Por @Wicho — 29 de Agosto de 2022

Desde la cuentas de Twitter de Aena y de los controladores aéreos han estado informando de que la presencia de un dron en la aproximación a la pista 18R del aeropuerto de Madrid–Barajas ha provocado varios desvíos. Al menos cinco tripulaciones han reportado haberlo visto. En total, según Aena, han sido tres vuelos desviados a Valencia, uno a Alicante, y otro a Valladolid.

Afortunadamente, el aeropuerto ya vuelve a funcionar con normalidad. Y no ha pasado nada irreparable más allá de las demoras para quienes iban en esos vuelos y en los vuelos que tenían que haber salido en esos aviones, o en los vuelos que han visto retrasado su aterrizaje. Además de los gastos ocasionados a estas personas y a las aerolíneas, claro.

No es la primera vez que pasa algo así en Barajas. En febrero de 2020 el aeropuerto estuvo cerrado casi dos horas por la presencia de otro dron. En octubre de 2017 y diciembre de 2018 hubo sendas ocurrencias similares en Gatwick.

No me consta que en ninguna de ocasiones se diera con la persona responsable. Pero hubiera estado bien que así fuera y que se le hubiera caído un poco el pelito.

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Por @Wicho — 3 de Agosto de 2022

Me encontré con pocas horas de diferencia el vídeo Nobody Shares Anymore de Mike Rugnetta y la anotación Las redes sociales y el fin de una era de Enrique Dans. Ambos hablan de cosas a las que llevo un tiempo dándole vueltas.

En el vídeo, Mike habla de cómo hace diez años, cuando abrió su cuenta de Instagram, el énfasis estaba en compartir. Fuera lo que fuera lo que entendíamos como compartir. Habla también de cómo el propio Mark Zuckerberg –Facebook compró Instagram una semana después de que Mike abriera su cuenta– insistía mucho en el concepto de compartir. Lo vendía como una oportunidad para que todas aquellas personas que participábamos en las redes mejoráramos compartiendo nuestros contenidos y lo que sabíamos, a la vez que hacíamos lo propio con lo compartido por otras personas.

Pero, dice, ahora la palabra compartir está completamente ausente –o casi– de las descripciones de las apps y de las de los servicios más populares. Él atribuye el cambio a dos cosas: por un lado, a las empresas ya les importa un pimiento lo que compartes; les da absolutamente que sean contenidos originales o de calidad. Su única métrica –y con los algoritmos qué deciden qué vemos hemos topado una vez más– es que generen tráfico y por ende dineritos. Así que se dedican a promocionar lo polémico o escabroso o escandaloso, o una combinación de todo lo peor siempre que genere tráfico. Algo que sólo beneficia a quienes buscan cierto tipo de fama y a las empresas que promueven eso.

Por otro, dice que quienes estamos en las redes sociales –o al menos la mayoría medianamente razonable– estamos cada vez un poco más hartos del ambiente de crispación y de los zascas a diestro y siniestro sólo por respirar. De hecho él mismo ha publicado el vídeo tras haber tomado la decisión de darse un tiempo alejado de Twitter.

Enrique habla también de ese cambio:

Básicamente, cuando las redes sociales pasaron de ser eso, el sitio al que ibas para saber qué habían hecho tus amigos y conocidos, a convertirse en una supuesta plataforma para una especie de «salto a la fama», para tratar de convertirse en «influencer», una carrera sin sentido en la que, por supuesto, muchos fueron los llamados, pero pocos los elegidos. En muy poco tiempo, y alentados por las propias redes sociales, las personas dejaron de compartir su vida, su actividad o los contenidos que creaban, y pasaron a compartir otras cosas: memes copiados de cualquier sitio, noticias, comentarios con aspiraciones virales, zascas, GIFs animados o cosas similares. De compartir nuestro día a día, a convertirse en un absurdo y constante concurso de popularidad.

De ahí su tesis sobre que estamos ante el fin de las redes sociales:

En un mundo cada vez más algorítmico, lo que gana es el contenido que todo el mundo quiere ver, no lo que ha hecho tu amigo o conocido. El algoritmo mató a la red social, y su sucesor es otra cosa diferente, una plataforma china para hacer el payaso y convertir, a modo de «arma secreta», a toda una generación y a una sociedad en caricaturas de sí mismas.

Por la parte que me toca, hace mucho que dejé de usar Facebook; básicamente lo usaba para compartir contenidos de Microsiervos hasta que decidimos que ya no más. Y ya no más.

Sigo en Instagram, aunque nunca he sido un usuario muy activo. Pero me repatea que últimamente se hayan volcado en los vídeos y que parece que no me enseña una foto ni por casualidad. Y aún dentro de los vídeos, por mucho que intento decirle que las cosas que me interesan son, sin ningún orden en particular, los aviones, el modelismo, los relojes automáticos, las cámaras de fotos analógicas, el arte urbano, o los minerales, «el algoritmo» se empeña en proponerme reels de chicas o señoras estupendas que creo que deben rozar el límite del pacato concepto de decencia de esa red. Que ya sé la edad que tengo y que soy un señor hetero blanco y tal… Pero ya vale. Lo de que en medio de todas esas recomendaciones espurias me enseñe contenidos de las personas a las que sigo a estas alturas ya me parece poco menos que un milagro. Y me da igual la moto que nos quiere vender Adam Mosseri sobre los cambios en Instagram.

En Twitter, menos mal que tengo unas listas que uso casi todo el tiempo en las que por ahora –y toco madera– sólo salen las cuentas que yo he añadido y en orden cronológico inverso como manda(ba)n los cánones. Cuando me paso por el timeline la cosa no es tan terrorífica como podría ser porque lo tengo despiojado. Pero vivo con el temor de que en cualquier momento cambien el funcionamiento de las listas y la liemos.

De Snapchat y TikTok ya no sé. Que tengo una edad. Pero…

¿Quién se acuerda ya de los alegres tiempos de la Web 2.0 en los que creíamos que todo era posible?

Afortunadamente nos queda el blog, aunque cada vez nos sintamos más como si viviéramos en la aldea de Astérix y Obelix. Y aunque dependamos también en cierta medida de los algoritmos que ordenan los resultados de los motores de búsqueda. Que hasta ahora no nos tratan mal, afortunadamente.

Claro que hablando de los blogs, los han matado «cienes y cienes» de veces y ahí siguen. Así que no sé si estamos ante el fin de las redes sociales o no. Pero sí tengo muy claro que se parecen cada vez menos a lo que eran.

(El vídeo vía Pedro Jorge).

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Por @Wicho — 7 de Julio de 2022

Impresión artística de uno de los nuevos aviones nodriza en vuelo – Virgin Galactic
Impresión artística de uno de los nuevos aviones nodriza en vuelo – Virgin Galactic

Virgin Galactic acaba de anunciar que ha encargado la construcción de dos nuevos aviones nodriza para sus aviones cohete a Aurora, una subsidiaria de Boeing. Son los aviones que se encargan de subir los aviones cohete de la empresa hasta una altitud de unos 15 kilómetros antes de soltarlos para que emprendan un vuelo suborbital que los aproxima al espacio y en el que las personas que van a bordo experimentan unos minutos en caída libre. Como si fueran astronautas, pero sin serlo.

Está previsto que el primero de los dos aviones, que tendrán la capacidad de volar 200 veces al año, sea entregado en 2025. Aunque también estaba previsto que el VSS Imagine, el tercero de los aviones cohete de Virgin Galactic, volara en 2021 y nunca más se supo. De hecho desde el apresurado vuelo en el que Richard Branson viajó en el VSSS LLL la empresa no ha vuelto a volar. Y no está previsto que lo haga hasta este verano, pues tanto el VSS Unity, su único avión cohete en activo, como el VMS EVE, su único avión nodriza, están en mantenimiento al menos hasta finales de agosto.

Personalmente, lo de los 200 vuelos al año por avión nodriza me parece de un optimismo inusitado vistos los resultados obtenidos por Virgin Galactic. Y es que, además, llevar esos vuelos a 450.000 dólares la plaza no debe ser sencillo; a finales de 2021 tenían 700 plazas vendidas. Aunque luego bajen los precios. Pero es que de hecho me empieza a parecer de un optimismo inusitado suponer que la empresa va a seguir en activo en 2025.

Están en Twitter como @VirginGalactic.

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Por @Alvy — 3 de Mayo de 2022

Rodeada de gigantescos monitores de culo gigante propios de la época, la presentadora de Tomorrow’s World cuenta en este minireportaje qué era y qué se podía esperar de la Superautopista de la información allá por 1994, hace más de 25 años. Este sonoro y futurista conceto de principios de los años 90 se atribuyó a Al Gore, vicepresidente de los Estados Unidos en la época de Bill Clinton; a veces se denomina superautopista, a veces simplemente autopista y, ya por los chistes, a veces fue reducido incluso a humilde autovía.

Como puede verse a pesar de la exaltación con la que la presentadora enseña las posibilidades de ese mundo futuro, ese maravilloso «lugar» es poco más que una incipiente Web hiperenlazada acompañada de los servicios típicos de internet como el correo electrónico («¡Puedo escribir a Bill Clinton! Pero no a John Major, porque no tiene módem…»), las tiendas (¿por qué siempre las primeras son las de flores?) o la incluso la televisión interactiva.

Y aunque a Netflix ni se lo esperaba, porque tal y como recuerda la presentadora «la Superautopista es todavía muy lenta si se viaja por las líneas telefónicas de cobre» en el mundo futuro en el que las conexiones fueran de fibra óptica se podrían transmitir imágenes e incluso vídeo de calidad. De hecho hace una acertada demostración de programa de televisión interactivo en el que se pueden ver películas y documentales a la carta e incluso hacer clic sobre el traje de un presentador para entrar en la tienda a comprarlo (como hoy en día en Instagram y otras apps).

Otra cosa que se deja entrever y que resulta muy curiosa es toda la relativa a las problemáticas de licencias y derechos: la BBC británica, por ejemplo, no tenía autorización para los servicios de televisión por cable, pero no había en principio limitaciones sobre qué se podía transmitir por la línea telefónica o de fibra «mientras se permitiera a otras empresas hacer lo mismo». También es divertida la mención a que tras realizar la compra en una tienda online «obviamente hay que dar la tarjeta de crédito para pagar», como si fuera algo ineludible, pasando por alto la posible existencia de otras formas de pago, del dinero electrónico y todo lo que vendría después.

Por si alguien no se ha fijado, en el minireportaje de cuatro minutos se aprecia el efecto vendeburras con ocho menciones al término «superautopista de la información», algo así como las veces que hoy en día podemos escuchar «metaverso» en cualquier noticia aunque no tenga mucho que ver con el tema. Quizá es por esa sensación de déjà vu con esos universos virtuales que parecen estar todavía en pañales, al menos comparados con lo que nos intentan vender por todas partes. La historia parece que se repite.

¡Ah! Y tampoco predijo la existencia de los camioneros en la superautopista. Señal de que también hay muchos efectos colaterales que se pasan por alto.

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