Hay una fotografía de 1903 que resume una bonita historia: Mabel Hubbard Bell de pie dentro del esqueleto de una cometa tetraédrica mientras Alexander Graham Bell se inclina hacia ella para besarla. Bell tenía entonces 56 años y su nombre llevaba décadas asociado a la invención del teléfono. Pero lo cierto es que dedicaba una cantidad sorprendente de su tiempo a algo bastante distinto: construir cometas como esa, cada vez mayores, con el objetivo de fabricar una máquina más pesada que el aire que volase de forma estable. Como diría aquel conocido expresidente, «las cometas no eran un pasatiempo menor»; eran su laboratorio aeronáutico.
La presencia de Mabel en esa foto tiene además otra curiosa historia detrás. Resulta que, cuando era niña, se quedó sorda a los cinco años tras infectarse de escarlatina. Aprendió a hablar y a leer los labios, siendo alumna en 1873 de Bell, que llevaba años dedicado a la enseñanza entre personas sordas. Se enamoraron y se comprometieron en 1875, casándose en 1877. Hasta hay una antigua película bastante decente, The Story of Alexander Graham Bell (1939), que cuenta su historia.
No es coincidencia que el padre de Mabel, Gardiner G. Hubbard fuera uno de quienes financiaron los experimentos de Bell sobre telefonía. La relación entre Bell, el sonido y la sordera fue tanto profesional como personal durante buena parte de su vida. ¿Puede haber algo más romántico que alguien inventando un aparato para hablar mientras convive a diario con su amada mujer sorda? Mabel, por desgracia, no pudo escuchar nunca la voz de Alexander Graham Bell, como aquella grabación de 1885 que hizo en uno de los discos experimentales de su Laboratorio Volta.
Del teléfono a los proyectos aeronáuticos
Fue en la década de 1890 cuando Alexander Graham Bell empezó a tomarse en serio el problema de crear un ingenio volador. Probó hélices, estructuras y cometas de muchas formas hasta quedarse con una solución que le fascinaba: el tetraedro, una pirámide triangular formada por cuatro caras. La gracia era que se podían unir pequeñas células tetraédricas para crear estructuras mucho mayores (la galería de fotografías de aquella época es preciosa) manteniendo una buena relación entre rigidez y peso, pues sabía que el factor superficie/peso era clave para poder volar. Era como un Lego aeronáutico, pero con más riesgo laboral para quien lo probara.
En 1898 comenzó sus experimentos con esas cometas y en junio de 1903 publicó en National Geographic The Tetrahedral Principle in Kite Structure, un artículo ilustrado con decenas de diseños y fotografías.
Bell fue aumentando el tamaño de sus inventos hasta crear máquinas que parecían salidas de la ciencia ficción victoriana. La culminación fue la Cygnet I, que contaba con 3.393 células tetraédricas y unos 184 m² de superficie de seda.
El 6 de diciembre de 1907 la remolcaron con un vapor por las aguas de Baddeck, en Nueva Escocia (Canadá), con el teniente Thomas Selfridge tumbado en una abertura central. La cometa ascendió hasta unos 51 metros y permaneció más de siete minutos en el aire. Funcionó. Pero el aterrizaje fue algo menos glorioso: al tocar el agua no soltaron a tiempo el cable de remolque y la gigantesca estructura quedó destrozada. Selfridge salió ileso, aunque irónicamente moriría un año después en otro accidente mientras observaba un vuelo de los hermanos Wright. Se considera que es la primera víctima de un accidente de avión con motor de la historia.
Ingenieros, experimentos y más allá
En este punto, Mabel volvió a entrar en la historia. Cuando Bell, ya con 60 años, quiso pasar de las cometas a los aeroplanos, fue ella quien impulsó y financió la Aerial Experiment Association. Mabel ayudó a reunir a los jóvenes ingenieros que Bell necesitaba para continuar sus experimentos. La asociación construyó cuatro prototipos de avión, aunque la metodología de pruebas de la época incluía una cantidad considerable de «a ver qué pasa».
En el año 1909 culminaron con el modelo llamado Silver Dart, que pilotado por McCurdy, realizó en Baddeck el primer vuelo controlado y propulsado de un avión en Canadá. Lo que había comenzado con cuerda, seda y tetraedros había terminado produciendo un avión de verdad, seis años después de que los Hermanos Wright volaran el Wright Flyer en Kitty Hawk.
La fotografía de Alexander y Mabel Bell de 1903 reúne mejor que ninguna ambos mundos: Mabel, que no podía oír un teléfono, dentro de una figura geométrica voladora; Bell, al otro lado, observando una de sus creaciones. Cuatro años después, una versión gigantesca de aquella misma idea se alzaría sobre las aguas y, poco después, conseguiría finalmente volar a motor.
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Fotos: Mabel y Alexander G. Bell (DP) Librería del congreso de los Estados Unidos; Bell y sus ayudantes observando una cometa tetraédrica, 1908 / Librería del congreso de los Estados Unidos; McCurdy, de la AEA (DP) Archivos de la Ciudad de Toronto, Canadá.
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