Por @Alvy — 21 de Diciembre de 2021

All Bitcoin private keys is on this website

Esta curiosa web llamada Bitcoin keys page consiste básicamente en una página aleatoria llena de direcciones de Bitcoin y sus correspondientes claves, que es lo que la gente usa en sus carteras de criptodivisas (wallets). La inmensa mayoría están vacías (contienen cero bitcoins) pero alguna puede que tenga algo. Y si vas saltando, mirando y tienes mucha, mucha, mucha, muuucha suerte quizá des con alguna de ellas y te quieras llevar algo. ¡Criptomonedas a cambio de nada! En cierto modo, me recordó un poco a la página en la que están todos los PIN secretos de los móviles (incluyendo el tuyo, ¡compruébalo!)

¿Cómo funciona esto? Las claves privadas que garantizan la seguridad de las direcciones Bitcoin son básicamente algo así como un número entre 1 y 2256, una cantidad gigantesca. Eso son un montón de millones de zillones de gritones de claves, pero cada una de esas claves privadas se corresponde con una clave pública, que se puede consultar porque el protocolo de Bitcoin mantiene un registro de todas las operaciones con cada clave pública.

Las claves públicas son como las direcciones Bitcoin (que comienzan con algo del tipo «5HpHagT65TZzG1PH3CS…») que se almacena en la blockchain o cadena de bloques pública. De modo que si da la casualidad de que «alguna llave abre la cerradura» –alguna clave privada se corresponde con una clave pública que esté en uso y con bitcoins– con esa «llave» (clave privada) podrías «abrir» esa dirección y transferir los bitcoins a otro sitio que controles personalmente.

Para cada página se generan 128 claves mediante un procedimiento, organizadas por un primer número (ej. 207978­678299­2510992­703081170­7916083) que indica el «número de página» aleatorio entre los 904625­697166­532776­74664832­03803­742801­002934­709302­726904­89102­83704­31106­36675 grupos de 128 claves privadas que hay en total (las 2256 mencionadas al principio). Para jugar a investigar se puede pulsar el icono de salto aleatorio o bien avanzar adelante y atrás, página a página, grupo a grupo. La página hace la comprobación de la cantidad de bitcoins que hay en esa dirección (normalmente cero si está vacía o no se ha usado nunca) y para verlo más fácilmente se marca también en rojo (nunca se han usado), verde (¡bitcoins!) o amarillo (usada pero vacía, con 0 bitcoins).

El dilema si apareciera algo en verde –puedes entretenerte en comparar la probabilidad de que suceda con las probabilidades de que te toque la Lotería, la Primitiva o te contagies de Covid-19; es tan astronómica que encontrarás los juegos de azar tradicionales muchos órdenes de magnitud más probables– sería qué hacer con ese conocimiento. Porque es sabido que un gran poder conlleva una gran responsabilidad. ¿Se consideraría «robar» llevárselo así tal cual? ¿No sería más bien como encontrarse una cartera con dinero tirada en la calle? ¿Tal vez transferirlo si no se puede rastrear su origen claramente? Bonus para nota: ¿Cómo sabes que el servidor no va a aprovechar tus búsquedas para guardarse las direcciones que aparezcan en verde junto con todo lo que contengan, mientras te carga a ti el «trabajo»?

Yellow!

Mirando un rato para entender cómo funciona me crucé con una dirección amarilla, donde había dos transacciones (2 TX) una de envío, otra de recepción. Se habían recibido y enviado 0,0001 bitcoins allá por 2018 (equivalentes a unos 4,85 dólares hoy). Todos esos datos se pueden comprobar con un simple clic en los enlaces, que llevan a Blockchain.com donde se comprueba el registro de la blockchain.

No es fácil establecer un paralelismo directo, pero podríamos imaginar que esta web genera páginas que serían como manojos de llaves de las cuales te dicen, una por una, a qué cerradura de una caja de seguridad se corresponden e incluso verifican si hay o ha habido dinero dentro de las cajas. El tema es que la fábrica de cerraduras genera zillones de googleplexes de cerraduras diferentes, y sabemos que casi todas están vacías. En fin… Al menos sirve para entretenerse dándole al «Random page».

Bonus-recomendación: No se te ocurra meter ningún dato de direcciones ni transacciones reales en esta web para comprobar nada a lo que le tengas aprecio… Que las carga el diablo y a saber lo que se hacen con esos datos, por inocuos que parezcan.

(Vía Hacker News.)

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Por @Alvy — 16 de Noviembre de 2021

El dinero normal es de hecho un montón de mainframes anticuados ejecutando programas por lotes en COBOL, donde el gobierno puede editar la base de datos del dinero siempre que quiere.

– Elon Musk

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Por @Alvy — 9 de Octubre de 2021

Tal vez porque todo en el mundillo del Bitcoin resulta un poco raro, enigmático y lioso es entendible que lleguen ahora un par de «iniciativas populares» no relacionadas entre sí pero que tienen en común la criptodivisa más popular. Una tiene buena pinta y la otra es quizá demasiado loca.

El símbolo satoshi

SatSymbol

La primera de ellas es el símbolo Satoshi. Un satoshi (SAT) es 1/100.000.000 de bitcoin, una cienmillonésima parte de bitcoin, la unidad más pequeña en que se puede dividir un bitcoin. Se le puso ese nombre en honor a Satoshi Nakamoto, la persona (o grupo de personas) que firmó el documento con los fundamentos de Bitcoin (el famoso paper titulado Bitcoin: A Peer-to-Peer Electronic Cash System). La idea al ponerle nombre a los satoshis era resolver el problema de darle nombre a esa granularidad. Al cambio 1 bitcoin equivale hoy en día a miles de dólares/euros; eso resulta poco intuitivo como medida para compras pequeñas y cotidianas de cara a su popularización (un café ~ 0,000017 bitcoins, por ejemplo). Así que usando una fracción más pequeña (como hacemos con los euros y los céntimos de euro) puede resultar más sencillo (1 café ~ 1700 satoshis)¹.

El caso es si bien el logo de Bitcoin de la B con dos barras al «estilo dólar» es bastante reconocible (fue creado y donado al dominio público por Bitboy allá por 2010, en BitcoinTalk), el satoshi todavía no tiene logo «oficial». La propuesta es un símbolo modificado sobre otro del unicode (el U+2250 = «se acerca al límite») que también recuerda al símbolo japonés de «abundante, pleno, lleno de recursos». En la página del símbolo Satoshi se puede ver una explicación gráfica y acceder a una tipografía que la incluye.

La notación Satcoma

SatSymbol

La otra iniciativa es el llamado estándar de notación satcoma para escribir las cifras relacionadas con Bitcoin. Esta sí que puede calificarse como pequeña ida de olla o incluso idea de bombero, porque supone combinar puntos decimales y comas separadoras de miles para escribir las cantidades relacionadas con bitcoin de una forma «novedosa». Como si no hubiera ya suficiente cacao entre la costumbre anglosajona y francoalemana de separar los decimales por un punto o una coma y quienes agrupan –o no agrupan– y marcan con comas, puntos o incluso espacios las cifras de los miles, millones, etcétera. (Aunque te sorprenda el espacio –pero sólo para números de más de 4 cifras– es la recomendación en español, del mismo modo que tanto el punto como la coma son válidos para los decimales).

Según esta idea, dado que Satoshi Nakamo tuvo la desafortunada idea de usar sólo 8 decimales en vez de 9 (que hubiera permitido agrupar más naturalmente de tres en tres) nos peleamos subconscientemente con la forma de rellenarlo y los cálculos (satoshis a bitcoins y al revés) son más complicados. La propuesta esa que se ponga primero el símbolo de bitcoin (₿) seguido de la parte entera de la cifra, un punto separador de decimales y luego los decimales agrupados de tres en tres pero separados por comas, y además rellenados a izquierda o derecha con ceros si es necesario.

SatSymbol«Las respuestas a mi iniciativa no han sido 100% positivas», ha afirmado su creador, quien le está dando una vuelta al asunto. El problema combina dificultad visual, las tradiciones y la granularidad a la hora de que las cantidades se «parezcan» a las que estamos acostumbrados, al menos en euros/dólares, porque en otros países es distinto. Esto por cierto me recordó al Juego del Calamar, una serie de televisión en la que tuve que consultar el valor del cambio de los wones surcoreanos, porque las cifras resultan un tanto desorbitadas si estás acostumbrado a los euros o dólares. A grandes rasgos a 1 EUR = 1.000 wones (más exactamente 1.384 wones), de modo que basta dividir siempre mentalmente por mil, para no perderse con los billetes y cifras que se mencionan.

El tiempo dirá si estas iniciativas prosperan, lo cual no tiene más importancia que la de haber visto cómo surgían y si se adoptan o caen en el olvido.

¹ - Que el bitcoin se pueda dividir en 100 millones como fracción mínima es una arbitrariedad marcada a fuego en el protocolo; podría haber sido más o menos, pero es la que es y según las épocas ha sido más conveniente o menos. En las cifras actuales en las que se mueve el bitcoin (1 bitcoin = 47.000 EUR) resulta que 1 EUR ~ 0,00002127 bitcoin ó 1 EUR = 2.127 satoshis. Ambas resultan un tanto incómodas para compararlas mentalmente con euros o dólares.

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Por @Alvy — 28 de Septiembre de 2021

Colapsología

La sobrepoblación mundial, el excesivo consumo por parte de los ricos y las pésimas elecciones tecnológicas han colocado a nuestra civilización industrial en una trayectoria de colapso.

– Pablo Servigne y Raphaël Stevens

Conviene estar un poco mentalizado, relajado y documentado antes de enfrentarse a la lectura de Colapsología, de Pablo Servigne y Raphaël Stevens (2015). Es un libro cuyo título viene del concepto surgido para describir cómo será (o podría ser) el fin de la civilización moderna. El fin del mundo tal y como lo conocemos, vamos.

Y es que causas puede haber muchas: ambientales, económicas, pandémicas e incluso tecnológicas. O quizá todas las anteriores, convenientemente entretejidas. Por eso y porque el asunto tiene cierta enjundia y está más que razonablemente documentado es por lo que conviene acercarse al libro con algo de cautela y espíritu crítico; no hacerlo puede llevar a creer que el Apocalipsis al estilo moderno es inevitable y a poner nerviosa a mucha gente que corra a esconderse en búnkeres y aprender a cazar con arcos y flechas. Yo llegué a él tras ver la estupenda miniserie francesa El colapso (2019) que en España se emitió en 2020 y que en 8 miniepisodios de 15 minutos rodados como plano secuencia muestran un distópico colapso en la Francia actual. También había leído hace algunos años el altamente recomendable Colapso: Por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen (2005), un estupendo libro de Jared Diamond (autor también de Armas, gérmenes y acero, otra maravilla) que trata este mismo tema aunque en la historia pasada, no en cuanto a la actualidad. (Cuenta por ejemplo cómo desapareció la civilización de la remota Isla de Pascua cuando básicamente consumieron todos sus recursos y árboles uno por uno hasta quedarse literalmente sin nada. Fin. Adiós, pequeño mundo.)

Colapsología es básicamente un razonamiento didáctico ayudado de algunas metáforas sencillas sobre los límites del crecimiento, la escasez de recursos y cómo todo ello nos está llevando a ese colapso. También tiene algo de «meta-libro» porque es como mencionar al elefante que está en la habitación pero nadie quiere hablar de él o como la exclamación del niño que gritaba que el emperador estaba desnudo. Hay capítulos dedicados a recursos básicos como las energías fósiles y de otros tipos, el agua o a los terrenos de cultivo; explicaciones sobre cómo crecen las emisiones contaminantes, se esquilman los terrenos y se daña la biodiversidad. Todo ello lleva de un modo u otro a que crezcan las desigualdades sociales y se produzcan disturbios y guerras, causando a su vez desestabilización económica y más caos.

En su metáfora, nuestra civilización como un coche sobre el acabamos perdiendo el control. En su viaje acaba consumiendo todo el depósito de combustible, comienza a bajar un puerto de montaña y de repente empieza a fallar. Pero el colapso no significa que se detenga. Va mucho más allá: no sólo no queda combustible; además no funciona el volante, no responden los frenos, se ha salido de la carretera y acabam dando tumbos por la ladera llena de árboles sin que los ocupantes sepamos siquiera a qué vamos a enfrentarnos. Viendo las cifras y evolución de cada uno de los aspectos de nuestra sociedad (consumo de energía, crisis climática, deforestación, superpoblación, inestabilidad económica, desigualdad social) los autores explican a dónde dirigimos: a una terra incognita donde la situación no va a ser precisamente agradable para las generaciones futuras.

En su crítica de la tecnología, el libro hace referencia a nuestra «mala elección» a la hora de optar por unas tecnologías u otras: premiamos lo más barato (aunque tenga externalidades negativas, como contaminación) o lo más dependiente del pasado (como instalar puntos de recarga eléctrica en gasolineras, «porque nuestros antepasados rellenaban los depósitos de gasolina en esos lugares de las carreteras, que eran muy convenientes»). Optamos por soluciones a veces contraproducentes que no resuelven los problemas de fondo, como instalar parquímetros, cámaras de vigilancia de tráfico o ampliar los carriles de una autopista en vez de promover el transporte público o las opciones no contaminantes.

Es el momento de que cunda el pánico.

– Greta Thundberg, activista
y David Wallace-Wells, periodista
Time To Panic (The New York Times)

El libro me ha parecido razonablemente bien documentado; está lleno de notas con hiperenlaces (a veces hasta dos o tres por párrafo) para respaldar los datos y aseveraciones que hace. Puede que no todos sean cien por cien fiables o exactos, pero son buenas pistas para investigar más. Muchas proceden de los más altos organismos oficiales: la OMS, la ONU, el IPCC, la IEA y otros. También hay muchos datos de publicaciones científicas, think tanks y artículos, principalmente de publicaciones francesas.

En el libro los autores no se atreven a dar una fecha para el colapso: podría ser 2030, 2050 o 2100, podría retrasarse hasta 2200 o vete a saber si hay alguna forma de evitarlo. Como mucho se arriesga a apuntar diversas señales que podrían anticipar el colapso de ciertos sistemas (con su consiguiente «efecto caótico» sobre otros, algo inexplorado y desconocido). Pero para nuestra desgracia algunas de estas señales las estamos viendo ya. Están por ejemplo los inesperados efectos de un trastorno económico mundial debido a un carguero atascado en un canal, el pánico por el racionamiento de combustibles en Reino Unido, o el desabastecimiento de alimentos por motivos políticos, todos ellos relacionados con los efectos de la globalización. Están los desplomes de la economía como sucedió en 2008 y podría suceder en China o los corralitos financieros –visibles o no tanto– que van y vienen y con los que viven en muchos países. Por no hablar de algo más cercano como el empeoramiento de los huracanes, olas de calor, de frío y otra meteorología extrema, que vivimos y vemos cada día en las noticias.

Es interesante que Colapsología esté escrito en 2015 (prepandemia Covid-19) porque permite ver cómo ha ido sucediendo (o no) lo que narra en los últimos 5 ó 6 años. Por ejemplo, habla de que «una pandemia severa también podría ser la causa de un colapso generalizado, sin que tuviera que acabar con el 99% de la población, bastaría con un pequeño porcentaje.» Aunque está por ver cómo acaba el mundo post-Covid, me da la impresión de que el libro infravaloró la capacidad científica del desarrollo de soluciones (vacunas) aunque también es cierto que pocos eventos ha habido tan desestabilizadores como el de la pandemia de 2020.

Recomiendo conseguir la segunda edición del libro (2020), o la versión Kindle, que está actualizada e incluye un epílogo a modo de pequeño balance de los últimos años. Menciona cómo parece que la economía todavía no ha implosionado y lo positivo de que las energías renovables hayan sufrido un gran impulso. En la parte mala, en cambio, ha habido cada vez más alertas de los científicos sobre la crisis climática e inacción por parte de los gobiernos. Los modelos matemáticos predictivos de diversos sectores que se presentaron en la primera edición parecen bastante correctos (especialmente los climáticos).

Nadie puede afirmar con qué material estará cosido el tejido social del colapso, pero lo que está claro es que la ayuda mutua tendrá un papel importante, por no decir primordial.

– Pablo Servigne y Raphaël Stevens

El libro termina intentando ser optimista y no derrotista –lo cual resulta difícil visto lo visto, la verdad– y aboga por el altruismo, la organización social y la ayuda mutua, frente a la «naturaleza salvaje de la ley del más fuerte y el todos contra todos del mito fundador de nuestra sociedad».

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Un libro de @Alvy y @Wicho

Se suponía que esto era el futuro | un libro de Microsiervos, por Alvy y Wicho

Se suponía que esto era el futuro
Ciencia, tecnología y mucho más
www.microsiervos.com/libro


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