Por @Alvy — 4 de Noviembre de 2026

Foto (CC) Elecciones generales - Marina Acuña @ Flickr

Es normal oír estos días pre-electorales cosas como «¡Qué retraso!» «¿En pleno siglo XXI y todavía hay que votar en persona? ¿No se puede votar por Internet?» «¿Podemos mover dinero y hacer todo tipo de trámites legales con el certificado electrónico, pero no podemos votar?»

Pues sí: y si es por algo es porque votar es algo tan importante que es de las pocas cosas para las que los sistemas electrónicos no resultan apropiados. Hacerlo en persona es la forma más segura de garantizar la limpieza de las elecciones, y que no haya manipulaciones ni errores.

En un artículo titulado Sobre la criptografía del voto electrónico, Fredrik Dahlgren, de Trail of Bits, explica por qué utilizar papeletas, urnas y un recuento humano es una solución superior. Tan es así que hasta Bruce Schneier y Richard Stallman, dos de nuestros hackers y héroes de internet favoritos (alabados sean), escribieron hace tiempo en profundidad al respecto.

La explicación es fácil de entender (para quien quiera hacerlo, claro, porque paranoicos y acientíficos hay en todos lados). Básicamente parte de la idea de que una elección debe garantizar simultáneamente varias cosas:

  • El secreto del voto.
  • Su autenticidad.
  • La imposibilidad de votar dos veces.
  • Un recuento verificable.

Una de las claves es que alterar miles de papeletas físicas sin que nadie se entere resulta extraordinariamente complicado. Un fallo informático, en cambio, podría «manipular» miles de votos en segundos. Otra es que la presencia busca garantizar el voto sin coacciones.

Examinemos un poco más en detalle cómo son los dos procedimientos: el del voto actual en persona y el del voto electrónico.


El voto tradicional, paso a paso

Según los países la metodología cambia un poco (o un mucho), pero en España el procedimiento es bastante sencillo: El elector elige su papeleta y la introduce en un sobre, se identifica entonces ante la mesa electoral, y él mismo deposita el sobre en la urna. (El presidente de la mesa mete al final de la jornada los que llegaron por correo).

Al terminar la jornada comienza el escrutinio público: el presidente de la mesa extrae los sobres uno a uno, abre las papeletas, lee los votos en voz alta y los muestra a los vocales, interventores y apoderados. También se comprueba que el número de sobres coincida con el de votantes anotados. Las cifras se recogen en un acta de escrutinio que se hace pública inmediatamente, se coloca en la entrada del colegio electoral cual 95 tesis de Lutero y cualquier ciudadano puede examinarla (también se puede ir antes y presenciar el recuento). Los representantes de las candidaturas pueden solicitar copias para contrastar posteriormente los resultados.

La comunicación de los resultados se realiza por dos vías independientes. Por un lado, un representante de la Administración recibe una copia del acta y transmite las cifras al centro de recogida y datos del Ministerio del Interior, normalmente por teléfono. Allí se suman los resultados de todas las mesas y se publican los resultados provisionales. Son los que vemos en televisión e Internet durante la noche electoral. Lo que se notifican son las cifras de las actas, no los votos individuales, claro.

Por otro lado, la documentación electoral original viaja físicamente. La mesa prepara sobres oficiales, cerrados y firmados por sus miembros: además de las actas originales, la lista de votantes, censo utilizado y documentación de las incidencias. Dos de ellos contienen copias de las actas. El presidente entrega los dos primeros en la oficina judicial correspondiente, acompañado por las fuerzas de seguridad. El tercero lo recoge Correos. El primero llega a la Junta Electoral, el segundo queda archivado judicialmente como respaldo y el tercero proporciona otra copia de seguridad. El escrutinio general oficial se celebra a partir del quinto día, cuando las Juntas Electorales verifican las actas, corrigen posibles errores y computan también el voto de los españoles residentes en el extranjero.

Un detalle curioso es que las papeletas válidas se destruyen después del recuento, delante de los asistentes. Únicamente se conservan, rubricadas y unidas al expediente, las papeletas declaradas nulas o que hayan sido objeto de alguna reclamación. De modo que el escrutinio definitivo no consiste en volver a contar millones de papeletas almacenadas, sino básicamente en comprobar y sumar las actas originales y resolver las incidencias. Este procedimiento está regulado en los artículos 95 a 106 de la Ley Orgánica del Régimen Electoral General.

La extraordinaria rapidez del recuento español en comparación con la lentitud de otros países se explica porque el trabajo está distribuido. En las pasadas elecciones generales de 2023 hubo 60.314 mesas electorales, cada una contando unos pocos cientos de votos de forma simultánea. No hay que transportar millones de papeletas a un centro nacional, ni esperar a que lleguen urnas en furgones de todas partes. Cada mesa realiza su propio recuento, normalmente en poco tiempo, y transmite los resultados en cuanto termina. Los sistemas informáticos van sumando las cifras recibidas (que siempre pueden ser revisadas) de modo que unas pocas horas después del cierre de los colegios suele conocerse prácticamente todo el resultado provisional. Quizá cambie voto arriba o voto abajo tras las revisiones, en el recuento oficial, pero no suele tener influencia en el resultado. El sistema combina así un recuento manual, público y verificable con una transmisión electrónica rápida.

El reparto posterior de escaños mediante el método D’Hondt es otra operación distinta y da para artículo aparte, aunque este vídeo sobre cómo funciona el sistema D’Hondt es bastante explicativo y más digerible (90 segundos).

El voto electrónico en la era moderna

La criptografía moderna permite añadir nuevas garantías a todo este proceso, pero hasta cierto punto. Sistemas de código abierto como Helios, diseñado para elecciones de menor riesgo, o ElectionGuard, pensado para complementar sistemas electorales con papeletas físicas, utilizan varias técnicas matemático-criptográficas bastante ingeniosas:

  • Cifrado homomórfico. Permite sumar votos cifrados sin descifrar cada voto individual. Permite conocer cuántos votos recibió cada partido sin descubrir qué eligió cada votante.
  • Claves compartidas. La capacidad de descifrar los resultados se reparte entre varios responsables. Ninguno puede acceder por su cuenta a los datos protegidos.
  • Pruebas de conocimiento cero. Demuestran que un voto cifrado contiene una opción permitida sin revelar cuál.
  • Verificación de extremo a extremo. Permite comprobar que un voto cifrado figura en el registro electoral y que las operaciones matemáticas son correctas, sin revelar públicamente su contenido.

Hay incluso un procedimiento denominado el desafío de Benaloh que permite generar una papeleta electrónica de prueba, exigir que se descifre y comprobar que la máquina había registrado correctamente la elección. Esa papeleta se descarta y no cuenta. Si suficientes votantes realizan estas comprobaciones aleatorias, aumenta la probabilidad de descubrir una manipulación.

Importante recordatorio: todo esto es ciencia, es matemática, es criptografía. No es algo «debatible», porque está matemáticamente verificado. En otras palabras: si aquí dice «se puede sumar un conjunto de votos cifrados sin descifrar cada voto individualmente» es porque se puede hacer y se hace. Y si alguien no se lo cree, que demuestre lo contrario.

Potenciales fallos del voto electrónico

El caso es que aunque el sistema de voto electrónico sea preciso, siguen existiendo problemas importantes debido a sus diferencias con las condiciones ideales del MundoReal™: ¿Qué sucede si el ordenador o el móvil están infectados por un virus? ¿Cómo impedir que alguien compre votos, presione o chantajee al elector mientras vota desde casa? Con la presencia en la mesa se garantiza el voto sin coacciones, y que los sobre estén cerrados buscan garantizar el voto libre, algo que estando a distancia no siempre es posible.

Aunque en España contamos con el Certificado electrónico y otros sistemas de identificación digital como el el DNI electrónico, identificar al votante no garantiza que vote libremente. Tampoco evita que un programa malicioso se haga pasar por él o cambie sus preferencias antes de cifrarlas. Un informe de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos ya advertía hace años de que ninguna tecnología conocida garantizaba simultáneamente el secreto, la seguridad y la verificabilidad del voto transmitido por Internet.

Y hay fallos mucho más estúpidos. En 2025, muy irónicamente, la Asociación Internacional de Investigación Criptológica (IACR) tuvo que repetir sus «elecciones electrónicas» porque uno de los tres encargados de guardar las tres partes de las claves la perdió. Así que no podían acceder a los resultados. También está el caso de los 2.048 votos perdidos al surgir problemas con tres pendrives durante una prueba piloto en Suiza que sirvió como ejemplo de lo que puede salir mal.

En resumen: ya que podemos votar, hay que votar bien. Y eso significa hacerlo personalmente, ya sea de forma presencial o por correo. La tecnología del voto electrónico puede servir para elecciones de baja entidad e impacto, donde haya cierto grado de confianza, pero unas elecciones generales son lo más serio que puede haber. Es complicado que la criptografía resuelva problemas tan antiguos como la intimidación, el fraude o la confianza. Así que, mientras tanto, a darse un paseito hasta el colegio electoral, a meter el sobre en la urna.

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Referencias históricas y lecturas fundamentales:

Anteriormente, en Microsiervos:

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Foto (CC) Marina Acuña @ Flickr.