Por @Alvy — 10 de Mayo de 2019

Esta pieza de Vox Media es muy entretenida porque combina todo un mito cultural como es Franskenstein, de Mary Shelley, con experimentos con electricidad y «apaños» médicos que hoy nos parecen un poco cafres, de cuando no se sabía muy bien cuál era la frontera entre la vida y la muerte (ni siquiera hoy se conoce muy bien, todo sea dicho).

Y es que en la maravillosa época de la Ilustración estaba casi todo por descubrir, así como suena. Los científicos –término que ni siquiera existía todavía– tenían carta blanca, aunque no todo lo que hicieran estuviera muy bien visto en según qué círculos. De modo que en esa exploración de la vida y la muerte comenzaron a plantearse la cuestión de la resucitación, resurrección o reanimación de los seres que habían dejado de vivir.

Hoy en día el matiz entre todos términos es importante: el primero («Resucitación») se emplea para «volver a la vida algún ser aparentemente muerto» (por ejemplo alguien que se ha ahogado o ha sufrido un infarto) mientras que el segundo («Resurrección«). tiene un caríz un tanto más místico y religioso sin duda. «Reanimación» en cambio se usa más alegremente para «dar fuerza o vigor a algo que está mustio o decaído» (así que muerto, muerto no está del todo).

En el vídeo se habla de lo atrayente que les resultaba a todos aquellos personajes la técnica de la galvanización, recientemente descubierta. Así que se pusieron a enchufar varillas metálicas y cables a animales muertos, principalmente ovejas, cerdos y vacas (o, para simplificar, más bien a sus cabezas). Con los voltios y amperios adecuados los bichos –que estaban muertos y bien muertos– a veces se movían, hasta el punto de que el sobrino de Galvani, Giovanni Aldini, consiguió reanimar cabezas de vaca haciendo que movieran la boca como si estuvieran vivas. Hoy esto nos parece una animalada, pero en aquella época era todo un avance.

La lógica de todo esto se les escapaba un poco: por mucha electricidad que enchufaran un corazón no volvía a bombear sangre, y sin eso sabían que no habría vida, pero razonaban que si el cuerpo humano es como una máquina existía al menos la posibilidad de que aplicando electricidad volviera a la vida.

De aquí a que el moderno Prometeo robara la energía de los rayos de una tormenta para revivir al Monstruo hubo sólo un paso. La tentación de crear vida y ser dioses era demasiado poderosa para algunos, así que debieron pensar aquello de… ¡Todo por la ciencia! Hoy en día hay quien intenta hacer algo parecido con la criónica y la criopreservación (legal en muchos sitios), o copiando el cerebro para conservar los recuerdos, lo que resulta inocuo la mayor parte de las veces. De aquellos experimentos a lo que nos depare el futuro: todo se andará.

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