Hace unos años, casi el 92 por ciento de los hogares españoles tenía un horno microondas. Así que parece claro que es un chisme que se ha erigido como uno de los iconos de los electrodomésticos modernos, junto a televisores y lavadoras. De hecho hay gente en pisos pequeños que puede apañarse casi sin nada… Excepto sin este pequeño invento para calentar alimentos rápida y fácilmente.
En Taylor.Town hay una completa Historia de los hornos microondas, que cubre desde su nacimiento a mediados del siglo XX hasta la actualidad. Es una historia de mejoras tecnológicas y adaptación a las necesidades de los consumidor, porque el invento es bastante elemental y no ha cambiado tanto con el tiempo.
Un invento militar reciclado
El horno microondas nació de la tecnología militar desarrollada durante la II Guerra Mundial, en concreto del magnetrón de cavidad utilizado en los radares.
Los ingenieros se dieron cuenta que esos mangetrones se calentaban sobremanera y servían para templar las manos¹. ¡Ahí había negocio! En 1947 su empresa, Raytheon, presentó el Radarange 1132, un enorme aparato de 1.600 vátios refrigerado por agua basado en una idea sencilla: encerrar los alimentos en una jaula de Faraday y bombardearlos con ondas de 2,45 GHz para agitar las moléculas de agua y generar calor. A Percy Spencer, al que se atribuye la patente, se le derritió una chocolatina al estar cerca de un magnetrón en pruebas. Todo un momento ¡ajá!
Modelos posteriores como el Tappan RL-1 de 1955 estaban más pensados para el público general, pero a 1.295 la unidad (unos 14.000 euros de hoy en día) eran un auténtico lujo. En los años 60 y luego en los 70 y 80s llegaron por fin los microondas baratos, como los Amana y Sharp. De hecho fue Sharp quien inventó el plato giratorio y luego llegarían funciones como el autodescongelado, los botones preprogramados y un calentamiento más homogéneo. De ahí a los modelos conectados a Alexa era cuestión de tiempo.
La ciencia de las microondas
En el artículo La ciencia de los hornos microondas de Greg Blonder hay mucho más detalles sobre cómo estos hornos obran su «magia»¹. En los magnetrones de 2,45 GHz, que curiosamente comparten frecuencia con el wifi y el Bluetooth (de ahí las interferencias que hay –o había– a menudo) las ondas electromagnéticas alcanzan su máxima potencia cada 12,2 cm o fracción, dependiendo del llamado índice de refracción: carne, hielo, agua… es distinto para cada material. Por cierto que eso de que los microondas «cocinan de dentro a fuera» es una leyenda urbana; en realidad la cocción va de la superficie al interior por conducción.
El resumen es que en el interior de un microondas hay patrones con nodos fríos en las paredes y puntos calientes cada pocos centímetros. ¿La solución para lograr el calentamiento uniforme? Hacer girar la comida; basta un motor y algunos engranajes. Este rústico método no es perfecto, pero sirve para la mayor parte de los alimentos, que pueden calentarse a una velocidad de unos 2,8 °C por segundo si son «finos». En general para descongelar se utiliza menos potencia y más tiempo y para calentar rápido, máxima potencia.
Siendo un electrodoméstico presente en la mayoría de los hogares del mundo no me queda claro si ese 8 por ciento que todavía no tiene uno en España es por imposibilidad o por alguna renegación de la tecnología del tipo «la radiación es peligrosa» o «es que destruye los nutrientes».
Habiendo pasado todas las regulaciones de seguridad y si se usan materiales adecuados como recipientes, raro sería que fueran tan temibles. Llevan casi un siglo de vida entre nosotros, y ni tan mal. Así que menos pensamientos raros y más ciencia, café caliente y palomitas.
_____
¹ Resulta que al padre de Greg Blonder, aunque del segundo artículo, es el que calentaba las manos en un magnetrón durante la II Guerra Mundial, como cuenta el primer artículo.



