Por @Alvy — 23 de Junio de 2020

Este sumergible chino de imponente aspecto ha sido bautizado como El luchador (Fendouzhe). Es capaz de llevar hasta tres personas a profundidades de más allá de 10.000 metros. Por poner eso en contexto, la famosa Fosa de las Marianas que se considera el área más profunda de los océanos del planeta tiene unos 10.994 metros, que se sepa. Así que por ahí andará su límite si se atreve bajar tan abajo.

Los sumergibles como este son más pequeños que los submarinos y tienen menos autonomía, aunque este es un pedazo pepino de sumergible. Se utilizan en labores oceanográficas y hay versiones tripuladas y no tripuladas, como drones marinos, a veces autónomos pero más normalmente a control remoto.

A 10.000 metros hay 1.000 bares de presión (la equivalente a la presión de la atmósfera al nivel del mar), de ahí que no sea un lugar muy popular ni visitado. Si funciona y va bien puede que esto cambie.

La agencia china responsable de su desarrollo lleva 4 años trabajando. El bautizo del Fendouzhe ha sido una «presentación en público», aunque llevaba en pruebas desde marzo, primera vez que se sumergió. Dicen que ha funcionado perfectamente en las 25 misiones de prueba que ha realizado, así que parece listo para probar suerte y llegar más profundo de donde nadie ha osado llegar… Si a James Cameron le parece bien, claro.

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Por @Alvy — 16 de Abril de 2020

La guerra de las corrientes

Llevaba tiempo queriendo ver La guerra de las corrientes (Alfonso Gomez-Rejon, 2017) que estuvo en el cajón de la productora un par de años hasta que llegó a las salas de cine. El título y el tráiler eran bastante prometedores y la verdad es que es muy entretenida, aunque imagino que la trama puede ser un poco difícil de seguir para alguien que no conozca el tema. De hecho hasta mitad de película no explican siquiera las diferencias entre corriente alterna y corriente continua que es lo que da título a la misma.

La guerra de las corrientesAunque podría pensarse que la película es un Tesla vs. Edison en versión épica a finales del siglo XIX, resulta ser más bien un Edison vs. Westinghouse, con Tesla en un papel un tanto secundario y J.P. Morgan rondando por ahí. La rivalidad extrema por controlar el mercado de la novedosa electricidad en el cambio de siglo para iluminar ciudades y motorizar aparatos la protagonizaron Edison, el afamado inventor de la bombilla (o no) y el empresario George Westinghouse, quien indirectamente se asoció más adelante con Nikola Tesla para desarrollar el motor de corriente alterna.

La película muestra un Thomas Alva Edison inhumano, empecinado y ególatra, que acusa a todo el mundo de «robarle sus invenciones», cuando como es sabido en muchos casos no hizo más que popularizarla, o firmar las patentes de alguno de los cientos de ingenieros de su equipo. Todo debía llevar su nombre asociado, presentarse como revolucionario, magnífico y elegante en diseño y uso. Sin duda hizo grandes cosas en pro de la tecnología moderna, pero a su manera. Si esto recuerda un poco a la personalidad de Steve Jobs es porque ciertamente hay similitudes.

En la película vemos en la guerra entre alterna y continua (AC/DC) cómo Edison utilizó la estrategia FUD a máximo volumen para sembrar el miedo y asociar la corriente alterna y el nombre de Westinghouse con la muerte, incluyendo el sacrificio de animales «por el progreso de la ciencia» y la subrepticia invención de la silla eléctrica. También como desatendía a su familia –a la que luego añora cuando pierde dramáticamente a su esposa– y el desprecio hacia su equipo. Está reflejada en el film la famosa anécdota de cuando Edison contrató a Tesla recién llegado a Estados Unidos, le prometió 50.000 dólares y nunca se los pagó.

La guerra de las corrientes

Westinghouse queda como un empresario honorable y sacrificado, mientras que de Tesla podemos apreciar sus peculiares rarezas –que hoy seguramente calificaríamos prácticamente de genio Asperger, cual Sheldon en The Big Bang Theory– con detalles como tener todos los objetos por triplicado (el 3 era su número obsesivo), preocuparse por los ángulos de las paredes de la habitación o estar siempre meditando como estando en Babia. Cuenta la leyenda que Tesla «era capaz de hacer funcionar los inventos en su mente» y no necesitaba plasmarlos en prototipos físicos. Pero ser un poco más pragmático no le habría venido mal: seguramente no le habrían engañado tanto en su vida ni se habrían aprovechado de él como lo hicieron.

Todo esto se conjuga en una película con estupendos actores, bonita música, un atrezzo más que digno con los inventos de Edison y Tesla probablemente conseguidos de museos y una buena ambientación del cambio de siglo en Nueva York y otras ciudades. Está salpicada como es natural de errores históricos y anacronismos varios, además de saltos narrativos «para hacerla más cinematográfica» pero son aceptables. Seguramente otros directores hubieran enfocado de forma diferente este capítulo de la Historia, pero la versión de Gomez-Rejon es más que digna y se deja ver por público de todas las edades.

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Por @Alvy — 7 de Marzo de 2020

En este vídeo de Cheddar se explican algunas de las ideas que circularon al inicio de la Guerra Fría acerca de la construcción de una gigantesca estación espacial militar para lograr la «dominancia total sobre el planeta» por parte de los Estados Unidos. Era una especie de invento bastardo de Wernher Von Braun, el ingeniero aeroespacial que estuvo detrás de los cohetes V2 alemanes durante la Segunda Guerra Mundial y luego de parte del programa espacial de los Estados Unidos tras cambiar de bando. De hecho el documental detalla bien ese dilema personal de alguien sólo quería «fabricar cohetes» y pasa de hacerlo siendo un nazi de la SS a hacerlo para los americanos con todos los honores.

La situación tras la guerra era tensa y se supone que Von Braun la concibió originalmente como una estación de paso intermedia para la exploración de la Luna. Pero pronto se vio su potencial militar como lugar desde el que lanzar misiles a los malos, espiar con poderosos telescopios y lo que pudiera surgir. Irónicamente en el vídeo le vemos explicando el proyecto en su versión light en uno de los documentales de Disneyland de 1955 (Men on the Moon).

Técnicamente la estación mediría unos 60 metros de diámetro y rotaría 3 veces por minuto, lo que generaría una fuerza centrífuga suficiente para simular gravedad artificial. Es diseño se ha usado a todo tipo de escalas en dibujos, documentales y películas; la más notable quizá 2001: una odisea del espacio, donde es más grande y son dos «ruedas» unidas (el parecido no es casual). Obsérvese lo avanzado de estas ideas en un mundo en el que aunque ya había bombas atómicas ni siquiera se había lanzado el Sputnik ruso, el primer satélite artificial.

La idea acabó siendo descartada por varias razones: por un lado, al inventarse los misiles balísticos intercontinentales ya no era tan importante el espacio como lugar desde el que alcanzar los objetivos enemigos (y es más barato mantener y gestionar los misiles en tierra). Una base como esa sería además relativamente estática y blanco fácil. Y las posibilidades tecnológicas de la época eran las que eran, recordemos que hablamos de hace casi 70 años (ni ordenadores había). Pero como idea caló en el imaginario y ha llegado a nuestros días en esas fantásticas visiones del futuro.

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Por @Alvy — 7 de Febrero de 2020

Álvaro García de Meatball Studios ha subido a YouTube otra de sus increíbles animaciones en las que compara el tamaño de cosas, en este caso la altura de edificios emblemáticos de las películas, series y videojuegos más populares. Como se suele decir, no están todos los que son, pero la selección es estupenda. Además, sirve para darse cuenta de el tamaño «real», algo no siempre apreciable en planos lejanos o escenarios desconocidos.

La comparación empieza por lo más pequeño: los 40 cm del laboratorio móvil de Antman and The Wasp o los 50 cm del restaurante El crustáceo crujiente de Bob Esponja. Por ahí están las casas de Los Simpsons, Up, o el hangar-oficina de Planet Express en Futurama. Luego aparece ya por ahí la Estatua de la Libertad –unidad estándar del sistema de medidas alternativo de la prensa– y los castillos de Cenicienta y el Hogwarts de Harry Potter.

La Torre Wayne de Batman aparece con 198 metros de altura, pero la Pirámide de Mereen o la Hightower de Juego de Tronos tienen ya casi 243, casi como la Torre Eiffel (otro clásico del sistema alternativo). Del resto me quedo con la torre de Minas Tirith de El Señor de los Anillos (305 m, yo hubiera dicho que era más alta) o La Máquina de Contact (340).

Ya en las grandes alturas están la Millenium Gate de Star Trek, que llega a los 1.000 metros, igual de alta que el Palacio Imperial de Star Wars (aunque el Senado de la República mide 2.000)y la pedazo pirámide de la Tyrell Corporation de Blade Runner con 2.491 metros de altura, «una auténtica ciudad en sí misma», como decían de ella. Pero la palma se la lleva algo que dado que –en cierto modo– es un edificio también cuenta: la Cúpula de El Show de Truman que tendría unos 7.000 metros de altura suponiendo que su diámetro es de 14 km.

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