Por Microsiervos — 17 de Agosto de 2017
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Por @Alvy — 14 de Agosto de 2017

The Leftovers


Roger D. Fisher era un profesor de Harvard más conocido por sus teorías sobre la negociación y resolución de conflictos. Uno de sus textos anda circulando estos días por las redes sociales. Es una idea que también hizo una fugaz aparición en The Leftovers (2014) (una serie por cierto muy digna y tal vez de lo más raro que se ha podido ver desde Perdidos.)

El caso es que quizá ahora que las amenazas de ataques nucleares se cruzan cada día entre los zumbados líderes de Estados Unidos y Corea del Norte (con esas reminiscencias del terror nuclear de los 70 y 80) por lo que ha vuelto a la palestra. El texto en cuestión trata sobre una idea para prevenir una guerra nuclear y dice así:

Una de mis actividades favoritas es inventar. Una de las primeras propuestas de control de armas tiene que ver con el problema de separar el hecho de que el Presidente [de los Estados Unidos] esté distanciado de las circunstancias que suponen enfrentarse a una decisión acerca de una guerra nuclear.

Así que imaginemos que hay un joven, probablemente un oficial, que acompaña al presidente. Con él va el famoso maletín que contiene los códigos necesarios para disparar las armas nucleares. Me imagino al presidente en una reunión con el alto mando considerando el ataque como una cuestión abstracta. Podría razonar así: «Según el Plan 1 de Iniciativa Estratégica la decisión es afirmativa. Comuniquen con Alfa en la línea XYZ, bla bla.» Esa jerga implica cierto distanciamiento.

Mi sugerencia es muy simple. Meter el código en cuestión una pequeña cápsula e implantársela junto al corazón a un voluntario. El voluntario llevaría consigo un gran cuchillo de carnicero e iría a todas partes con el presidente. Si el presidente quisiera disparar las armas nucleares previamente tendría que matar, con sus propias manos, a un ser humano. El presidente quizá le dijera «George, lo siento, pero han de morir decenas de millones de personas». Así que tendría que mirar a alguien y darse cuenta de lo que significa la muerte – la muerte de un inocente. Sangre sobre la alfombra de la Casa Blanca. Sería como llevarle la realidad a casa.

Pero lo más escalofriante no es tanto el relato como lo que dice Fischer que le contestaron sus amigos del Pentágono:

¡Santo cielo, eso sería algo terrible! Si el presidente tuviera que matar a alguien quizá se distorsionaría su buen juicio. Quizá nunca pulsara el botón.

Esto se publicó en Bulletin of the Atomic Scientists de marzo de 1981. Y, visto lo visto, parece que sigue igual de vigente. Aunque no tengo muy claro si hoy en día sería igual de efectivo.

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Por @Alvy — 7 de Agosto de 2017

Este instructivo vídeo de TED explica cuándo es seguro beber agua (aunque no de una forma tan práctica como cabría esperarse). En cualquier caso es más interesante como recurso sobre cómo funciona la potabilización del agua a escala industrial e incluye algunos trucos sobre cuándo no beber agua para evitar enfermedades que pueden tener graves consecuencias, como la diarrea.

Por desgracia una de cada diez personas del planeta no puede beber agua potable de forma segura – eso son 800 millones de personas. Y como el mundo siga abocado –como todo indica– a las Guerras del agua, los Juegos del hambre van a parecernos un paseo en comparación.

Los seres humanos necesitamos agua fresca con el menor número de bacterias, virus, parásitos y contaminantes posibles. Hoy en día los métodos industriales y las canalizaciones de agua hasta los hogares son algo corriente. Pero si las canalizaciones no están adecuadamente construidas pueden surgir problemas, como un exceso de plomo en el agua – un problema que ya sufrieron los romanos que fueron prácticamente envenenados por el plomo presente en cañerías, monedas, cazuelas y platos.

Para tratar el agua de los acuíferos y convertirla en agua potable segura se utiliza un proceso en tres fases:

  1. Sedimentación – Dejarla reposar en un tanque para que las partículas pesadas caigan al fondo.
  2. Filtrado – Haciéndola pasar por arena u otros filtros gracias a la gravedad, para que las partículas más grandes pero ligeras queden atrapadas.
  3. Desinfección – Tratándola con productos químicos como el cloro y el ozono, pero en la medida justa, para que se desinfecte tanto el agua ya filtrada como las tuberías y cañerías que la transportan hasta los grifos de los hogares.

Según cuentan el ajuste preciso de esos productos químicos desinfectantes es bastante delicado y de hecho ha de hacerse con sumo cuidado porque si los niveles suben o bajan de forma anormal pueden desencadenar otras reacciones químicas de forma exagerada, produciendo problemas a largo plazo para la salud. Según dicen el análisis exacto del resultado es realmente complicado, por no hablar de la medición de los «riesgos» o de de las relaciones causa-efecto.

La mejor forma de asegurarse de que el agua es potable es mirarla al trasluz y comprobar que no esté turbia, no parezca haber trazas de compuestos orgánicos o de metales pesados (plomo, cromo, arsénico). Esto último es imposible a simple vista y requiere un test químico – pero son de fácil acceso y baratos, por ejemplo en las tiendas de deportes de montaña y aventura. Si el agua está amarillenta, marrón o nebulosa, o incluso si huele de forma un tanto apestosa o demasiado a cloro, ¡cuidado! Probablemente no sea agua estrictamente potable.

Me pareció bastante curiosa la explicación que hay al final del vídeo acerca de que los antiguos egipcios trataban el agua evaporándola al sol, o que Hipócrates diseño una bolsa para filtrar los sedimentos de modo que eliminara el mal olor de las aguas de las fuentes. Hoy en día hay muchos gadgets relativamente sencillos que se pueden conectar a los grifos de los hogares si no se tiene la certeza de que el agua sea de buena calidad; es una solución de relativa baja tecnología portátil y muy fácil de instalar.

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Por @Alvy — 6 de Agosto de 2017

Facebook

En este impresionante trabajo de la Share Foundation se analiza El tejido humano de Facebook, donde miles de empleados interactúan cada día. Los datos provienen directamente de LinkedIn: se rastrearon los perfiles de gente en cuyo perfil se indicaba que trabajan en Facebook y se extrajeron sus datos públicos: jerarquía, estudios, demografía, relaciones con otras empresas, etcétera.

No tengo claro si al departamento de recursos humanos de Facebook esto le habrá gustado mucho, poco o regular. Analizar así la carne humana que conforma una empresa le da un repelente toque de megacorporación distópica, pero los datos son los datos.

Gracias a toda la información pública que hay en la red se puede ver quiénes están más relacionados con quienes en Facebook (con Zuckerberg en el centro, obviamente) o los grandes miembros del consejo: Marc Andreessen, Peter Thiel y Sheryl Sandberg. También se puede ver con qué otras compañías mantienen lazos (principalmente Microsoft, Google, eBay, Zynga y Yahoo) o incluso de qué universidades provienen: la mayoría de Stanford, Hardvar y Columbia. También hay una lista de los países en que estudiaron, que incluyen principalmente Estados Unidos, Francia y Australia (Alemania y España también aparecen). Un dato curioso es que la mayor parte no pertenecen precisamente a la llamada Ivy League –universidades públicas prestigiosas– sino de las privadas de mayor renombre.

El estudio es muy completo y gráficamente brillante, con multitud de gráficos que muestran los lazos entre personas, universidades y empresas. También se analiza cómo han migrado de unos países a otros todos estos empleados.

El estudio requirió básicamente una semana de recopilación de información pero luego algo más para su elaboración, incluyendo la narración escrita y las impresionantes infografías.

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