Los irresponsables: Una historia de poder, codicia y falso idealismo. Sarah Wynn-Williams. Traducción por Gemma Deza Guil y Ana Camallonga. Península, 16 de julio de 2025. 464 páginas.
A principios de 2009, tras haber dejado un trabajo en las Naciones Unidas que le parecía que no iba a ningún sitio porque le daba la impresión de que lo único que hacía era participar en discusiones que duraban horas acerca de dónde colocar los signos de puntuación en informes que se suponía que iban a servir para proteger la naturaleza, y mientras trabajaba en la embajada neozelandesa en Washington, la autora tuvo lo que ella misma define como una epifanía con Facebook.
Dice que se dio cuenta de que Facebook iba a cambiar el mundo. Y decidió que quería ser parte de ello ayudándoles a gestionar sus relaciones con los gobiernos que, más bien temprano que tarde, iban a empezar a interesarse por lo que hacía esa red social. Así que empezó a buscarse la vida para que la contrataran.
A fuerza de insistir el 5 de julio de 2011 empezó a trabajar allí. Aunque ni su jefa directa ni nadie con un mínimo poder de decisión en la empresa veía la necesidad del puesto que ella les había vendido, el de alguien que llevara la relación con los gobiernos. Y en agosto de 2017 la despidieron sin darle muchas explicaciones.
Pero no hace falta saber leer entre líneas para darse cuenta de que, al menos según ella cuenta las cosas, fue porque en algún momento de esos seis años que pasó en Facebook se le fue pasando el encantamiento. Y se dio cuenta de con quién estaba trabajando.
De ahí la cita con la que empieza el libro:
Eran gente descuidada Tom y Daisy: hacían pedazos las cosas y a las criaturas, y después se replegaban y se cobijaban en su dinero o en su inmensa despreocupación, o en lo que fuera que los mantenía juntos, dejando que otras personas se encargaran de recoger los destrozos que ellos habían causado…
– F. Scott Fitzgerald,
El gran Gatsby
Y eso la llevó a no callarse según qué cosas y a oponerse a algunas decisiones tomadas por sus jefes, incluyendo algunas tomadas por el mismísimo Mark Zuckerberg. Y eso es algo que no se lleva mucho en Facebook y que no sienta muy bien.
Decisiones que llevaron, o al menos ayudaron muchísimo, a que Trump ganara las elecciones de 2016. O que dejaron que Facebook sirviera como plataforma para pregonar el odio contra los rohinyá en Birmania. O que hubieran permitido al gobierno chino acceder a toda la información de sus usuarios y censurar lo que quisiera con tal de que los hubieran dejado operar en el país. Y esto sólo por citar algunos ejemplos, que hay bastantes más. Lo que les importaba era el crecimiento de la empresa. Y punto. Bueno, puede que también el de sus fortunas personales y el de su influencia.
También tuvo problemas con Joel Kaplan, uno de sus jefes, que tuvo comportamientos bastante poco adecuados con ella. Pero por supuesto no tuvo ningún apoyo por parte de nadie con poder en la empresa. Y recursos humanos tampoco hizo nada por ella. Aunque tampoco fue un caso único en la empresa en la que por lo general mandan los señoros blancos.
Soy muy consciente de que toda historia tiene al menos dos versiones. Y que en este caso, en el que aparte de la autora están involucradas muchas personas más, seguro que hay muchas más de dos versiones.
Pero el mero hecho de que nada más salir al a venta el libro Meta consiguiera que un tribunal de arbitraje estadounidense dictara una resolución que impedía a la autora promocionar el libro amparándose en una cláusula contractual de no difamación da una idea de que debe haber pinchado en hueso. Y se ha convertido en un caso de efecto Streissand de libro, claro.
Aunque desde Meta se han pasado tanto intentando silenciarla que recientemente ha decidido a su vez denunciar a Meta para intentar pararles los pies. Así que a ver qué pasa.
Lo que pasa es que, al menos para mí, nada de lo que cuenta el libro me resulta muy sorprendente. Quizás no con todos los detalles que aporta la autora pero con los años se han ido sabiendo muchas de esas cosas chungas que hace Meta. Como decía Cory Doctorow en un hilo sobre el intento de callar a Sarah Wynn-Williams, «es una empresa horrible, con productos pésimos, dirigida por la peor gente». Y creo que eso es vox populi.
Sólo que el libro lo deja en negro sobre blanco, lo que lo hace una lectura muy interesante.
Eso sí, me ha resultado aterrador averiguar que Mark Zuckerberg ha jugado con la idea de presentarse a presidente de los Estados Unidos. El FSM nos pille confesados.
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