Por @Wicho — 1 de Julio de 2019

No al DRMNo recordada -o más bien no sabía– que Microsoft había montado una tienda de libros electrónicos para Windows 10 allá por 2017. Pero se ve que no les ha ido muy bien porque la cerraron el pasado 2 de abril.

Microsoft va a reembolsar el valor de los libros a esas personas a partir de esta semana, momento en el que se quedarán sin acceso a ellos. La verdad es que podían habéserlo currado un poco más como hizo, por ejemplo, Nook cuando cerró su tienda de ebooks en el Reino Unido: sus clientes ahora pueden acceder a la mayoría de lo que habían comprado. La mayoría, pero no todo.

Pero en cualquier caso para mí la cosa va mucho más allá de cualquier posible reembolso. Yo, desde luego, no llevaría nada bien que si cierra una librería en el MundoReal™ vinieran a llevarse los libros que allí he comprado. Y es que esos libros hablan de mí como persona y como lector. Y eso por no hablar de los subrayados o anotaciones que haya podido hacer en esos libros. Esos libros son míos y no quiero que nadie se los lleve por mucho que me los pague. Y lo de los 25 dólares extra que Microsoft va a dar a quien haya hecho subrayados o anotaciones en sus libros es de risa.

El problema es que en la tienda de libros electrónicos de Microsoft –en la mayoría de tiendas de libros electrónicos, de hecho– no compramos lo que creemos que compramos. No estamos comprando el libro sino una licencia para leerlo. De hecho la respuesta a la mayoría de las preguntas ¿puedo copiarlo para mi uso?, ¿puedo venderlo?, ¿puedo dejarlo en herencia?, ¿puedo regalarlo?, ¿puedo prestárselo a un amigo?, ¿puedo acceder a él desde todos mis dispositivos?, ¿me lo puedo quedar para siempre? y, sobre todo, ¿soy su propietario? es que no en la mayoría de las plataformas de ventas de libros. Y además en las condiciones de uso que aceptamos sin leer al darnos de alta está contemplado el hecho de que esa licencia se puede revocar según en qué condiciones y bla bla bla.

Irónicamente el primer caso sonadísimo causado por estas condiciones de uso –que no de compra– sucedió cuando Amazon descubrió que una edición en formato Kindle de 1984 que se había estado vendiendo a través de ellos no tenía los permisos adecuados para ello. Esas copias de 1984 desaparecieron de las cuentas de las personas que las habían comprado, aunque luego, con el follón que se montó, terminaron por recuperarlas.

Por eso mi consejo es que si compras contenidos en formato electrónico lo primero que has de hacer acto seguido es quitarles cualquier tipo de sistema de gestión de derechos digitales (DRM) que incorporen para asegurarte de que tienes un producto que no es defectuoso. Porque los DRM nunca han servido para evitar que se copien cosas; sólo han servido para molestar a quienes quieren hacer las cosas bien. Las herramientas de Apprentice Alf para eso son un recurso estupendo para quitar ese tipo de sistemas.

Ojo, que no defiendo en absoluto que se copien contenidos a lo loco. Los autores de cualquier tipo de obra tienen todo el derecho a cobrar por ellas e intentar vivir de ellas, faltaría más. De hecho yo soy muy de pagar, aunque a veces la industria de contenidos se empeña en hacerlo muy difícil.

Así que lo dicho: que le den al DRM. Paga por los libros y otros contenidos. Pero si vienen con DRM quítaselo para que dejen de ser productos defectuosos. De los vehículos con DRM ya hablaremos otro día.

***

Hablando de heredar libros electrónicos ya voy teniendo una edad en la que cada vez hay más posibilidades de que a algún allegado se le muera alguno de sus padres. Y ya van dos casos, uno reciente, otro de hace un par de años, en el que hemos podido comprobar como en efecto no se pueden heredar esos libros.

En concreto se trata de dos personas que leían mucho y que tenían cuentas en Amazon cuyos hijos no pueden heredar esos contenidos. En los dos casos resulta que tienen la contraseña de la cuenta, pero según los términos de uso del servicio no pueden pasar esos libros a sus cuentas.

Quiero creer que con el tiempo esto cambiará pero es que, para variar, la tecnología va muy por delante de las leyes y, simplemente, mis amigos no tienen nada a lo que aferrarse para conseguir heredar esos libros –dejando aparte el hecho de que sus madres en su momento aceptaron los términos y condiciones de Amazon que lo impiden–.

En este sentido recomiendo leer ¿Quién leerá tus mensajes de WhatsApp cuando hayas muerto?, un artículo que habla del Título X de la Ley de Protección de Datos, que habla precisamente del Derecho al Testamento Digital. Es un paso en la dirección adecuada pero no es suficiente.

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Por @Wicho — 6 de Junio de 2019

Un casco abandonado en la playa

Hoy se conmemora el 75 aniversario del desembarco de Normandía, la ambiciosa operación por parte de los aliados que se puede considerar el principio del fin de la Segunda Guerra Mundial. Aunque no hay que olvidar que la férrea resistencia de la Unión Soviética, en especial con la batalla de Kursk, había contribuido a poner al ejército alemán a la defensiva casi un año antes.

En cualquier caso esta celebración, en la que participaron unos cuantos supervivientes de la guerra, y otras similares, siempre me recuerdan un encuentro fortuito que sucedió en Madrid poco antes de las navidades de 1985 o de 1986; ya no estoy seguro del año. Estábamos unos compañeros de colegio mayor y yo tomándonos unas cervezas en un pub de la ciudad universitaria antes de irnos cada uno a nuestra ciudad cuando nos pusimos a hablar con un señor que resultó que estaba haciendo lo mismo, aunque su casa estaba un poco más lejos.

Se trataba de un ingeniero de minas estadounidense que al día siguiente volaba a casa. En un momento dado le preguntamos si era su primera vez en Europa y nos contó que no, que ya había estado en varias ocasiones. Y que, de hecho, la primera vez había sido durante la Segunda Guerra Mundial, durante la invasión aliada de Sicilia.

Y aunque 40 años después seguía teniendo claro que fue una guerra que hubo que librar para pararle los pies a un mal absoluto como el que representaba el nazismo también nos habló de lo chunga que es una guerra, cualquier guerra; de como, a los pocos segundos de desembarcar, le volaron la cabeza al soldado que tenía al lado.

Y dijo una frase que tengo grabada a fuego en mi memoria desde aquel día:

Nunca, jamás, penséis que la guerra mola.

Creo que es una frase, y sobre todo la idea que comunica, que todos deberíamos tener siempre presente. Hoy, en el 75 aniversario de la operación Overlord, y cualquier otro día. Y más en esta época en la que parecemos estar olvidando como sociedad lo que nos ha costado llegar hasta dónde estamos.

El veterano George Shenkle durante las celebraciones del 75 aniversario
El veterano George Shenkle durante las celebraciones del 75 aniversario – EFE/Sebastien Noguer

Es lo menos que podemos hacer por todas las personas que sacrificaron sus vidas para que nosotros pudiéramos vivir en un mundo mejor.

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Por @Wicho — 11 de Febrero de 2019

Un año más la Cátedra de Cultura Científica de la UPV/EHU se une a la celebración del Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia. En 2019 lo hace con un vídeo en clave de humor –aunque casi podría ser calificado como humor negro– que indice en la gran diferencia que hay entre chicos y chicas en el acceso a carreras de ingeniería y en la incidencia de los estereotipos en esa brecha:

La UNESCO publicó en 2017 el informe Descifrar el código: la educación de las niñas y las mujeres en ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas (STEM), en el que se analizan los factores que dificultan o facilitan la participación, logros y progreso de las mujeres en las disciplinas científicas y tecnológicas, así como las medidas que pueden promover el interés de las chicas en los correspondientes estudios.

Según el informe, la decisión de muchas de ellas de no cursarlos es la consecuencia de un sesgo de auto-selección derivado de las circunstancias en que se han socializado. En la elección de la carrera incidirían estereotipos transmitidos a las niñas consciente o inconscientemente, principalmente en el entorno familiar pero también en contextos sociales más amplios.

Las características del ámbito escolar también parecen ser importantes pues la elección por las chicas de carreras del campo científico y tecnológico se ve favorecida por la presencia en el personal docente de profesoras en esas materias. Porque la profesoras -las buenas sobre todo- constituyen modelos de referencia que promueven la elección por las chicas de esos estudios.

Los datos son contundentes: tan solo un 25% de quienes se matriculan en estudios tecnológicos en la UPV/EHU -ingenierías, principalmente- son chicas. Ese porcentaje contrasta sobremanera con el de quienes lo hacen en ciencias de la salud (75%). Y también se diferencia, aunque no en una medida similar, de quienes cursan estudios de letras y artes (60%), ciencias sociales y jurídicas (57%) y ciencias experimentales y naturales (50%). Aunque seguramente esos porcentajes son diferentes de los de otras universidades en España o en otros países occidentales, lo más probable es que en todos ellos se produzcan diferencias de ese tipo y similar magnitud. Porque el fenómeno que describe es de carácter muy general.

Y no se trata sólo de promocionar la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres en el ámbito científico –lo que no es poco– sino también promover una mayor extensión de la cultura científica, pues ello favorece la existencia de una ciudadanía más libre y capacitada para incidir en su propio destino y en el de la sociedad a la que pertenece.

Mi hija quiere ser ingeniera ha contado con la colaboración de Iberdrola y ha sido producido por K2000 con la dirección de Aitor Gutiérrez sobre un guion de José A. Pérez Ledo.

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Por @Wicho — 13 de Diciembre de 2018

Tal y como estaba previsto el cuarto vuelo propulsado del VSS Unity de Virgin Galactic fue en el que más tiempo se mantuvo el motor encendido hasta la fecha. Un tiempo de ignición de 60 segundos hizo posible que el avión espacial alcanzara una altitud de 82,7 kilómetros, lo que la empresa está usando para describir el vuelo como el primer lanzamiento espacial tripulado llevado a cabo en los Estados Unidos desde que el transbordador espacial Atlantis despegara en la última misión de estos vehículos el 8 de julio de 2011.

Pero hay un enorme pero. O varios.

El primero de ellos es que por lo general se considera que el límite del espacio está en la línea de Kármán, que se sitúa por convenio en los 100 kilómetros de altitud. Ese, de hecho, es el límite utilizado por la Federación Aeronáutica Internacional (FAI) hasta ahora para considerar un vuelo como espacial o no y es el mismo límite que considera el Tratado sobre el espacio ultraterrestre, por ejemplo. También lo usa la NASA, que sólo da la insignia de las alas de piloto a quienes han volado por encima de esa línea y han entrado en órbita terrestre.

Sin embargo la Administración Federal de Aviación (FAA) estadounidense, igual que la Marina y el cuerpo de Marines, ponen ese límite en los 80 kilómetros, con lo que hay pilotos estadounidenses que han conseguido sus alas de astronauta en vuelos suborbitales en el X-15.

Así que el VSS Unity y sus tripulantes han ido al espacio o no según a quién le preguntes, aunque es cierto que la FAI está reconsiderando su posición, que podría cambiar en 2019 paara aceptar lo de los 80 kilómetros.

Pero ademas –y no es un pero pequeño– comparar un vuelo suborbital de un SpaceShipTwo con el lanzamiento orbital de un transbordador espacial, una nave mucho más compleja y capaz, se me antoja, personalmente, un pelín presuntuoso.

Y ojo, que no dejo de reconocer que es un avance para Virgin Galactic. Pero no hay que olvidar tampoco que entre finales de septiembre y principios de octubre de 2004 –hace 14 años– un SpaceShipOne salió dos veces al espacio –sí, por encima de los 100 kilómetros– en menos de dos semanas, ganando el Ansari X Prize.

De hecho Michael Melvill y Brian Binnie, quienes lo pilotaron en aquellos vuelos, recibieron sus alas de astronauta por parte de la FAA por aquello. Así que, en cierto modo, este cacareo de Virgin Galactic también ningunea en cierto modo el logro del equipo de Scaled Composites que consiguió hacerse con el premio.

C.J. Sturckow y Mark Stucky, por cierto, también recibirán sus alas de astronauta por parte de la FAA. Sólo que Sturckow ya tenía las alas de astronauta de la NASA pues es un veterano de cuatro misiones a bordo de los transbordadores espaciales, dos de ellas como comandante.

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