Por @Alvy — 14 de Agosto de 2026

Ole Rømer / (DP) PicrylEstamos con el reciente eclipse de Sol que todavía alucinamos. Y da la casualidad de que tal día como hoy, un 14 de agosto pero de hace 350 años (en 1676) el astrónomo danés Ole Rømer registró un eclipse de Ío, uno de los satélites de Júpiter y, cavilando, cavilando, dedujo que la luz no se transmite de forma instantánea.

Y es que hace casi cuatro siglos no estaba del todo claro que la luz tuviera una velocidad determinada: ni había una teoría física apropiada sobre su «funcionamiento» ni había instrumentos para realizar las comprobaciones. Y, si la luz tenía velocidad, era tan alta que podría pasar por una transmisión «instantánea». Así que lo de Rømer fue una combinación de buena intuición y a la vez de una demostración convincente de que la luz no se propagaba instantáneamente de un lugar a otro.

Cómo hacer cálculos científicos, versión siglo XVII

A falta de relojes de precisión en la Tierra para realizar las mediciones utilizó como reloj astronómico a Ío, una de las lunas de Júpiter, que como sabían en aquella época emplea unas 42,5 horas en dar una vuelta completa al planeta. En cada órbita entra en la sombra de Júpiter y desaparece de la visión de los telescopios. Y esos eclipses pueden predecirse con bastante precisión.

Los cálculos de Rømer sobre los eclipses de Ío/Júpiter

Rømer, que trabajaba en el Observatorio de París, observó algo que llamó su atenci´n: los eclipses de Ío parecían producirse un poco antes de lo previsto cuando la Tierra estaba más cerca de Júpiter y un poco más tarde cuando se alejaba. Una diferencia que se acumulaba de eclipse tras eclipse para luego ir reduciéndose de forma similar.

La explicación a la que llegó Rømer fue de una aplastante sencillez: Ío no se adelantaba ni se retrasaba. Era la luz la que tardaba más o menos tiempo en llegar hasta la Tierra, dependiendo de la distancia que tuviera que recorrer.

En aquella época se sabía que la diferencia entre los puntos más cercanos y lejanos de la Tierra y Júpiter en sus respectivas órbitas era de unos 300 millones de kilómetros, algo que se había calculado con datos imprecisos sobre las distancias del Sistema Solar propios del siglo XVII. Y eso suponía un retraso de unos 22 minutos (en realidad son 16 minutos y 4 segundos; la distancia son unas 2 unidades astronómicas).

Aunque su estimación de la velocidad de la luz, cuyo valor ni siquiera llegó a publicar, era de c = 220.000 km/s, se quedó un poco corto; en realidad son 299.792,458 km/s. Pero como aproximación no está nada mal. Lo importante, que es en lo que se centró, era su afirmación que la velocidad de la luz era finita y no instantánea.

Y lo mejor de lo mejor: su deducción y los cálculos que hizo no requirieron de fuentes para generar luz, ni láseres, ni espejos ni relojes atómicos ni, por supuesto, ordenadores. Su laboratorio fue el propio Sistema Solar, mirar por el telescopio y anotar tiempos en un papel. Todo un astrónomo ingenioso.

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