Por @Wicho — 17 de Enero de 2021

Portada de El pacto del letargo – Miguelanxo Prado / Norma EditorialEl pacto del letargo. Por Miguelanxo Prado. Norma Editorial 2020. 23€. 104 páginas.

En un lugar no determinado –pero que no cuesta mucho imaginar que es Galicia*– dos ataúdes salen a la superficie y de su interior salen dos seres que llevan miles de años durmiendo. No está muy claro lo que hace que salgan de su letargo pero poco a poco vamos descubriendo que tiene que pertenecen a dos estirpes de seres mágicos que alguna vez convivieron con los humanos sobre la superficie de la Tierra.

Uno de ellos, al ver como seguimos sin ser capaces de vivir en paz con nosotros mismos ni con el planeta, decide que ya es hora de dejarse de historias y terminar con la humanidad. El otro sigue confiando en que alguna vez seremos capaces de sacar de nuestro interior lo mejor de nosotros.

El despertar de Xamaín – Miguelanxo Prado / Norma Editorial
El despertar de Xamaín – Miguelanxo Prado / Norma Editorial

Los dos, en cualquier caso, y a pesar de sus poderes, necesitarán de nosotros para poder llevar adelante sus planes; en especial necesitan hacerse con un trisquel que es clave para la historia pero que lleva años desaparecido. Y según van teniendo interacciones con sus aliados ambos se ven reforzados en sus opiniones.

El pacto del letargo revisita la eterna lucha entre el mal y el bien pero también incluye un mensaje claramente ecológico y –curiosamente– una crítica nada velada acerca del funcionamiento de la universidad.

El final es quizás un poco acelerado y anticlimático pero hay que tener en cuenta que es el primer volumen de la Trilogía del Trisquel, que según la editorial el autor ha definido como una gran fábula contemporánea sobre el bien, el mal y la culpabilidad.

A mí, como toda la obra de Miguelanxo, me ha encantado; ya me tarda que salgan los siguientes volúmenes.

El enlace de arriba lleva a Amazon e incluye nuestro código de asociado. Pero nos parecerá estupendo si lo pides en tu librería o comiquería habituales. En TodosTusLibros te ayudan a buscarlo si no lo encuentras.

*Hasta hay una escena en la que salen unos personajes hablando algo que si no es koruño se le parece mucho.

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Por @Wicho — 3 de Enero de 2021

Portada de Wunderwaffen 1 – Richard D. Nolane / Maza / Editions SoleilWunderwaffen es una serie de cómics –aún en marcha– en la que se plantea una ucronía en la que en el verano de 1947 el Tercer Reich aún no ha sido derrotado por los Aliados. Su resistencia es debida, en parte, a que las wunderwaffen –las armas milagro– entraron en funcionamiento a tiempo para proteger Alemania. Pero, sobre todo, Alemania resiste porque el desembarco de Normandía del verano del 44 fracasó. Japón, sin embargo, sí se rindió en el verano de 1945 después de que los Estados Unidos emplearan la bomba atómica para forzarlo a ello.

El protagonista de la serie es el capitán de la Luftwaffe Walter Murnau. Como uno de los mejores está destinado a una de las unidades que usan algunas de las wunderwaffen. En concreto él pilota un caza Lippish P.13a con el que defiende su país de los B-29 Superfortress y otros bombarderos enemigos que a su vez son defendidos por cazas como el P-51 Mustang y el F-80 Shooting Star.

Uno de los combates aéreos del primer volumen de Wunderwaffen
Uno de los combates aéreos del primer volumen de Wunderwaffen – Richard D. Nolane / Maza / Editions Soleil

El excelente desempeño como piloto de Murnau hace que Goebbels y Goering lo escojan para ser condecorado por Hitler en persona como parte de su campaña de propaganda. Hitler lo bautiza como El piloto del diablo por su impresionante forma de volar y sus éxitos. Pero en el momento de imponerle la condecoración algo no expresado con palabras salta entre él y Murnau y a partir de ahí Hitler se empeña en deshacerse de Murnau, empeñado en que es judío. Pero de forma que parezca un accidente, claro. A fin de cuentas no queda bien ponerle una medalla a un piloto y a los pocos días mandarlo a un campo de concentración o algo peor.

Así, poco tiempo después Murnau sobrevive a un «accidente» que debía haberlo matado mientras volaba hacia su nuevo destino en el frente del este, dónde nadie espera que sobreviva mucho tiempo. Pero esto hace que la Ahnenerbe de Heinrich Himmler se fije en él como alguien que parece desafiar la muerte una y otra vez, lo que se verá confirmado en cuanto entre en acción contra las tropas de tierra soviéticas a los mandos de un Blohm & Voss P 194.

Esto lo pone definitivamente en el punto de mira de Himmler, que está convencido de que el que Murnau sobreviva una y otra vez a cosas que debían haberlo matado no es sino una manifestación de un poder ancestral heredado de sus antepasados de raza aria. Así, Murnau queda protegido de la ira de Hitler. Pero a cambio se ve irremediablemente involucrado en los planes de Himmler, que está llevando a cabo un proyecto altamente secreto en la Antártida.

Al tratarse de una ucronía salen otros aviadores famosos –de nuevo no quiero hacer espoileres– y personajes reales como Churchill, de Gaulle, o Truman; no faltan las rencillas y desconfianzas entre ellos, igual que no faltan las rencillas entre los miembros de la camarilla más íntima de Hitler. Así que todo suena a la vez extraño y familiar a poco que sepas algo de la Segunda Guerra Mundial.

Murnau a los mandos de un B&V 194a
Murnau a los mandos de un B&V 194a – Richard D. Nolane / Maza / Editions Soleil

Empecé con esta serie por los aviones, para qué negarlo. Y es que en el MundoReal™ el Lippisch P.13a y el Blohm & Voss P 194 nunca salieron del tablero de diseño, por ejemplo; literalmente dos F-80 entraron en servicio muy limitado en Europa; y los Boeing B-29 nunca actuaron sobre Europa. Así que para quienes sufrimos de aerotrastorno ver dibujados todos esos aviones –y más, pero no quiero hacer espoileres– en esas confrontaciones que nunca sucedieron es más que interesante e intrigante. Confrontaciones que dependen de la voluntad del guionista claro, porque en muchas ocasiones no conocemos las prestaciones que habrían tenido esos aviones. Eso sí, la importancia que se les da a las wunderwaffen –no sólo salen aviones, aunque sí son mayoría– es quizás excesiva, aunque nunca lo sabremos.

Hay algunas cosas un poco chirriantes como que los pilotos alemanes usen tally-ho para indicar que han avistado al enemigo cuando es algo que hacían los pilotos británicos y estadounidenses. O las parrafadas que a veces se permiten los pilotos entre ellos en pleno combate. Y luego está lo de la Ahnenerbe y sus proyectos esotéricos, que termina por jugar una parte fundamental en la trama.

Pero he de reconocer que me ha enganchado y que aprovechando que estoy de vacaciones me he ventilado los 16 volúmenes disponibles en una semana, así que espero ansioso que salgan nuevos volúmenes para ver cómo continúa la cosa. Eso sí, por lo que sé no está disponible en español. Enlazo con la versión en inglés en Comixology, aunque también está disponible en francés, que es el idioma original en el que está publicada la serie.

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Por @Wicho — 29 de Diciembre de 2020

Un Lippisch P.13a en Wunderwaffen – Nolane/Maza
  Un Lippisch P.13a en Wunderwaffen – Nolane/Maza

Estos días estoy empezando a leer la serie de cómics Wunderwaffen. En ella Richard D. Nolane y el dibujante bosnio Maza plantean una ucronía en la que el el desembarco aliado en Normandía en 1944 fracasa y la Segunda Guerra Mundial aún sigue librándose en Europa tras la derrota de Japón mediante el uso de la bomba atómica. Ya os contaré sobre la serie más adelante. Pero uno de los factores que me llevó a empezar con ella es que las wunderwaffen –armas milagrosas– que la protagonizan son básicamente aviones. Y uno de ellos es el muy peculiar Lippisch P.13a, un avión a reacción con ala delta propulsado por un estatorreactor que usaba carbón como combustible. Y no sólo lo del estratorreactor a carbón es peculiar: su pinta no lo es menos,

Aunque en realidad habría que decir que hubiera usado carbón como combustible porque el P.13a, igual que muchos otros proyectos más o menos desesperados alemanes de aquella época nunca llegó a volar. Pero sí lo hizo el Lippisch DM-1, un planeador diseñado para comprobar algunas de sus características en vuelo.

El P13.a carecía de tren de aterrizaje, así que usaba un carrito de tres ruedas para la carrera de despegue y aterrizaba sobre un patín ventral. Como el estratorreactor necesita una cierta velocidad del aire entrante para poder funcionar despegaba usando un motor cohete de combustible líquido situado en la parte posterior inferior de la deriva. Hacia su parte frontal iba encastrada la cabina del piloto.

Corte esquemático del Lippisch P13.a
Corte esquemático del Lippisch P13.a

Al alcanzar la velocidad adecuada un inyector de gas encendería las bolas de lignito, situadas en una cesta que giraba a unas 60 revoluciones por minuto. El aire, al calentarse gracias al lignito en combustión, tendería a expandirse, proporcionando el empuje para mantener el avión en vuelo. Como en un motor a reacción moderno el motor del P.13a usaba también aire frío mezclado con el escape caliente para mejorar su eficiencia. La teoría es que la cantidad de carbón que llevaría a bordo le iba a dar una autonomía de unos 45 minutos de vuelo y una impresionante velocidad máxima de 1.650 km/h.

El diseño original del P.13a y del P.13b no contemplaba el uso de armas sino que embestiría a los aviones enemigos usando el borde de ataque reforzado de sus alas para derribarlos. Aunque esto habría que haberlo visto en acción teniendo en cuenta que dada la escasez de todo tipo de materiales el avión habría estado construido fundamentalmente en madera. Por eso también lo del motor a carbón. En los cómics, en cualquier caso, los P13.a sí van armados.

Como decía antes el P.13a nunca llegó a entrar en servicio, así que nunca sabremos si habría dado las prestaciones previstas –aunque parece poco probable– pero desde luego es uno de esos diseños salidos de Alemania a finales de la Segunda Guerra Mundial que nos alucinan a quienes sufrimos de aerotrastorno.

Y sabemos por el trabajo posterior de Alexander Lippisch, su diseñador, que las ideas que quería implementar en el P.13a no eran del todo descabelladas. Pero mejor que la Segunda Guerra Mundial no haya durado un sólo segundo más de lo que lo hizo.

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Por @Alvy — 1 de Octubre de 2020

Estos días estoy repasando Watchmen (la serie) y me he cruzado con esta joya en el canal de YouTube de HBO. Es una microhistoria sobre el origen de la pasión por Watchmen por parte de Damon Lindelof, el creador de la premiada miniserie de 9 episodios. Es metahistoria porque no está dentro del universo alternativo de Watchmen, sino en el de uno de sus creadores.

La peliculita es una exquisita animación muy en el estilo de la novela gráfica, que tiene todos los componentes de una buena historia: una perfecta narrativa con el padre de Lindelof como protagonista; un jovencísimo amante de los cómics que ve desaparecer su caja de tebeos y años después se embarca en una búsqueda por las convenciones de fans para recuperarlos.

Lindelof explica cómo esa vivencia fue algo así como el origen secreto de su padre a partir del trauma inicial, cual superhéroe, aunque su «superpoder» no fuera más que amar los cómics sobremanera. Esa pasión le fue transferida a su hijo cual herencia, cuando el padre le entrega los primeros ejemplares de Watchmen, la novela gráfica que tal y como dice «estudiaban justos como escolares talmúdicos».

Esta joyita nos enseña cómo quizá el resultado de aquella metahistoria haya sido una premiada serie de calidad excepcional, donde el origen de los héroes es una de los arcos argumentales constantes, un poco como lo fueron las precuelas a la novela gráfica, que también resultan reveladoras al respecto.

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