Por @Alvy — 29 de Noviembre de 2021

Los curiosos nombres elegidos por los ciudadanos para los camiones esparcidores de sal en Escocia

En el Departamento de Tráfico de Escocia tienen una curiosa práctica consistente en ponerle nombres divertidos a los camiones que esparcen sal durante el invierno en las carreteras del lugar. Algunos de ellos pueden verse en este mapa de la posición de los camiones de sal. Si el asunto suena divertido es porque convirtieron esos nombramientos en un concurso público a votación mediante el cual las nuevas adquisiciones reciben nuevos nombres sugeridos por la gente y votados en una página web.

Algunos de los nombres de estos camiones (en inglés, gritters) son juegos de palabras de lo más simpáticos:

  • Gritney Spears
  • Blizzard of Oz
  • Frosty
  • William Wall-Ice
  • Megameltasaurus
  • Mary Queen of Salt
  • Spready Mercury
  • Buzz Iceclear
  • Snow Connery
  • You Only Grit Ice
  • Licence to Chill

Llama la atención que muchos de ellos tienen que ver con la saga de James Bond, pero teniendo en cuenta que el ilustre escocés Sean Connery fue considerado uno de los más grandes intérpretes del personaje, está justificado.

A principios de año también se comentó que esta curiosa costumbre se estaba extendiendo a Estados Unidos y Rusia. Los americanos por ejemplo ya habían elegido como favoritos Plowasaurus Rex, Sir Salts-A-Lot y Snowboni; los concursos se organizaban por estados. De Rusia no sabemos nada de momento, pero seguro que acaba llegándonos algo al respecto.

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Por @Alvy — 26 de Noviembre de 2021

Hace algunos meses estuve viendo John DeLorean: Un magnate de leyenda (2021), un mini-documental biográfico sobre el creador de la DeLorean Motor Company (DMC), la empresa que lleva su apellido. La DMC hace décadas que no existe, pero es todavía conocida por haber fabricado la máquina del tiempo más elegante de la historia: el DeLorean DMC-12 de Regreso al Futuro. Lo que ahora llamamos simplemente «el DeLorean», con sus legendarias puertas de alas de gaviota, fue el resultado de un proyecto empresarial caótico y desastroso con toda una curiosa historia detrás, por desgracia mucho menos épica y romántica de lo que cabría suponer.

John DeLorean: Un magnate de leyendaComo decían de él en Framing John DeLorean (2019), una ficción de la misma historia protagonizada por Alec Baldwin, «Para algunos era un visionario renegado que iba a revolucionar la industria del automóvil, para otros era el mayor timador del mundo.» Los primeros dos capítulos explican cómo John DeLorean se abrió camino en General Motors, en el mismísimo Detroit, en las divisiones de «coches de lujo» lidiando con el márketing de los Pontiac y Chevrolets de los años 50 y 60. Es entonces en 1973 cuando decide probar suerte por su cuenta y fundar la DeLorean Motor Company, con la idea de crear una mezcla de deportivo biplaza y gran turismo «único, diferente y futurista», con su característico acabado en acero inoxidable. Como aquello iba a ser un proyecto deluxe comenzó encargando el diseño a Giorgetto Giugiaro, diseñador de grandes clásicos como el Lotus Esprit S1, del que tomó cierta inspiración. Luego comenzó a buscar el dinero para la empresa. No es fácil ni barato producir un coche de lujo; de hecho para minimizar los costes la fábrica se trasladó a los suburbios de Belfast en Irlanda del Norte… pero sin tener en cuenta que estaban en el peor y más conflictivo momento de la historia de aquel país.

Lo que sigue es la clásica historia de un desastre empresarial paso a paso: dificultades con la financiación, con los inversores, demasiadas promesas, pocas realidades… A eso se sumaron problemas con la fabricación y naturalmente grandes retrasos, pues el coche no saldría a la venta al público hasta enero de 1981. Todo ello mientras DeLorean gastaba el dinero a espuertas en márketing, promoción y –a título personal– pegarse la vida padre con un sueldazo, maletines viajantes llenos de billetes, obras de arte y otros lujos, algo para nada acorde con la situación. Hasta los contables de la empresa estaban escandalizados.

Delorean DMC-12 (CC) Jason Leung @ Unsplash

Este naufragio a cámara lenta se tradujo en que sólo se fabricaron unas 9.000 unidades del DMC-12. Y aunque parecía que los concesionarios estadounidenses se los iban a quitar de las manos (había incluso lista de espera) todo fueron problemas, especialmente por el cambio de posición del motor respecto al diseño original y luego por el acabado. Los clientes tuvieron problemas con las puertas, con los pedales, con la suspensión, con la antena de la radio y hasta con el desgaste de las ruedas. No había un manual de servicio técnico oficial y los concesionarios se desesperaban; era algo inaceptable para un coche que costaba el equivalente a unos 80.000 dólares de hoy en día. Se vendieron sólo 3.000 unidades el primer año y al siguiente algunos cientos más con grandes descuentos.

La única salida digna era declarar la bancarrota, algo a lo que DeLorean se resistía y que probablemente debería haber planteado mucho antes. Entre pitos, flautas y festejos ya había perdido 175 millones de dólares. Y tal y como explica el documental, en medio de todo el pifostio el FBI le pilla comprando 25 kilos de cocaína en la habitación de un hotel, probablemente para revender por unos 24 millones de dólares (que pagarían la insolvencia de unos 17 millones en que andaba inmerso). Aunque en el vídeo se ve a DeLorean charlando con el vendedor –que no era sino un agente encubierto– y efectuando la compra con sus propias manos, tras la detención y posterior juicio en 1984 fue declarado «no culpable» porque se consideró que los policías sobrepasaron la línea de la incitación a cometer el delito al tentarle con demasiado ahínco desde el lado oscuro con «dinero fácil».

Curiosamente el documental no entra a hablar mucho del DeLorean en la película Regreso al futuro, algo que fue simplemente una elección artística y de producción, sin que hubiera un acuerdo previo, emplazamiento de producto ni nada parecido. John Delorean escribió a Zemeckis, el director, para agradecerle la elección tras ver la película, pero poco más. Irónicamente esto marcaría el legado de DeLorean, pero no fue hasta 1985 con la compañía extinta. La popularidad de la saga convirtió al DMC-12 en objeto de culto. De hecho todavía hay miles de DeLoreans circulando, existen piezas de repuesto para ellos y se hacen convenciones, reuniones de propietarios y se restauran delicadamente. Una buena muestra es este vídeo de entrega de una réplica casi perfecta, condensador de fluzo incluido:

¿Cuál es la moraleja del documental? Toda esta historia no es muy diferente de la de muchos otros empresarios, emprendedores, charlatanes y estafadores, en el sentido de que lo que diferencia a unos de otros es su capacidad real para llevar a cabo un proyecto viable, la forma de lidiar con las dificultades y por supuesto la intención última.

Hay algunos grandes rasgos comunes a casi todos los proyectos empresariales: cómo conseguir la financiación, qué hacer con ella y qué ocurre si las cosas no vienen bien dadas. Pero hay una línea muy fina que separa el éxito del fracaso, y el mismo dinero que puede hundir un proyecto cuando no está disponible –haciendo que todo sea considerado humo, algo inviable o directamente una estafa– es lo que a veces lo salva o incluso encumbra como un producto estupendo, exitoso y propio de visionarios.

¿Qué sucede entonces? Los fracasos se excusan porque se trata de «visionarios adelantados a su tiempo» a «devenires de los mercados», se achacan a la «competencia desleal» o a «injustas y azarosas circunstancias». Pero cómo enfrentarse ante el fracaso también marca la diferencia. Una comparación entre Elon Musk (Tesla, SpaceX) y John DeLorean sería un ejercicio interesante, porque ambos estuvieron completamente al límite en sus proyectos, pero los finales fueron muy diferentes, como ha demostrado la historia… hasta ahora.

John DeLorean murió en 2005 con 80 años, arruinado y con ideas un tanto delirantes de un DMC2 y otros vehículos y proyectos, incluyendo un monoraíl. Gracias a estos documentales y películas sabemos algo más sobre su historia.

{Foto (CC) Jason Leung@ Unsplash.}

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Por @Alvy — 26 de Octubre de 2021

Este curioso monoplaza volador llamado Jetson One es una creación de Jetson Aero, una empresa de nombre inspirada en los clásicos futuristas. Así a simple vista, mola, y parece real –que ya es mucho decir, teniendo en cuenta la cantidad de fiascos que hemos visto pasar– y no un modelo a escala; hay tipo dentro dispuesto a dar su vida por la ciencia y el avance de la tecnología.

Entre las características del aparato:

  • Autonomía de vuelo: 20 minutos
  • Velocidad máxima: 102 km/h
  • Carga máxima (incluyendo piloto): 95 kg
  • Potencia: 88 KW
  • LIDAR para detectar y esquivar obstáculo
  • Ordenador de a bordo redundante por triplicado
  • Paracaídas balístico de despliegue rápido
  • Función manos libres y emergencias automáticas
  • A prueba de fallos incluida la pérdida de un motor

Su precio «completo» es de 92.000 dólares, unos 80.000 euros al cambio de hoy. Pero no te lo puedes comprar porque aunque se pondrá a la venta en 2022 toda la producción está ya vendida, así que o encuentras uno de segunda mano o nada. Curiosamente se vende sólo «medio montado» al 50%, de modo que hay que hacer un poco de bricomanía avanzada para que sea completamente funcional.

De los permisos que se necesitan para volarlo, ni idea, pero como podrás imaginar será más bien para darse un paseo por el campo que para pilotarlo sobre la gran ciudad, donde no está permitido casi ni volar avioncitos de papel.

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Por @Alvy — 9 de Octubre de 2021

Resulta divertido ver este segmento de British Pathé (algo parecido al No-Do español) que data de 1967 acerca del Drivotrainer (Entrenaconductores), un curioso simulador de conducción para enseñar a la gente en las academias. La solución es ingeniosa: pequeños cochecitos con volante, pedales, palancas de cambio y otros botones con los que practicar «desde la seguridad de estar completamente parados».

En una clase de autoescuela cabían 15 de estos; la misma compañía que lo inventó (Aetna) en 1951 tenía otros chismes anteriores con nombres como Reactómetro, Carreterómetro. A me suena haber visto alguno parecido en España en los 70, pero hace décadas de aquello, igual era una idea similar pero más simplificada.

Con este simulador los novatos podrían comenzar por el simulador y aprobar el examen de conducir a la primera; para los profesores sería toda una tranquilidad ver cómo su vida no depende de un inoportuno ataque de nervios de los alumnos.

Según cuentan las lecciones eran de 90 minutos y básicamente permitían a los alumnos familiarizarse con los controles del vehículo, además de acostumbrarse a los protocolos y rutinas habituales al sentarse al volante. Los pedales variaban el volumen del ruido del motor y tenían cierta resistencia (algo como la respuesta háptica de la pantalla de los móviles) para que resultan realistas.

Un detalle interesante es que en las prácticas «estáticas» se proyectaba una película de conducción para crear cierta sensación de realidad, algo tosco pero efectivo. Además de eso los movimientos se grababan en una larga banda de papel perforado a modo de control de precisión, para saber si se había cambiado de marchas en los momentos adecuados y demás. En total se rodaron 22 películas y había una a modo de examen que duraba unos 25 minutos y cubría muchas situaciones. Lo de aparcar me imagino que iría en otro tipo de invento.

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