Por @Wicho — 23 de Junio de 2017

¡A la nevera!

Después de haber sido sometido con éxito a las pruebas de vibración y sonido que buscaban asegurarse de que podría sobrevivir a su lanzamiento el sistema óptico del Telescopio Espacial James Webb está ya en el Centro Espacial Johnson de la NASA para comprobar que el frío del espacio tampoco le afecta negativamente.

Para eso pasará tres meses en la Cámara A del centro, en la que será sometida a condiciones similares a las que se encontrará en el espacio durante su misión: vacío absoluto y 236 ºC bajo cero.

Si de nuevo todo va bien, como es de esperar, el sistema óptico del JWST será enviado a las instalaciones de Northrop Grumman Aerospace Systems en Redondo Beach, California, para el ensamblado y pruebas finales antes de ser enviado al espaciopuerto de Kourou, desde donde está previsto que sea lanzado en 2018 por un Ariane 5 ECA.

Se suele hablar del JWST como sustituto del telescopio espacial Hubble, aunque en realidad el Webb está diseñado para trabajar principalmente en el infrarrojo; de ahí el recubrimiento de oro de sus espejos. En este sentido es más parecido a otro telescopio espacial de la agencia bastante menos conocido, el Spitzer

Eso sí, el Webb será mucho más sensible que el Spitzer y que cualquiera de los instrumentos del Hubble; su espejo será el más grande jamás puesto en el espacio.

La utilidad que tiene observar en el infrarrojo es que permite ver a través de las nubes de polvo y gas que bloquean gran parte de la luz visible y que están presentes en numerosos lugares del universo. Además, la mayoría de los objetos del universo, con la excepción de las estrellas, emiten principalmente en el infrarrojo, por lo que en esa parte del espectro hay más cosas que ver. Finalmente, el infrarrojo es también más adecuado para ver los objetos más distantes del universo porque la luz que emiten, debido a las enormes distancias que ha tenido que recorrer antes de llegar a nosotros, está desplazada al infrarrojo.

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Por @Wicho — 22 de Junio de 2017

Tal y como era de prever la Agencia Espacial Europea ha seleccionado la misión LISA como L3, la tercera misión de la clase L de su programa de investigación Visión Cósmica. Las misiones L son las más grandes y ambiciosas de este programa.

L1 es Juice, una misión para estudiar las lunas heladas de Júpiter, cuyo diseño preliminar acaba de ser cerrado, con lo que ya se puede empezar a trabajar en el prototipo, con la idea de lanzar la sonda en 2022.

L2 es Athena, un telescopio para la astrofísica de altas energías, cuyo lanzamiento está previsto para 2028.

LISA, de Laser Interferometer Space Antenna, o Antena Interferómetro Láser Espacial, tiene como objetivo detectar ondas gravitacionales extremadamente débiles.

Predichas por Einstein en su teoría de la relatividad general las ondas gravitacionales son producto de algunos de los sucesos más energéticos del universo, como la colisión de dos agujeros negros o de dos estrellas de neutrones. Son sucesos tan violentos, que generan tanta energía, que hacen temblar la estructura misma del universo.

Sabemos que existen gracias a que el instrumento LIGO las detectó por primera vez en septiembre de 2015 y luego el 16 de diciembre de ese mismo año y el 4 de enero de 2017.

Simplificando las cosas, LIGO funciona disparando un láser que es dividido en dos a la entrada de dos tubos de 4 kilómetros cada uno construidos con 90 grados de separación entre ellos –como una L con los dos brazos iguales– y midiendo el tiempo que el láser tarda en volver.

Según la predicciones de Einstein las ondas gravitacionales son capaces de estirar el espacio–tiempo, con lo que al atravesar los dos brazos de LIGO uno cambiaría de tamaño respecto al otro –están construidos a 90º para maximizar la diferencia del efecto de una eventual onda gravitatoria sobre ellos– y el experimento detectar ese mínimo cambio de tamaño.

Pues bien, LISA quiere llevar eso un pelín más lejos usando brazos de 2,5 millones de kilómetros cada uno, aunque en el vídeo de arriba habla de 5 millones. Esto hará que LISA sea mucho más sensible que LIGO. Pero para hacer unos brazos de ese tamaño es necesario irse al espacio, aparte de que en el espacio es más fácil aislar el experimento de influencias externas como un camión o un tren que pasen cerca y provoquen vibraciones que distorsionen las mediciones.

Así que LISA constará de tres satélites situados en los vértices de un triángulo de esos 2,5 millones de kilómetros de lado. Dentro de cada uno de ellos habrá una masa en caída libre, completamente aislada de influencias externas, cuya distancia respecto a las otras se medirá mediante láser.

La idea es que cuando las ondas gravitacionales pasen por cada uno de los satélites harán moverse las masas de medición, lo que permitirá detectar el paso de las ondas.

Esto suena tan complicado como lo es, y lo de hacer las cosas con precisiñon milimétrica se queda muy, muy corto. Pero precisamente por eso la Agencia Espacial Europea lanzó el 3 de diciembre de 2015 la misión bautizada como LISA Pathfinder, que tenía como objetivo comprobar que disponemos de la tecnología necesaria desarrollar la misión LISA. Y LISA Pathfider, cuya misión terminará a finales de junio de 2017, ha sido todo un éxito.

Así que la ESA ha decidido seguir adelante con LISA, que a partir de ahora pasa a la fase de diseño detallado, lo que a su vez permitirá ir haciendo una estimación de los costes. Con el diseño y los costes ya preparados la misión será «adoptada» por la agencia, el paso previo a que pueda comenzar su construcción.

Eso sí, el lanzamiento está previsto para 2034, así que toca armarse de paciencia.

LISA está en Twitter como @LISACommunity.

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Por @Wicho — 21 de Junio de 2017

A mí me sorprende más que la gente se convierta en una cosa o la otra. Todos los niños son científicos y todos los niños son artistas. Todos leen. ¿Cómo es que dejamos de lado cosas tan importantes como esas? Esa es la cuestión, en mi opinión. Yo simplemente no dejé nada de lado.

Janna Levin en
Janna Levin’s Theory of Doing Everything
(vía Mujeres con ciencia)

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Por Nacho Palou — 21 de Junio de 2017

Hand sanitizer

En Buyer Beware: Antimicrobial Products Can Do More Harm Than Good, un grupo de 200 científicos avisan sobre la necesidad de dejar de utilizar jabones antibacterianos y desinfectantes. Por un lado porque no hay evidencia científica de que estos compuestos prevengan el contagio de enfermedades, pero sobre todo porque en cambio son perjudiciales para la salud y para el medio ambiente.

“La gente piensa que los jabones de mano antimicrobiales ofrecen una mayor protección contra las enfermedades. Pero en general los jabones desinfectantes no ofrecen una protección mayor de la que se consigue usando agua y jabón”, dice uno de los investigadores formantes, Ted Schettler. A finales del año pasado la FDA (Food and Drug Administration, de EE UU) prohibió la venta de casi una veintena de estos productos ante la falta de evidencia que demuestre su seguridad con el uso prologando y su eficacia para reducir la transmisión de infecciones y de enfermedades. La mayoría de los productos retirados contenía triclosán,

Los jabones antibacterianos y desinfectantes perjudican al sistema inmune — Uno de los productos químicos más utilizados en este tipo de jabones desinfectantes es el triclosán. Cuando el triclosán entra en contacto con el cloro presente en el agua del grifo se forma cloroformo, una sustancia química similar al Agente Naranja, una de las armas químicas utilizadas en la guerra de Vietnam. La Agencia de Protección Ambiental ha clasificado al cloroformo como probablemente cancerígeno para los seres humanos.

La reacción del triclosán con el cloro produce otros compuestos peligrosos, como dioxinas cuando existe radiación ultravioleta procedente del sol o de otras fuentes. Este es un hecho muy preocupantes, pues las dioxinas son muy tóxicas y son potentes disruptores endocrinos. Como estos compuestos son muy estables, la eliminación de estas sustancias del cuerpo es muy lenta, de modo que se pueden acumular hasta límites peligrosos.

Además el triclosán también resulta tóxico para el ambiente al destruir bacterias acuáticas e inhibir la fotosíntesis en las algas, organismos que realizan la mayor parte de la fotosíntesis de la Tierra.

Según recoge New Atlas,

Además de la cuestión evidente de emplear aditivos que no hacen lo que se supone que deben de hacer, el estudio sugiere que exponerse al triclosán puede provocar mayor sensibilidad a alergias y al asma, y afecta negativamente al desarrollo del sistema reproductor. El aumento de la exposición a productos antimicrobianos significa que no sólo nos estamos exponiendo nosotros mismos a esos compuestos químicos, sino que la mayor parte de ellos se están vertiendo en el medio ambiente afectando a la vida animal y a los ecosistemas de forma parecisa.

Todavía peor sería en el caso de que fueran efectivos destruyendo microbios, porque entonces estos compuestos estarían contribuyendo al desarrollo de los “superbichos”, bacterias en constante evolución que se vuelven más resistentes contra los antibióticos.

Los jabones desinfectantes deben evitarse hasta que no existan evidencias de que son seguros y beneficiosos.

Agua templada y jabón, sin aditivos.

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