Estuve contándole a David Sierra de Cruce de cables (RNE) un tema muy abuelístico cebolletista como eran las cosas sobre los viajes antes de la era del GPS. ¡Tiempos analógicos! El audio está aquí:
- Cómo era moverse cuando no existía la navegación mediante GPS y había que tirar de mapas en papel [a partir de 18:20].
Todo esto venía por lo mucho que me estuve riendo con un hilo en Twitter proveniente de Forocoches, que demostraba con bastante realismo las diferencias entre en el antes y el después de la invención de los navegadores GPS para guiarse por calles y carreteras. Los boomers de la generación X y anteriores se reían de los milénicos y la generación Z… y viceversa, claro. Básicamente, los joveznos encuentran inexplicable que orientarse con papel fuera siquiera posible hace algunos años; los viejunos en cambio explican que era comido, pero con truquis. La cosa es tomárselo con humor.
Y es que antes de que la tecnología diera una vuelta a todo y se popularizara, hacia 2008, de forma generalizada con los TomTom (2005-2007), Nokia Maps (2006-2009), Google Maps (2007-2008), Apple Maps (2012) los mapas en papel y los callejeros eran la mejor forma de orientarse para ir de un sitio a otro. Pero tenían sus «trucos».
Los tópicos de los mapas de papel
En el hilo aparecen un montón de tópicos sobre cómo eran las cosas, de las que algunos se acordarán (y los milénicos y genzeters tal vez no):
- El aliado indispensable era el mapa desplegable de carreteras, imposible de replegar correctamente. Y también estaban los encuadernados (en espiral), algunos tan elaborados como la Guía Repsol (antes Campsa) / Michelin (sus reencarnaciones siguen existiendo), que incluían información sobre gasolineras, restaurantes, hoteles, lugares con monumentos y demás. De pago, claro.
- Los mapas no solo mostraban dónde estaban los lugares, sino también las distancias entre ellos, con unas tablas que mostraban todas las combinaciones de distancias entre ciudades e incluso la distancia entre pueblos: bastaba sumar los tramos para conocer la distancia total de un sitio a otro.
- El juego de los barquitos. Los callejeros en forma de tomos llevaban un índice de calles alfabético bien extenso; los mapas incluían también los de las ciudades y pueblos. El mapa estaba reticulado con coordenadas y había ir buscando según los códigos que indicaban cada lugar (B5, G7, H12…) en qué zona estaban. Y ahí, afinar el ojo.
- Información detallada. Algunas guías incluían tablas de conversión, meteorología típica, horarios, datos sobre las ciudades… La típica gozada para disfrute de los más nerds.
Viajes de otra era tecnológica
¿Cómo era un viaje antes de que Google nos dijera la forma de llegar?
- Lo normal era planificar la ruta el día anterior, o como mínimo antes de partir. Se memorizaban las autopistas y autovías por las que había que circular y las distancias aproximadas a las que estaban los cruces y salidas clave. También era normal parar en ruta para consultar el mapa y confirmar. Igual de habitual que tener que recular y desandar los tramos equivocados.
- La ayuda del copiloto haciendo de navegador humano que iba interpretando el mapa era importante.
- Todas las señales y referencias físicas (los tradicionales «mojones») ayudaban a saber en qué punto exacto te encontrabas. Algo poco conocido es que la numeración de las salidas de las autopistas principales (A1, A2… A6) marca el punto kilométrico, que en muchas ocasiones es la distancia al centro de Madrid o, en otros casos, al inicio de la carretera.
- La atención, la memoria espacial y cierta práctica eran claves. Cosas que muchos dicen que hemos perdido con la llegada de los GPS.
En las calles de las grandes ciudades la situación era similar: lo habitual era ayudarse de un librito o plano donde aparecían todas las calles, lo que permitía planificar cómo ir, especialmente si se conocía el sentido de circulación de algunas calles.
Las puestas al día se hacían comprando el mapa callejero o la guía Campsa / Michelin de cada año, lo que era todo un acontecimiento y las convertía en superventas. Las ciudades y carreteras crecen sin parar; esto era una especie de «obsolescencia programada» que equivalía a las «actualizaciones de pago» de la época.
El factor humano: clave definitiva
La clave definitiva para vivir sin GPS era algo a lo que todo el mundo recurría: preguntar al paisano una vez llegabas al destino. Quién mejor que alguien del lugar para darte las indicaciones para llegar al sitio exacto, tomar el desvío más apropiado o aconsejarte dónde aparcar.
Esta figura concuerda con el tópico descrito en ¿Por qué los hombres no escuchan y las mujeres no entienden los mapas?, un libro superventas que popularizó la idea de que los hombres tienen peor comunicación pero mejor orientación y las mujeres justamente al revés. Eso sí: la ciencia dice que, aunque hay mínimas diferencias, es un estereotipo exagerado: la experiencia y las situaciones pesan más que el sexo a la hora de «saber llegar a un sitio».
Todavía hay gente que lleva mapas en la guantera del coche, quizá por si la tecnología falla, no hay cobertura, se produce el «gran apagón» o algo peor. Sin duda la navegación GPS es una gran ayuda, pero como también dicen, parece como si se nos hubiera atrofiado un poco ciertos sentidos, como el de la orientación y la planificación.
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