En el siglo XIX los relojes todavía eran relativamente imprecisos, de modo que había que sincronizarlos bastante a menudo. En 1836 los responsables del observatorio de Greenwich pidieron a un ayudante llamado John Henry Belville que los librara de la gente que se pasaba el día llamando a la puerta para «poner su reloj en hora»; la idea era que bajara a la ciudad a llevar el «tiempo medio de Greenwich» (GMT) a la gente.
El buen hombre pensó en ganarse un dinerillo vendiendo, literalmente, la hora exacta, principalmente a los relojeros. Todos los días por la mañana ajustaba su reloj de bolsillo y tomaba el tren o se iba en su coche de caballos por toda la ciudad, recorriendo una ruta que le llevaba a 200 clientes a los que les vendía la hora exacta o «el tiempo de Greenwich». El negocio lo continuó a su muerte su mujer María y posteriormente su hija Ruth que fue conocida como La dama del tiempo de Greenwich; el reloj que usaba era un cronómetro John Arnold 485/786.
Aunque hoy en día esa operación suena a trivial (basta mirar la hora del ordenador si está conectado a Internet, la del teléfono que proviene de la red de datos y los satélites GPS o encender la tele y mirar el teletexto) en su momento vender algo tan –en cierto modo– abstracto y artificial pero sin duda práctico supuso uno buenos ingresos para esta familia. [Fuente: Wikipedia + The Greenwich Phantom.]
[Al respecto recomiendo el apasionante libro Longitude: The True Story of a Lone Genius Who Solved the Greatest Scientific Problem of His Time, sobre John Harrison y el desarrollo de los relojes mecánicos de precisión. Una historia sin igual, que incluye vikingos, viajes transoceánicos y mucho ensayo-y-error hasta culminar con un épico éxito.]
Por @Alvy — 17 de Octubre de 2016
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