Tenía por ahí guardada esta nota acerca de unos minúsculos drones que vuelan gracias al sonido, sin motores, baterías ni electrónica. Los han desarrollado en la EPFL (Escuela Politécnica Federal de Lausana). El truco consiste en aprovechar la resonancia de Helmholtz, el mismo fenómeno que hace que una botella emita un sonido cuando soplamos por su abertura.
Los investigadores de uno de los laboratorios de la escuela, llamado Microbs, diseñaron unas diminutas cavidades huecas que, al recibir ondas sonoras de determinadas frecuencias, hacen oscilar el aire de su interior. El aire sale entonces expulsado en forma de chorro concentrado y genera un pequeño empuje, suficiente para mover a los propios drones, que apenas pesan unos microgramos. Es como lo del Roadster saltador de Tesla, pero en miniatura. Física de andar por casa llevada al frikismo microscópico.
Para demostrar que la idea funcionaba, los investigadores construyeron pequeños barcos y vehículos voladores con esta técnica. Los barcos, de apenas unos centímetros, incorporan hasta tres cavidades, cada una sintonizada con una frecuencia sonora diferente. Cambiando el tono de un altavoz externo pueden avanzar, girar, esquivar obstáculos y seguir trayectorias programadas.
Los minidrones voladores, más espectaculares, se fabrican mediante nanoimpresión 3-D y emplean ultrasonidos inaudibles para los humanos. Uno de los prototipos pesa tan solo 150 microgramos (0,15 miligramos) y asciende verticalmente como un cohete. Otro utiliza unas pequeñas palas que giran hasta a 13.000 revoluciones por minuto, generando sustentación como un helicóptero. Todo ello sin engranajes ni motores convencionales.
El trabajo, publicado en Science Advances este verano abre posibilidades para crear drones todavía más pequeños, ligeros y capaces de cambiar de forma. Según los investigadores, podrían combinarse en estructuras flexibles, para doblar, mover o hacer vibrar partes específicas de un dispositivo robótico.
De momento son solo prototipos de laboratorio que necesitan una fuente externa de sonido, pero la idea tiene su gracia: convertir una especie de silbato microscópico en el sistema de propulsión.
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