Junio2021

Por @Wicho — 18 de Junio de 2021

Portada de The Road to Conscious Machines por Michael Wooldridge The Road to Conscious Machines: The Story of AI por Michael Wooldridge. Pelican 2020. 388 páginas.

Quienes me sigáis mínimamente sabéis que protesto bastante por el tratamiento que se hace en general en los medios de la expresión inteligencia artificial. Entre otras cosas porque generalmente se asocia a HAL, Skynet o C3PO… y aún nos falta mucho, pero mucho para llegar ahí. Si es que alguna vez llegamos. Sería muy importante aclarar que en el 99 por ciento de las veces en las que se habla de ella estamos hablando de inteligencia artificial débil –muy buena en una cosa en concreto pero nada más– y no de inteligencia artificial fuerte, que sería aquella que nos costaría distinguir de la nuestra. El gran sueño de la inteligencia artificial, en palabras del autor del libro.

Precisamente es explicando esta importantísima y fundamental distinción por dónde empieza el libro, para luego adentrarse en la historia de la disciplina. No sin antes dejar muy claro el problema fundamental de la inteligencia artificial, que es que no tenemos muy claro qué es la inteligencia ni mucho menos de dónde sale.

Así, cubre las grandes épocas de la IA: la era dorada de la inteligencia artificial en la que parecía que simplemente la potencia bruta de los ordenadores podría servir para construir cerebros artificiales; la época en la que parecía que bastaría con reunir enormes bases de datos de conocimiento para crear sistemas expertos; la época de la inteligencia artificial que se basaba en los comportamientos que deberían mostrar los sistemas; y la época actual en la que predomina el aprendizaje automático y las redes neuronales. Y va explicando en qué se basan, las promesas –en la mayor parte de los casos fallidas– de cada una de ellas, y cómo al final todo parece estar convergiendo de nuevo; cómo ninguna de las grandes áreas de actuación parece suficiente por sí misma y cómo quizás una integración de ellas nos podría acercar al gran sueño. Si es que alguna vez somos capaces de saber cómo integrarlas. Y suponiendo que esa sea la forma de atacar el problema, porque si no sabemos definir qué buscamos es muy complejo –por no decir imposible– buscar una solución.

Habla también de cómo nos imaginamos que las cosas pueden salir mal –Terminator, la singularidad, las leyes de la robótica de Asimov, etc– y por qué esos problemas en realidad no deberían preocuparnos. Aunque sí deberíamos preocuparnos por la IA ética, porque aunque sea de forma limitada, cada vez está presente en más aspectos de nuestras vidas, desde cuando pedimos un crédito a sistemas que ayudan a decidir si una persona está en condiciones de recibir la libertad condicional o hasta si una denuncia es cierta. No olvida tampoco qué influencia puede tener en el mercado laboral y en la eliminación de puestos de trabajo, los robots asesinos –armas autónomas con capacidad de matar–, o los sesgos en los algoritmos y los conjuntos de datos con los que se entrena a las inteligencias artificiales, que tienen el problema añadido de que no sabemos cómo llegan a las conclusiones que llegan.

Termina el libro con un apartado dedicado a las máquinas conscientes, explicando las enormes dificultades que supone tan siquiera plantear el problema porque, como decía antes. no tenemos muy claro qué es la conciencia, la inteligencia, o de dónde surge lo que llamamos mente. Y aunque dice que falta mucho, no descarta que algún día logremos construirlas. Aunque quizás entonces venga la pregunta de si podríamos saber si son como nosotros o no.

Completan el libro un glosario, varios apéndices para profundizar en algunos temas que no ha querido meter en el texto principal, y una extensa bibliografía.

Como dijo David Azcárate, que es gracias a quien di con este libro, «relata la historia y perspectivas de la IA, esperanzas y frustraciones, burbujas y realidades. Muy didáctico y honesto.» Y muy, pero que muy recomendable, añadiría yo, sin que necesario, además, saber nada de informática ni de matemáticas para entenderlo y disfrutarlo. Y mi admirado Alan Turing sale en numerosas ocasiones, como no podía ser de otra forma. No en vano fue una de las primeras personas en pensar y escribir sobre esto.

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Por @Alvy — 18 de Junio de 2021

AVISO GENÉRICO DE PELIGRO: NIÑOS Y NIÑAS, NO HAGÁIS ESTO EN CASA. Entre otras cosas, porque no tenéis los materiales y porque montar todo es un lío de narices, pero también porque la instensidad de la corriente mata y 1.000 amperios son muchos amperios. Avisados quedáis.

AVISO ACTUAL DE PELIGRO: No hagáis esto en casa en los tiempos que corren –y menos fuera del «horario valle»– porque la factura de la electricidad puede tan descomunal como la del Gran Colisionador de Hadrones, y dejar vuestra cuenta corriente peor que el cuchillo del experimento.

Detrás de este vídeo de Photonicinduction hay un «científico loco con experiencia» (25 años de electricista) conocido como Photon que decidió probar a ver qué pasaba si construía un transformador de alta intensidad (1.000A) y utilizando unos gigantescos cables capaces de transportar la electricidad sin achicharrarse, los conectaba a un gran cuchillo de reluciente acero inoxidable.

El resultado es bastante espectacular, con el cuchillo calentándose al rojo vivo en cuestión de segundos para –acto seguido–, romperse y derretirse de varias maneras. El invento, muy propio de «inventor loco», tiene tres detalles interesantes: uno, que funciona mediante una gran bobina de inducción, en la que cuantas más vueltas se de al cable mayor voltaje se consigue; otro, un potenciómetro regulador para ir subiendo la intensidad poco a poco y, finalmente, el característico zumbido eléctrico de 50 Hz que anuncia que «aquí va a pasar algo gordo», como así es.

El tío además se pone luego a probar a ver qué sucede si conecta y desconecta, hasta acabar con otros cuchillos totalmente carbonizados y destrozados de varias maneras. Ojo que el amigo no lleva guantes ni mucha protección que digamos, y eso ya parece un poco inconsciente por su parte, la verdad. Eso sí, como dicen los Slow Mo Guys, otros de nuestros favoritos, que pasaron a dejar un comentario: «este canal es para lo que se inventó YouTube».

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Por @Alvy — 18 de Junio de 2021

Elliot Waite ha tenido la feliz idea de cruzar dos de los autómatas más simples y conocidos en uno solo: la Regla 30 de Wolfram y el Juego de la vida de Conway. El resultado es que cuando las células unidimensionales de la Regla 30 siguen sus reglas y llegan al límite del juego del a vida comienzan a comportarse según el otro conjunto de reglas. Y con música queda muy bonito.

Para entender lo que es cada uno de estos autómatas celulares:

  • La Regla 30 descrita por Stephen Wolfram es un autómata celular (1D) en el que la siguiente generación de una célula tiene en cuenta lo que sucede el estado de las dos anteriores más cercanas para «vivir» o «morir». Es una regla tremendamente simple, pero a la vez aperiódica y caótica; tanto que incluso se utiliza como generador de números pseudoaleatorios.
  • El Juego de la vida es un autómata celular bidimensional (2D), en el que la siguiente generación de una célula contempla el estado de las ocho células vecinas que rodean a una célula dada. Aunque a veces todas desaparecen otras veces se quedan en una secuencia periódica, o incluso generan «objetos» como los deslizadores o naves que parecen tener movimiento por el plano y crecer sin fin.

Esta combinación de Regla 30 + Juego de la vida es ingeniosa y aunque las dimensiones no son infinitas y la zona donde se cruzan ambas reglas se comporta un poco de aquella manera tiene su encanto, porque pueden verse los patrones de triángulos aperiódicos típicos de la Regla 30 transformarse en algunos objetos que perduran y se mueven al llegar al juego de la vida.

Waite también tiene otro vídeo similar pero esta vez con la Regla 110 + El juego de la vida, que es igual de simple aunque de aspecto un poco diferente.

Está claro que nadie esperaba que surgiera alguna explicación o algo profundo de esto, pero simplemente es bello y, con ayuda de la música, diría que incluso relajante. Además, da para póster, o camiseta.

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Por @Wicho — 18 de Junio de 2021

Nobel Run es un juego de construcción de mazos de cartas –de esos en los que tienes que ir consiguiendo cartas con ciertas características– que intenta explicar cómo funcionan la investigación y la ciencia. El objetivo: conseguir un Nobel. Con ayuda de un montón de científicas e investigadoras, pues es un juego que además hace una fuerte y evidente apuesta por el papel de las mujeres en este campo.

Está pensado para que lo jueguen de una a cuatro personas de más de diez años. Las partidas duran unos 30 minutos. Las cartas son independientes del idioma, aunque ya hay instrucciones en español e inglés. Y si quieres puedes contribuir traduciéndolas a algún idioma más.

Algunas de las cartas de Nobel Run

Es una idea de Pablo Garaizar, Lorena Fernández e Íñigo Maestro.

El juego ya ha conseguido casi el triple de la financiación que buscaba, así que en principio saldrá sí o sí. En diciembre de 2021. Pero puedes ir pidiendo tu(s) copia(s) en su página de Kickstarter.

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