En su ensayo Everyone Has Email. Nobody Uses It Right, Sergey Kaplich reivindica una de las tecnologías más veteranas y resistentes de Internet: el correo electrónico. Además lo hace con belleza y elegancia, en un formato agradable de leer. Es casi como un cuento de hadas pero sobre tecnología.
El caso es que mientras las redes sociales se van transformando, poniendo limitaciones, bloqueos, o directamente desaparecen, el humilde email de toda la vida sigue ahí, funcionando como siempre. Y además sirve para registrarse en prácticamente todos los servicios, recibir facturas, recuperar contraseñas, comunicarse con empresas y organismos oficiales o escribir directamente a personas que de otro modo resultarían inaccesibles. Bien es cierto que hay quien prefiere no usar el email sino hablar por DMs, especialmente los joveznos, pero es lo que hay: el email sigue siendo una especie de navaja suiza digital que sirve para casi todo.
El principal problema que apunta Kaplich es bien conocido: la bandeja de entrada de cualquier programa de correo lleva años convertida en un vertedero de spam (publicidad), notificaciones y mensajes que seguramente nadie había solicitado. Personalmente lo he experimentado y he acabado con filtros de spam del servidor a los que he tenido que añadir 40 ó 50 «reglas de correo» que mandan atpc ciertos mensajes no deseados. Es cuestión de paciencia: primero cancelar tantas suscripciones como sea posible y luego crear esos filtros: Gmail, Apple Mail y Outlook incluyen estas funciones desde hace años, aunque muchos usuarios apenas las conocen. Todavía me extraña que no se puedan basurear automáticamente mensajes que lleguen en idiomas poco habituales (japonés o chino, por decir algo), pero en fin.
Otra herramienta infrautilizada es la búsqueda avanzada. Combinando remitentes, fechas, palabras clave y otros detalles se pueden localizar mensajes antiguos sin tener que organizar previamente de forma manual miles de correos en carpetas. La idea es dedicar unos minutos a configurar un sistema que después trabaje ágilmente, evitando las búsquedas interminables. En mi caso por ejemplo además transfiero cada dos o tres todo el correo entrante y saliente a una gran carpeta del programa de correo local de mi ordenador para evitar que el buzón se sature y así la búsqueda sea más rápida (y de paso para que se me guarde una copia de seguridad también en local).
En fin, hay cierta ironía en que, tras décadas persiguiendo la próxima gran revolución de las comunicaciones, buena parte de nuestra identidad digital siga dependiendo de una dirección con una arroba en medio. Pero ahí queda, y el ensayo de Kaplich es una auténtica y bonita oda a una forma de comunicación tan antigua casi como la internet misma, que quizá no haya que dar por amortizada todavía.
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