que hacía funcionar la fuente en cuestión. Y automáticamente los casos empezaron a descender hasta que el brote se extinguió.

Pero aún así los miasmáticos seguían tomándose a chufla a Snow y su teoría de la transmisión a través del agua –hay que recordar que aún faltaba una década para que Pasteur demostrara la transmisión microbiana de las enfermedades–.

Fue la inesperada colaboración del párroco Henry Whitehead quien por fin ayudó a dotar de una solidez irrefutabe a la teoría de Snow. Y eso que el párroco, al principio, no estaba de acuerdo con ella. Sin embargo no se dejó llevar por las ideas preconcebidas y poco a poco fue viendo la validez de lo que decía Snow. Además, al ser el párroco de la zona, su proximidad con las personas que vivían allí les permitió finalmente dar con el caso índice que había provocado el brote. Esto llevó a una nueva inspección de la fuente y al descubrimiento de que se filtraban en ella aguas fecales que, efectivamente, habían permitido al Vibrio cholerae (Pacini, 1854), hacer de las suyas.

Una de las principales piezas en las que se apoyaron Snow y Whitehead para explicar sus descubrimientos fue un mapa que fue elaborando el primero en el que marcaba las muertes en cada edificio. Claramente se centraban alrededor de la fuente de Broad Sreet. Y más aún si, como hizo en una segunda versión del mapa, se marcaba la zona en la que caían las casas a las que les quedaba más cerca esa fuente que otras; una especie de mapa de Voronoi en el que no midió las distancias en línea recta sino que tuvo en cuenta los callejones y desvíos que había que tomar para llegara a la fuente.

El mapa de John Snow en su versión de diciembre de 1854 – vía UCLA
El mapa de John Snow en su versión de diciembre de 1854 – vía UCLA

Snow y Whitehead no sólo consiguieron poner a las autoridades en la pista de la causa del cólera, aunque tardaron varios años en darle –póstumamente– el reconocimiento que merecía sino que además influyeron radicalmente en la forma en la que se planifican nuestras ciudades. Y a la construcción de un sistema de alcantarillado en Londres para empezar. Y en la forma en la que se hace la ciencia, recogiendo datos y observaciones, y siguiendo lo que estos dicen, no ideas preconcebidas de cómo tienen que ser las cosas.

Steven Johnson cuenta esta historia an algo menos de 300 páginas de una forma magistral, casi como en una novela de detectives en la que los protagonistas poco a poco se van haciendo con las pruebas que necesitan; se lee casi de un tirón.

Además el libro es de 2006, así que es anterior a la pandemia de COVID–19 que ha cambiado nuestro mundo en formas que probablemente aún no imaginamos. Con lo que resulta cuando menos estremecedor leer el capítulo final en el que habla de la posible aparición de un patógeno capaz de causar una pandemia como la que estamos viviendo.

Como es habitual arriba queda enlazada con nuestro código de asociado la página de Amazon en la que podéis adquirir el libro. Pero también podéis hacerlo en vuestra librería favorita habitual ahora que están abiertas de nuevo. A nosotros la editorial nos ha hecho llegar un ejemplar.

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